28 Donna
DONNA
Abigail presenta la moción de sentencia en vía sumaria, pero gracias a que estamos en una zona rural, la fecha de la audiencia queda fijada para dentro de casi un mes. Y luego esa audiencia se aplaza porque el juez se enferma.
Eso nos demora otro mes entero.
Pero al menos, justo después de que se cancela la primera audiencia, por fin podemos mudarnos a la casa nueva.
Los pisos están terminados, y la luz y el agua funcionan, así que algo es algo.
Tengo un dolor de cabeza constante por el ruido de las baldosas siendo cortadas a altas horas de la noche, pero al menos no estoy en un hotel.
He ido comprando poco a poco pequeños muebles a medida que los encuentro en internet o en Facebook Marketplace, en zonas razonablemente cercanas.
Mi trabajo también avanza, más cerca de la terminación del edificio principal del retiro, y a Aiden le va bien en la escuela, ya sin el yeso y con la vida casi de vuelta a la normalidad, por suerte.
Mi vida es exactamente como la quería. Hasta el persistente Will se rindió por fin.
Ni un mensaje más, ni una llamada más, tal como yo quería.
No esperaba extrañar tanto saber de él.
Pero sigo bastante segura de que tenía razón. Aiden no está de acuerdo y me pregunta a cada rato cuándo puede venir a jugar el señor Will. Ahí es cuando siento una punzada de remordimiento. No soy capaz de decirle que el señor Will ya no viene porque yo le dije que no lo hiciera…
La boda de Abby está a la vuelta de la esquina y, aunque ella insiste en que no quiere despedida de soltera ni una fiesta prenupcial, siento que deberíamos hacer algo. Agarro el teléfono y llamo a Amanda.
—¡Hola!
—Has estado muy ocupada, eh —dice Amanda—. Pasé por la obra del complejo el otro día y ya está toda la estructura levantada. Le estaban poniendo el techo.
—Esa parte va rapidísimo —digo—. Son todos los detalles los que te vuelven loca.
—Ni me lo digas —dice ella—. Yo soy la encargada de todos esos detalles por acá.
—Hablando de detalles —digo—, quería ver qué vamos a hacer con lo de Abby.
—¿Hacer? —Amanda suena rara, como con la voz apenas un poco demasiado aguda—. ¿A qué te refieres?
—Ya casi es su boda.
—Créeme, estoy al tanto. Se me está acabando el tiempo.
—¿Tiempo para qué? —pregunto.
—¿Para qué llamabas? —pregunta.
Ahora sí que sospecho de verdad.
—¿Hay alguna despedida de soltera a la que no me invitaron? ¿Hice algo que la molestara?
—¿Qué? —Amanda se ríe—. Nada de eso. He estado trabajando con Steve y Mandy para coordinar un proyecto ultrasecreto y estamos contra reloj. Eso es todo.
—Ajá. Está bien. Bueno, si necesitas ayuda, avísame. Pero quería ver si de verdad no le vamos a hacer una fiesta antes de la boda.
—¿Qué tenías en mente?
—No estoy segura —digo—. ¿Quizá una despedida de soltera y fiesta prenupcial, todo en uno?
Amanda hace un sonidito de «mmm». —No es mala idea. ¿Te imaginas lo horrorizada que se pondría si le regaláramos lencería? Casi puedo verle los ojos saliéndose de las órbitas ahora mismo.
—Ay, sí —digo—. Sería divertidísimo, siempre y cuando no invitemos a Mandy.
—¿Estás bromeando? Ella sería la que le regalaría las cosas más inapropiadas.
Me doy cuenta de que tiene razón.
—Bueno, entonces, si organizo algo, ¿vienes?
—Por supuesto —dice Amanda—. No puedo creer que falte menos de un mes.
—Todavía tengo que conseguir con quién ir a la boda —digo, justo cuando David Park entra a la oficina. Siento el calor subiéndome a las mejillas. Bajo la voz hasta un susurro—. Mejor te dejo.
—¿Te contestó la gente que pone las placas de yeso? —pregunta David—. ¿O ya cuadraste una hora para que venga el inspector?
—Sí a las dos cosas —digo—, y las muestras de piso están en el rincón. —Señalo.
—Perfecto.
Llevo semanas intentando armarme de valor y, ahora que me oyó prácticamente decirlo, decido que es ahora o nunca.
—Oye, la boda de mi amiga es en unas semanas —digo—. El fin de semana después de nuestra rueda de prensa.
David vuelve la cara hacia mí, sus ojos oscuros encontrándose con los míos.
—Tu amiga abogada que se casa con el doctor.
—Exacto —digo—. Abigail. Y todavía no tengo con quién ir, así que pensé que tal vez… —La expresión de incomodidad en su cara es respuesta suficiente, pero no puedo dejar la frase a medias, ¿verdad? ¿Acaso no sería aún más patético?—. Quería, bueno, necesito, eh, comprar un vestido.
Los hombros se le relajan y exhala.
—¿Necesitas salir antes hoy? Claro que puedes. Adelante. Y si vas al pueblo y no te molesta pasar por Vernal, podrías revisar ese envío que se supone que vamos a recibir de Lumber Liquidators.
—Claro —digo—. Por supuesto.
—¿Qué tipo de regalo debería buscar? —pregunta—. ¿Para esa tal Abigail?
El corazón me da un vuelco.
—¿Regalo?
—Quizá te mencioné la semana pasada que con gusto llevaría a tu amiga Amanda, ya sabes, cuando me la crucé en Brownings. No me dijo que sí, pero tampoco dijo que no, y supongo que algo es algo.
—Ah. —¿Por qué pensé que finalmente se había dado por vencido? Ahora que ella y Eddy terminaron, obviamente redobló la apuesta. Creo que yo solo esperaba que hubiera dejado de intentarlo, ya que han pasado casi dos meses sin ningún avance.
—No he sido demasiado insistente —dice, como si percibiera lo que estoy pensando—. No quería que me rechazara solo porque estuviera dolida por la ruptura. Pero creo que dos meses es tiempo de sobra para dejarla respirar, ¿no crees?
—Mmm.
—Es decir, si espero mucho más, alguien más me la va a quitar.
—Claro. —Apenas puedo hablar. Tengo que salir de aquí ya mismo.
Cuando llevo un rato conduciendo por la carretera, espero estar llorando a mares. Suponía que, sin la necesidad de guardar las apariencias, me quebraría. Solo que no.
Estoy bien.
¿Por qué no estoy devastada al oír que David Park quizá vaya a tener una cita con Amanda?
Debería querer rasgarle la cara a arañazos.
Pero, en realidad, hasta cierto punto espero que él la haga feliz.
Ha estado insoportablemente deprimida desde que rompió con Eddy.
Cada vez que veo a alguien compartiendo sus canciones en redes, o alguien por aquí lo menciona, me da un poco de pena.
Me alegra que su gira vaya tan bien, y me alegra que haya tenido una segunda oportunidad, pero creo que el precio fue demasiado alto.
Nunca fui parte de su club de fans, pero ahora creo que Eddy Dutton es un idiota de dimensiones épicas.
Y si David Park puede hacer feliz a Amanda, entonces le deseo lo mejor con eso. Pero ¿por qué le deseo lo mejor? Llevo meses obsesionada con él.
¿O no?
¿O era solo una persona convenientemente segura por la cual sentir algo? ¿Alguien que no me corresponde y que no estará aquí mucho más, suponiendo que todo salga bien?
¿Qué me pasa?
Nada que un poco de compras no solucione, o al menos eso espero. Llamo a Mandy.
—¿Ya tienes vestido para la boda?
—Voy a llevar un vestido de dama de honor —dice—. Igual que tú, tonta.
—Pero eso es para la ceremonia —digo—. ¿Pero qué hay de la fiesta de después?
—Nos ponemos lo mismo —dice ella.
—¿Estás segura? —Hace tiempo que no voy a una boda—. Bueno, ¿entonces quieres ir conmigo de compras a Vernal por un regalo para Steve y Abby?
—Eso ya lo tengo resuelto —dice—. Vas atrasada, gotita de rocío.
Por poco no se me escapa una palabrota entre dientes.
—Está bien.
—Pero ¿quieres compañía para ir de compras? —pregunta—. Si pasas a recogerme, podemos ir juntas a Vernal.
—¿Tan obvia soy?
—Hasta una idiota ciega y sorda sabría que no quieres ir sola.
—Diste en el clavo —admito.
Unos minutos después, vamos en camino.
—Bueno, ¿y qué le compraste? —pregunto—. ¿Un juego de cubiertos? ¿Uno de té?
Mandy me mira con desdén.
—¿Tengo cara de andar comprándole tenedores? ¿En serio?
Me encojo de hombros.
—¿Qué le regalas a la mujer que lo tiene todo?
—Algo que no tenga, obviamente.
—Pero ya le regalaste un rancho. ¿Qué podría superar eso?
—Vas a tener que esperar y sorprenderte junto con todos los demás en la boda —dice—. Es la primera vez en mi vida que me piden ser dama de honor, y estoy muy emocionada.
—Está bien, guárdate tu secreto. Solo trataba de calcular un rango de precio correcto.
—No puedes guiarte por mí. Tengo una cantidad limitada de tiempo para estar aquí y un montón de dinero para quemar.
—¿Te mencioné que se acerca mi cumpleaños? —pregunto.
Suelta una carcajada que es como un cacareo. Me encanta.
—¿Vas a ir acompañada?
—¿Yo? —pregunta y esta vez, cuando se ríe, suena más como una serie de graznidos que como una carcajada—. De ninguna manera. ¿Y tú? Apuesto a que ese Will Earl se ve delicioso de esmoquin.
—No he sabido nada de él últimamente —admito—. Tal vez le dejé demasiado claro que lo nuestro no va a suceder.
Se le queda la boca abierta.
—¿Estamos hablando de la misma persona? ¿Will, el de los hombros anchos, la mirada ardiente, la leyenda del fútbol americano, el ranchero? ¿El de la mamá que es dueña del hotel de la calle Main?
Aprieto los dientes.
—Sí —respondo.
—Pero… ¿por qué harías algo así?
Mantengo las manos en el volante y me obligo a mirar al frente. No necesito que ella me juzgue. Yo ya me juzgo de sobra.
—Pensé que me gustaba otra persona.
—¿Y apenas ahora te das cuenta de que no? ¿En serio?
Me encojo de hombros.
—¿Cómo es posible que tres mujeres tan inteligentes sean todas tan tontas?
—¿Tres mujeres? Abby tiene bastante consciencia de sí misma.
—Comparada contigo y con Amanda, sí.
Me río.
—¿Qué hizo Amanda?
—Cortó con Eddy. Sabes tan bien como yo lo estúpido que fue eso.
—No estoy tan segura. Él la engañó —digo.
El sonido que hace Mandy es como el de una trituradora de madera.
—No lo hizo.
—¿Qué? —Parpadeo—. Ella dio a entender bien claro que…
—Esa muchacha es un desastre. Él obviamente no la engañó, pero su tonta banjista, o pianista, o baterista o lo que sea, lo besó a él, y resultó ser justo cuando Amanda entró al camerino, y ahora ella cree que ese tipo de cosas van a pasar una y otra vez.
Pienso en la cara de Eddy y en su talento musical.
—Seguro que habría pasado… o, ya sabes, está pasando ahora mismo.