El retorno de Astaroth QUINTA PARTE #3
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QUINTA PARTE #3

Salen, cierran la puerta y estropean la cerradura para que no entre nadie. Se dirigen con la furgoneta a la salida, saludan a los guardias y se marchan.

El hecho de estropear los cerrojos es para que no entre nadie y, si tienen que hacerlo, tengan que llamarlos a ellos, ya que son los de mantenimiento. Llamada que contestarían las chicas.

Hana, Ren y Mercedes han permanecido en casa, pendientes de las comunicaciones, de los teléfonos todos pinchados, cámaras de vigilancia y alarmas, tanto de la empresa Sakato Import-Export, como de las mansiones y del servicio de seguridad.

Por la noche, reunión. Los gemelos están contentos con su instalación.

—Hemos instalado para detonar las cargas mediante una llamada telefónica, cuando queráis.

— Nosotros hemos colocado una llave de apertura con control remoto en el tubo del gas, cuando queráis.

—Las comunicaciones funcionan correctamente.

Durante los días de observación han concretado que la familia está reunida a partir de las ocho de la tarde.

La empresa cierra a las seis de la tarde, por lo que soltaremos el gas entrada la noche, cuando estén dormidos.

Como el gas es incoloro e inodoro, no se darán cuenta de nada.

Para que los guardas no sospechen, los eliminaremos antes.

Por la mañana, cuando empiecen a trabajar en el edificio, lo volaremos, alrededor de las nueve de la mañana.

No queremos que noten la ausencia de sus jefes y los llamen para saber si pasa algo.

—Mañana será el día.

Muy temprano, cuando aún no ha salido el sol, Ren, a través de las cámaras de vigilancia, observa todos los escenarios. Parece que todo está tranquilo. Los demás repasan sus acciones.

Después de comer, Naser y Kaito se sitúan cerca de la finca, los gemelos se posicionan frente al edificio de la empresa. Hana y Mercedes toman el control de la telefonía.

La tarde pasa sin incidencias. Como es habitual, la empresa cierra a su hora y el edificio queda en manos de los agentes de la seguridad.

En las mansiones, escalonadamente, van llegando sus ocupantes.

A las ocho horas treinta minutos en punto, todos se reúnen en un gran comedor para la cena y comentar lo acaecido durante el día, presidiendo la mesa la señora Sokoa.

Alrededor de las doce de la noche se reúnen con Naser y Kaito, Daiki y Yuki, cerca de la finca, pues, cuando Ren vea por las cámaras que todo está tranquilo, anulará las alarmas y dará la orden de neutralizar a los vigilantes del jardín.

—Naser, ¿estáis en posición?

—Sí.

—Podéis asaltar los jardines. Hay uno en la garita de la entrada, tres guardas en los alrededores de cada mansión y cada una de ellas tiene dos en las terrazas.

Con gran sigilo, los cuatro saltan la valla, neutralizan al de la caseta, dos se dirigen a una de las casas y dos a la otra.

Como Ren controla las cámaras y las alarmas, se mueven con cierta facilidad.

Primero neutralizan a los vigilantes que pasean por el jardín; después, con una ballesta, para no hacer ruido, disparan a los de las terrazas.

Comprueban que no hay más movimiento, Ren confirma y Kaito abre la válvula del gas.

Los cuatro se retiran fuera de la finca y esperan.

Pasadas tres horas, se ponen máscaras para gases y fuerzan una puerta de servicio en la parte trasera de la mansión. La intención es recorrer todas las estancias y asegurar que el gas ha cumplido con su misión.

Los cuatro recorren primero una de las casas; después fuerzan la otra y hacen el mismo recorrido. Una cosa les llama la atención.

—Kaito, tú que los conoces bien, ¿están todos? Porque a mí me ha parecido que la matriarca, la señora Sokoa, no está —comenta Naser.

—Es verdad, pues hay que encontrarla y asegurarse de que está muerta; si no, todo habrá sido en vano. Ella es la principal promotora de las venganzas.

—Vamos a recorrer de nuevo todos los espacios.

—¿Qué pasa? Veo por las cámaras que volvéis a recorrer las estancias.

—No encontramos a la matriarca.

—Esperad. Seguro que, esté donde esté, tendrá una cámara para vigilar que esté bien. Esperad un momento.

Pasados unos minutos.

—Ya la tengo, está en la primera casa es una habitación del pánico, tiene entrada por el vestuario de la estancia principal, la puedo abrir desde aquí, buscadla y cuando estéis en la puerta os abriré.

Los cuatro van a la habitación principal. Parece que no hay nada, pero Yuki, cuando entra en el vestidor donde hay varios armarios, se fija en un gran espejo simulando las puertas de los roperos.

—Es aquí, avisa a Ren.

Un clic casi imperceptible, después del cual se entreabre una puerta.

—Esperad. Si no ha muerto, puede tener un arma y disparar al primero que entre. Entraré yo, apartaros.

Con sumo cuidado, Kaito abre la puerta, se agacha y entra. Al momento se oye un disparo, pero es entonces cuando, desde el suelo, sin levantarse, Kaito dispara su arma a la frente de Sokoa, que queda tumbada en la cama.

—Veo que sí la conoces bien. ¿Por qué no le afectó el gas?

—Seguramente tiene un sistema de ventilación autónomo, pero misión cumplida.

—Cerramos todo, retiramos la válvula y las bombonas de gas y nos vamos, antes de las nueve tenemos que estar cerca del edificio.

En el bar frente al edificio se sientan y desde allí controlan la entrada de los trabajadores.

—Kaito, han llamado a las casas. Se extrañan de que nadie de la familia haya ido a trabajar, cuando habitualmente son muy puntuales. Hemos contestado que están de camino.

—Vámonos, Yuki y Daiki, es vuestro momento.

Momentos más tarde, se oye como un trueno lejano, un silencio tenso, y el edificio empieza a derrumbarse sobre sí mismo.

Los alrededores se llenan de policía, ambulancias y bomberos.

Ya en su casa, Ren, Naser, Mercedes, Hana, Kaito, Yuki y Daiki se sientan frente al televisor.

La noticia es el derrumbe del edificio y el descubrimiento de los cadáveres en las mansiones cuando han ido a informar.

La policía emite un comunicado en el que explica que se ha iniciado una investigación para esclarecer los hechos.

—Creo que el clan Sakato ha sido eliminado.

—Parece ser que sí. Nosotros regresaremos a Madrid y a El Cairo y vosotros podréis iniciar una nueva vida.

—Creo que sí.

Podéis marcharos en avión desde aquí, mis contactos han hackeado las entradas por la frontera, tenéis una fecha de llegada al país, por lo que podéis salir sin problemas, ya que si no hay registro de entrada no hay salida, hasta que no aclaras cómo has entrado.

Mientras Mercedes y Naser preparan su regreso, han pasado tres días, la policía nipona emite un comunicado anunciando que después de una ardua investigación, se ha llegado a la conclusión que el derrumbe de edificio ha sido por fallo de la estructura anti terremotos y los cadáveres de las mansiones por una mala combustión del sistema de calefacción, ninguna mención al tiro en la cabeza de la matriarca.

—Bueno, caso cerrado —comenta Hana.

—Mercedes, ¿tienes prisa por llegar a Madrid y reincorporarte a tus tareas?

—La verdad es que no mucha. ¿Propones algo, Naser?

—Estaba pensando en retirarnos unos días para tomar el sol, comer exquisiteces de mi país, bañarnos y bucear en un mar Rojo cristalino, tomar una copa de vino egipcio a la luz de la luna.

—No está mal la propuesta, pero ¿podemos encontrar esto en tu país?

—Sabes que tengo contactos en cualquier lugar.

—¿Dónde encontraremos este remanso de paz?

—En Shram El-Sheij.

—Hana, deja lo que sea que estés haciendo, ¿nos llevas al aeropuerto?

Pasadas casi veinticuatro horas, tumbados en unas hamacas, a la sombra de un toldo, la capitana Ulloa y el policía egipcio Naser respiran hondo y saborean una copa de vino rodeados de una paz y tranquilidad envidiables.

—Creo que nos merecemos este descanso.

Mientras, en Madrid, alguien pregunta:

—¿Se sabe algo de la capitana Ulloa?

Casi al mismo tiempo, en la central de policía de El Cairo:

¿Alguien sabe dónde está Naser?

FIN DEL RELATO