Epílogo
El heredero del rancho
Caden
El sol brillaba con fuerza sobre las colinas del rancho australiano, pero dentro de la casa principal se vivía un caos, en la sala de estar, Doris caminaba de un lado a otro atándose el delantal, con los ojos brillantes de pura emoción mientras hablaba sin parar con Dilan.
—¡Ya quiero tener a mi nieto en brazos, Dilan! —exclamó con la voz entrecortada por la alegría—. Le voy a cocinar sus papillas favoritas, lo voy a mimar tanto que no va a querer salir de la cocina. ¡Tiene que nacer ya!
—Tranquila, mujer, deja que los médicos hagan su trabajo —sonrió Dilan con serenidad, aunque sus propias manos temblaban ligeramente de la impaciencia. Dentro de la habitación principal, la escena era mucho más intensa.
—¡Haga algo, doctor! ¡Acaso no ve, que mi Luna está sufriendo! —le grité al médico a todo pulmón, fuera de mí por la desesperación de ver a Ivanna retorciéndose entre las sábanas.
Ivanna jadeaba, con el rostro sudoroso y los labios apretados, intentando con todas sus fuerzas que el bebé saliera, me acerqué a ella, tomándole la mano con fuerza y tratando de hablarle con la mayor dulzura posible para calmarla.
—Tranquila, princesa... Ya casi, pasa, anda respiremos juntos...
— ¿Acaso crees que, necesito que me apoyes para respirar? Deja de estarle quitando el tiempo al doctor, que tu hijo ya quiere salir, ¡ahhhhh!
—¡Puja Ivanna, ya estamos cerca, ya veo la cabeza! Falta muy poco solo uno más…. —anunció el médico con entusiasmo desde los pies de la cama.
Me asomé rápidamente por encima del hombro del doctor, abriendo los ojos de par en par.
—¡Tiene el pelo negro! Nena…—exclamé sorprendido.
Ivanna dejó de pujar por un segundo, se giró hacia mí con los ojos encendidos de pura furia y me gritó:
—¡¿Y de qué color esperabas que lo tuviera, idiota?! ¡Ese es tu color de pelo!
—¡Puja, Ivanna, puja uno más! —nos interrumpió el médico.
Me volví a asomar y grité emocionado:
—¡Lo veo, ya sale la cabeza! ¡Está un poco arrugado, pero se ve bien!
—¡Ya está aquí! —sentenció el médico. Un alarido fuerte, claro y regordete resonó en toda la habitación, el pequeño bebé, lleno de vida y fuerza, fue colocado de inmediato sobre el pecho de Ivanna, ella rompió a llorar de alivio mientras lo estrechaba contra su piel.
—¿Quiere cortar el cordón umbilical, Caden? —me preguntó el médico sosteniendo las tijeras.
—¡Sí, claro! —respondí con decisión. Corrí hacia el frente, pero en cuanto me acerqué y me llegó de lleno el olor a sangre con placenta, di un paso atrás arrugando la nariz.
—Eso se ve muy feo, Mejor no... —musité.
Ivanna me clavó una mirada asesina desde la cama.
—¿Qué dijiste? —preguntó con voz peligrosa—. ¡Es tu hijo, así que más vale que lo cortes! Eso es lo que hacen los papás.
—Sí, princesa, claro que sí, ahora mismo lo hago —respondí sumiso de inmediato, agarrando las tijeras para cortar el cordón sin protestar más.
—Es un niño fuerte y sano —anunció el médico con una sonrisa. Me acerqué a ellos dos, sintiendo un nudo en la garganta como jamás en mi vida, acaricié la suave cabecita del bebé con la yema del dedo, le di un beso tierno a Ivanna en la frente y le susurré con el corazón desbordado:
—Gracias, mi Luna... Es hermoso, es igual que tú, pero con mi cabello. De pronto, unos golpes desesperados y unos gritos ahogados retumbaron desde el pasillo detrás de la puerta.
—¡Heeey! ¡Queremos saber qué es! —gritó la voz inconfundible de Peter.
Ivanna soltó una risita débil estaba exhausta, pero feliz.
—Más vale que salga a decirles... porque si entra aquí, tendré que matarlo con mis propias manos.
—Sí, ve a avisarles —asintió ella, acariciando la mejilla del bebé.
Salí al pasillo cerrado la puerta tras de mí. Allí estaban todos reunidos: Lance, Stephany, Peter, Doris y Dilan, mirándome con una expectación febril.
—¡Es un niño! —anuncié con una sonrisa de orgullo que me cubría el rostro.
—¡Excelente! —exclamó Lance, abrazando a Stephany por la cintura con entusiasmo—. Nuestro bebé tendrá un compañero de juegos para hacer travesuras por todo el rancho.
—Sí, amor, van a ser inseparables —respondió Stephany riendo.
—¡Qué envidia! —protestó Peter cruzándose de brazos—. Yo también quiero tener uno pronto.
Doris lo miró de arriba abajo con tono burlón y le dijo:
—Pero para eso deberías tener a una mujer dispuesta a aguantarte, Peter.
—¡La tengo, Doris! —protestó Peter con el pecho inflado—. Es que no les había contado, pero... ¡Sofía por fin me dijo que sí ayer!
Todos en el pasillo rompieron en vitoreo, risas y felicitaciones para Peter, dándole palmaditas en la espalda. En medio del bullicio, Dilan se acercó a mí a pasos lentos. Me miró a los ojos con una calidez paternal y me dijo con voz sincera:
—Felicidades, hijo... Si no te molesta, me encantaría ser el abuelo de ese pequeño.
—Y yo su abuela —agregó Doris, poniéndose al lado de su esposo con los ojos llenos de lágrimas de alegría.
Tragué saliva, sintiendo el calor de la verdadera familia que habíamos construido lejos de las guerras y las traiciones del pasado.
—Claro que sí —les respondí con firmeza, abrazando a ambos al mismo tiempo—. No esperaba menos de ustedes. Bienvenido a la familia, pequeño Alfa.