25 Donna #2
[¿Estás ocupada?], pregunta.
[Diría que no], le respondo. [Solo estoy bebiendo un poco].
[¿Dónde?]
[¿Dónde crees?]
Ah, Will. Aquí, rodeada de desconocidos, un poco más relajada con el valor que dan un par de copas, me lo admito a mí misma. Está buenísimo, es mucho más amable de lo que esperaba y quiero salir con él. Pero sé que es una idea terrible, y estoy orgullosa de mí misma por mantenerme firme.
La última vez cometí un error: me deslumbró que mi novio viniera de una familia con dinero.
No voy a volver a hacer una estupidez así.
Charlie no era una persona horrible por haberse criado en la ciudad ni por tener una buena educación.
Eso era anecdótico. Con alguien como David Park en mi vida todos los días, sé que los ricos tienen las mismas probabilidades de ser buena gente que cualquier otra persona.
Puede que yo no le guste a él, pero, si tengo suficiente paciencia, conoceré a alguien como él al que sí le guste.
No voy a conformarme.
Saco el teléfono cuando a mi mente, bastante achispada, se le ocurre una idea. Debería escribirle a David. Quizá quiera venir a tomar algo, y sería una buena oportunidad para que me viera fuera del trabajo y se diera cuenta de que no soy solo una empleada modelo.
También soy una mujer.
Mis dedos sobrevuelan el teclado del teléfono mientras pienso qué decir, cuando alguien pronuncia mi nombre.
—Donna.
Es una voz grave. Me manda un escalofrío por la espalda y un calor que se acumula en mi vientre. Me doy la vuelta lentamente, emocionada de que David haya venido sin que yo le escribiera siquiera. Solo que no es David. La voz que me llamó, la voz que tanto ansío, no pertenece a mi jefe.
Es Will Earl.
Lleva la chaqueta abierta y, debajo, una camiseta azul oscuro.
Se le pega al cuerpo como si estuviera hecha del papel film de antes.
Ese, el que se quedaba pegado a las cosas justo donde no debía.
Solo que en él nada se ve mal, aunque sé que debería.
Aun así, no consigo mirar a ningún lado que no sea su pecho.
Viene caminando hacia mí. Lo sé porque su pecho se acerca cada vez más.
Extiendo la mano, sin saber muy bien qué pretendo, pero sé que tengo que impedir que tome el control. Solo que él no se detiene cuando su cuerpo llega a mi mano. Sigue avanzando y mi codo se dobla. Mis dedos se abren sobre sus pectorales, que están aún más duros y menos blandos de lo que recordaba.
No puedo evitar el suspiro, ni la caricia que le doy mientras mi mano baja por su torso.
—Muy bien —dice—. Nos vamos a casa.
Sus brazos me rodean la cintura y, de repente, me está levantando, girándome y llevándome lejos de la barra. Ni siquiera he terminado mi trago. Abro la boca para protestar y me doy cuenta de que, de alguna manera, sí me lo terminé.
—No he pagado —digo—. No puedes sacarme de aquí así como así.
Lanza un fajo de billetes sobre la barra y le hace un gesto al camarero.
—Me la llevo.
El muchacho alto y larguirucho de unos veinte años asiente como si eso tuviera todo el sentido del mundo.
Lo odio. Traidor.
—Will Earl —digo con toda la rabia que puedo. Solo que, en vez de enfadada, mi voz suena casi jadeante.
Por una especie de milagro, se detiene de verdad. Sus manos se acomodan un poco, casi encontrándose por delante de mi estómago. Su cara queda por encima de mí, cerca de mi oído.
—¿Qué? —Su aliento me envuelve, mentolado y cálido.
Me manda otro escalofrío por la espalda. Trago saliva.
—No puedes simplemente llegar y llevarme. No te pertenezco.
Puedo oír la sonrisa en su voz.
—Dilo otra vez.
—No te pertenezco. —Intento girarme, pero sus manos no me dejan.
—Hablemos afuera —dice—. Te prometo que no voy a obligarte, ni lo haría jamás, a subir a mi coche ni a ir a ningún otro lado, pero creo que el aire fresco te va a hacer bien.
Pienso en discutir, pero me doy cuenta de que es verdad. Es mucho más fuerte que yo. También está mucho más sobrio, pero le creo cuando dice que no va a obligarme a ir a ningún sitio al que no quiera ir.
Cuando salimos, el aire fresco me golpea como un balde de agua helada. Los sentimientos que se arremolinaban dentro de mí, el deseo nebuloso y el ansia que llevaban un rato peleando contra mi irritación por sus zarandeos, se evaporan.
Estoy comportándome como una idiota con dos copas de más. Will me está ayudando. Dudo que sus manos en mi cintura signifiquen nada en absoluto. Solo me está guiando hacia afuera porque eso es lo que debe hacer un amigo.
—Gracias —digo.
Me suelta y me giro para mirarlo de frente.
—No estaba prestando atención y creo que bebí más de la cuenta.
—No deberías ir a beber sola —dice—. Es fácil perder la cuenta, y ese bar no está lleno de buenos vecinos. —Resopla—. O quizá sí, pero te sorprendería saber cuántos de esos son unos cerdos.
—¿Tú eres un cerdo, Will? —Levanto la mirada hacia la suya.
—Me importas —dice—. No pensaba que tendríamos esta conversación aquí ni ahora, pero no sé cuánto más pueda esperar.
Todas las palabras que pensaba decir se me atoran en la garganta.
—Me gustas —dice—. Me has gustado desde hace muchísimo tiempo. Te invité al baile de bienvenida cuando estábamos en el instituto, en el último año, y cuando nunca me respondiste…
Niego con la cabeza.
—¿De qué estás hablando? Ya lo mencionaste antes y se me pasó con todos mis problemas con Charles, pero…
—Te llevé dos docenas de rosas —dice—. Y una tarjeta de regalo de cien dólares de TJ Maxx. Adentro iba un poema horrible que escribí yo mismo, del que todavía me arrepiento, pero pensé que la idea de invitarte al baile y darte con qué comprarte un vestido era buena.
Imposible.
—Eso no pasó.
Will frunce el ceño.
—Lo dejé en tu porche. ¿Pensaste que era de otra persona?
—Mi hermano hizo exactamente eso que describes cuando invitó a Jamie.
—Claro que, ahora que lo digo en voz alta, me pregunto cómo pude ser tan estúpida como para creérmelo.
Mi hermano no era de los que regalaban rosas, y mucho menos una tarjeta de regalo que habría tenido que ir a comprar en coche a otra ciudad.
Lo que significa que, ya desde entonces, la tonta soy yo. Jamie y yo, las dos.
—Creo que Patrick arruinó eso —digo—. Y lo siento.