29 Amanda
AMANDA
Abigail no está en su casa pese a que dijo que estaría. La llamo por tercera vez.
—¿Hola? —Su voz suena amortiguada, y de fondo hay un ruido extraño que no reconozco.
—¿Dónde estás? —le pregunto.
—Ay, no. —Suelta una palabrota entre dientes—. Se suponía que íbamos a ir juntas a recoger los souvenirs para los invitados.
—¿Está todo bien? —Ninguno de sus hijos sabe dónde está, lo cual es inusual.
Normalmente hasta saca un anuncio a toda página para decirles cómo localizarla cuando no está en casa.
Da la impresión de que siempre están al tanto de absolutamente todo lo que pasa.
Son la familia más coordinada que he conocido en mi vida.
—O sea, va a estar todo bien —dice ella—. ¿Puedes ir sin mí?
—No me parece. —No porque no pueda recoger yo sola la caja de adornos navideños con forma de botas de vaquero que dicen «Abby y Steve» con la fecha de la boda, sino porque no es para nada lo que se suponía que íbamos a hacer.
—Lo que pasa es que a Steve lo llamó un amigo, porque encontró un caballo que estaba tan terriblemente maltratado…
—¿Me estás dejando plantada por un caballo?
—Bueno, algo así —dice ella—. Si la vieras, lo entenderías. Tiene esa barriga hinchada que se les pone cuando pasan hambre. Se le ven las costillas, pero…
—¿Me estás diciendo que Steve no puede ocuparse de este caballo él solo?
—Yo me encargo —oigo que dice Steve—. Tú ve.
—Pero estoy hecha un desastre —dice ella—. Ahora mismo estoy sucísima y toda sudada. Tendrías que esperar a que me duche y me cambie.
Mi voz es monótona, pero me obligo a soltar las palabras sin sonar cortante.
—Espero.
—Lo siento —dice ella.
Debí avisarle a Steve. La única forma, con esos dos, de asegurarse de que no pase algo así es avisar siempre al miembro de la pareja que no está metido en el plan. Supongo que es culpa mía.
Empiezo a llamar a la gente de inmediato. Greta, de Brownings, es comprensiva, como siempre.
—No pasa nada —dice—. Eso nos da un poco más de tiempo para terminar con las luces y las flores.
Donna hasta suena aliviada.
—Se me alargó un asunto del trabajo, así que, en realidad, me viene bien —dice.
Mandy es la única molesta.
—¿Por un caballo? Ni siquiera se han casado todavía y ella ya es tan pesada como Steve. Me muero de hambre.
—Cómete un plátano —digo—. Mejor para tu corazón que cualquier cosa que vayan a tener en Brownings.
—Odio los plátanos.
No puedo evitar sonreír.
—Dijiste que tenías hambre.
Hace un ruido como de junta que tiene una fuga y luego cuelga.
Como tengo un poco de tiempo, decido pasar por el True Value a comprar una bolsa de regalo de verdad para mi obsequio.
La bolsa rosa y negra de Victoria’s Secret delata un poco el contenido, y prefiero que sea una sorpresa.
Estoy de rodillas, escarbando en la pila que casualmente está en el estante de más abajo, en busca de una bolsa que no tenga un osito de peluche o un cochecito de bebé —la selección en Manila siempre deja algo que desear— cuando oigo una voz conocida.
—Últimamente eres una mujer difícil de encontrar.
Me quedo paralizada y me giro despacio, con la cabeza torcida pero el resto del cuerpo todavía en cuatro patas. Desde luego, no es mi mejor pose.
—¿David?
—Llevo casi dos semanas intentando cruzarme contigo como por casualidad en todas partes.
¿Intentando cruzarse conmigo? ¿De qué habla? Me enderezo y me doy la vuelta.
—¿Por qué?
—¿Y qué estás haciendo, por cierto?
Bajo la voz a un susurro. Si algo he aprendido en el último año es que, en los pueblos chicos, nunca sabes quién pueda estar escuchando.
—Esta noche organizo una fiesta sorpresa antes de la boda y necesito una bolsa de regalo.
—Ah. —Da un golpecito a la pila con la punta del pie—. ¿No querías insinuar nada con esta? —Una bolsa con un biberón y un sonajero rosa se resbala y cae al suelo.
—Exacto —digo—. Pero ¿por qué me has estado buscando? Tienes mi número.
Se aclara la garganta.
—Habría parecido mucho más casual si hubiera podido simplemente coincidir, sentado en la mesa de al lado, pero llevo almorzando en Manila todos los días y… —Extiende las manos frente a él—. No tuve suerte.
—Últimamente no salgo mucho a comer. —No digo que ya no tengo con quién comer. Donna trabaja con él, Mandy lleva una dieta muy especial y Abby está demasiado ocupada con la boda. Sin novio, casi siempre como en casa o pido para llevar.
—La cosa es que oí que tienes una boda en nada. —Se inclina, saca una bolsa blanca y negra de la pila y me la entrega—. Eso suele ser algo a lo que irías acompañada, ¿no?
Trago saliva.
—Sé que Eddy y tú terminaron. —No suena como si se regodeara. Ni siquiera sonríe; se ve casi comprensivo—. Si no es demasiado pronto, quería ofrecerme a ser tu acompañante. Prometo no ponerme ni un uno por ciento pesado.
Lo medito. ¿Un hombre inteligente, rico y apuesto quiere ser mi cita? O sea, no me gusta, pero si no estuviera toda agrietada y rota por dentro, quizá sí. Además, no creo que Eddy vuelva a tiempo para la boda, pero por si acaso lo hace, quedaré mucho mejor si logro ir acompañada.
—Sigo bastante destrozada —le advierto.
Se encoge de hombros.
—Sin compromisos. En serio.
—Bueno. —Al menos tendría a alguien al lado para las fotos, y alguien que me trajera bebidas, y alguien que se riera de mis chistes malos—. Está bien.
El resplandor de su sonrisa hace que me arrepienta de mi decisión al instante.
—¿Seguro que no vas a inferir nada a partir de esto? —pregunto—. Porque de verdad que no estoy…
Su mano me roza la muñeca.
—No lo voy a hacer, lo juro.
Asiento.
—De acuerdo. Soy dama de honor, así que voy a llevar morado; bueno, lavanda, estrictamente.
—¿Debería conseguir una corbata morada? —dice sonriendo.
—Yo te elijo una —digo—. No vaya a ser que la gente piense que vamos demasiado combinaditos.
Se encoge de hombros.
—Por mí está bien, pero como tú digas.
Sería agradable dejarme caer confiada y empezar a salir con él, como desplomarse sobre un montón de almohadones.
¡Bam!, un novio instantáneo. David cree que eso es lo que quiere, pero dudo que sea verdad.
Si de verdad lo quisiera, no habría sido capaz de esperar educadamente dos meses antes de cruzarse conmigo. Pero no me molesto en discutir.
—Gracias.
—¿Gracias? —Hace una mueca—. No es exactamente lo que esperaba que dijeras después de aceptar que fuéramos juntos.
—Me has salvado, como se esperaba de un héroe fornido y guapo. —Le guiño el ojo con un gesto más bien melodramático—. ¿Así está mejor?
Él se ríe por la nariz.
—Un poco, quizá.
—Estupendo, bueno, mejor voy a comprar esto o voy a llegar tarde.
—Escríbeme con los detalles —dice—. Y nos vemos por ahí.
Por suerte, Abby no tarda ni de cerca lo que tardaría yo en su lugar, y ya está arreglada y lista para salir cuando llego a su casa. Lleva jeans y una camiseta blanca lisa cuando paso a recogerla. Pienso en sugerirle que se cambie, pero a ella eso la haría darse cuenta de que algo pasa.
—¿Seguirán abiertos? —pregunta.
—Llamé. Nos los guardan.
—Espero que hayan quedado bien —dice—. Porque, si no, no nos da tiempo de hacer otra cosa.
—Seguro que sí —digo—. No te estreses por eso.
Cuando entramos al aparcamiento de Brownings, Abby mira su reloj.
—No creo que tengamos tiempo de comer. ¿No dijiste que cierran a las siete?
—Voy a pedir algo para llevar —digo—. Ya llamé a la dueña de la tienda, así que va a esperar de ser necesario.
Abby se muerde el labio, pero no discute.
Entro, me aseguro de que todos estén listos —y lo están— y luego le escribo. [Hay una clienta nueva aquí que tiene una pregunta. Sabe que tenemos prisa. Solo será un momento.]
Pone su cara de abogada cuando entra a zancadas al restaurante, pero apenas nos ve a todas reunidas al frente, se le curva la boca en una sonrisa.
—¿Qué está pasando?
—¡Sorpresa! —dice Donna—. No podíamos dejar que te casaras sin algún tipo de celebración.
—Y pensamos que no te gustarían los hombres sin camiseta —dice Greta.
—Además, estábamos bastante seguras de que nadie por aquí se vería mejor que el mismísimo novio. —Linda suelta una carcajada—. O sea, yo no digo nada, pero todas estamos listas para que esa hierba vuelva a crecer.
Esta vez todas las mujeres gritan y vitorean. La verdad es que no las culpo: Steve se ve buenísimo cuando está ahí, cortando el césped.
Venetia fulmina a Linda con la mirada.
—Tú le cambiabas los pañales.
Linda se encoge de hombros.
—Eso fue hace muuucho tiempo. Apenas lo recuerdo.
—Comamos por favor —dice Mandy—. Me muero de hambre.
Ya casi terminamos de cenar cuando Helen entra por la puerta principal, con su madre al lado. Dudo que muchas de las demás mujeres las reconozcan, y las bromas y la conversación animada continúan, pero Abby se queda de piedra.
Gira la cabeza de golpe hacia mí.
—¿Tú las invitaste? —sisea.
Me humedezco los labios y asiento.
—Pero no pensé que de verdad fueran a venir.
Ella suspira, se pone de pie y se dirige a ellas. Antes de que pueda decir otra palabra, las tres desaparecen por la puerta principal y se internan en la noche.