24 Donna
DONNA
Cuarenta y siete minutos no es tanto tiempo. Apenas alcanza para ver dos episodios de Friends. Cuando vivía en California, si mi trayecto al trabajo hubiera sido de cuarenta y siete minutos, habría sido más corto que el de la mayoría de mis amigos.
Pero aquí, donde todo queda a unos minutos y el pueblo ni siquiera tiene un semáforo, siento que estoy a años luz de mi casa cuando trabajo a cuarenta y siete minutos de distancia, en Dutch John.
A sus niños los llevan en autobús a nuestras escuelas, es cierto, pero creo que no me había dado cuenta de lo lejos que tenían que viajar cada día hasta que hice el trayecto yo misma.
Me hace preguntarme si rentar una casa en Manila es el mejor plan.
Mi mayor preocupación es lo lejos que queda Aiden de mí mientras estoy en el trabajo.
Al fin y al cabo, no es que tenga un esposo cerca que pueda pasar a ver cómo está si algo sale mal.
Y estoy tan lejos que tampoco puedo usar la pausa del almuerzo para asistir a las actividades de la escuela.
—Oye, Donna, ¿viste la factura del electricista? —David Park entra con paso decidido, con alguna pregunta de trabajo y sin charla de ningún tipo, como siempre. Siempre está haciendo algo, y apenas termina, sale disparado hacia la siguiente tarea como un purasangre en la pista.
Aunque solo piensa en el trabajo, igual hace que mi corazón se acelere.
—Aquí está. —Se la entrego—. Y tengo un montón de mensajes. —Levanto una pila de hojas y se las muestro.
Él hace una mueca.
—¿De verdad quiero devolverles la llamada a esas personas?
—¿Cómo voy a saberlo? —le pregunto—. No soy tu secretaria.
Gira la cabeza de golpe y nuestras miradas se cruzan.
Me río.
Él niega con la cabeza.
—Todavía me la cuelas más veces de las que me gustaría admitir.
No creo que esté acostumbrado a que la gente lo moleste.
—Llamó tu mamá —le digo—. Su inglés es bastante bueno.
—Mentirosa —dice—. Por algo me mandaron aquí. Mis padres se creen buenísimos, pero lo que hicieron fue memorizar bloques enteros de sonidos para cada frase. Casi siempre cuesta un montón entender lo que dicen.
Me río entre dientes.
—Te extrañan, o eso dice tu mamá.
—No te dejes engañar. —Me señala mientras se aleja—. Quieren nietos. No es lo mismo.
Suena mi teléfono y contesto sin pensar.
—Park Hyun Capital y Desarrollo, habla Donna.
—¿Donna?
—Sí, soy yo.
—Soy Alice —dice—. De la escuela primaria.
Mi antigua colega, antes de que me despidieran.
—Ah, hola —digo—. Por favor, dime que no olvidé que hoy era media jornada. —Mi risa forzada suena tonta, incluso para mí.
—La cosa es que hubo un accidente.
Se me detiene el corazón.
Y me doy cuenta de que cuarenta y siete minutos no es poco tiempo: es una vida entera. Estoy a cuarenta y siete minutos de mi bebé, y no hay literalmente nada que pueda hacer desde aquí. Cuando por fin recupero la capacidad de respirar, pregunto con dificultad.
—¿Qué? —Me aclaro la garganta—. ¿Qué pasó?
—Estaba jugando en los columpios con otro niño, Gabe Brooks, y hablaban de qué superhéroe querían ser.
—¿Gabe está bien?
—Él está bien, pero al parecer Aiden dijo que quería ser Superman y saltó del columpio para demostrarlo. Cayó mal y creo que se rompió la pierna. La tiene doblada de una forma rara y no deja de gritar.
El corazón se me retuerce como un pretzel.
—Salgo ahora mismo.
—¿Cuánto vas a tardar en llegar? —pregunta—. Porque una vez que llegues, vas a tener que dar media vuelta e ir directo a urgencias, ¿no? ¿Hay alguien más cerca a quien puedas llamar? Si me das permiso, esa persona puede recogerlo por ti.
Sí, eso es lo más sensato. Aunque él me quiera a mí, aunque estaría más feliz conmigo, nuestra prioridad tiene que ser que lo atiendan lo antes posible.
—Salgo ya mismo, y voy a empezar a llamar a gente que pueda ir a buscarlo.
—Tienes que darme autorización para dejarlo irse con otra persona —dice—. Normalmente la pediríamos por escrito, pero como es una emergencia…
—Abigail Brooks —digo sin pensar—. Amanda Brooks. Steve Archer. Amanda Saddler. La señora Earl. —Hago una pausa y luego me trago mis reservas por la misma razón por la que puedo autorizar esto por teléfono. Es una emergencia—. Will Earl.
—¿Todos ellos tienen permiso para recogerlo?
—Sí, y si alguno puede ir por él, yo los alcanzo en el hospital.
Abby, Amanda y Steve no contestan.
Amanda Saddler ya está en Green River, así que está incluso más lejos de él que yo.
Llamo a Will, pero tampoco contesta. Le mando el mismo mensaje que les envié a Amanda y a Abigail. [Aiden se rompió la pierna en la escuela. Estoy en el trabajo. ¿Puedes recogerlo y nos vemos en Green River? Si es así, conduzco directo hasta allá.]
Después llamo a su mamá, que no contesta el teléfono. Pero sí contesta la línea del hotel, con un tono muy agobiado.
—¿Puedes esperar un momento?
—Eh, claro —digo—. Pero llamaba para pedirte un favor.
—¿Donna?
—Suena a que estás ocupadísima —le digo—. Voy a intentar llamar a Will otra vez.
—Está en los últimos minutos de esas subastas de coches que hace —dice ella—. No va a contestar. ¿Necesitas algo?
—¿Estás desbordada?
—Acaba de llegar un grupo enorme a registrarse y ya están todos quejándose.
No creo que unos minutos vayan a cambiar nada sustancial para Aiden. Solo estoy siendo una madre exagerada.
—No pasa nada —me obligo a decir.
—Te llamo en cuanto los acomode.
Estoy en mi coche, con el cinturón puesto y a punto de arrancar, cuando decido que debería llamar otra vez a la recepción de la escuela.
Me preocupa que Aiden pueda tener una hemorragia interna o algo así.
¿Y si, no sé, se desmaya? Quizá deberíamos llamar a una ambulancia.
En momentos como este odio los pueblos chicos.
—¿Hola? —Alice suena de lo más normal.
—Soy Donna. ¿Cómo está Aiden?
—No estoy segura —dice.
—¿Cómo puedes no estar segura? —Mi voz ha alcanzado niveles supersónicos, pero no me importa.
—No está aquí —dice—. Acaba de irse.
—¡¿Que se fue?!
—Donna, me dijiste que podía dejarlo salir si…
—¿Quién fue? —pregunto—. ¿Quién lo recogió?
—Will Earl —dice ella—. Se lo llevó en brazos como si no pesara nada, y Aiden iba haciendo bromas y riéndose en el camino.
¿Haciendo bromas?
—¿Sobre qué?
—Ni idea. Algo sobre qué pasaría si los Legos y los Pokémon tuvieran bebés.
—Gracias —digo—. Voy a llamar a Will. —Pero cuando reviso el teléfono, ya tengo un mensaje.
[De camino a Green River. Nos vemos en Urgencias]. Justo debajo aparece una foto de las caras de Will y Aiden apretadas una contra otra, los dos levantando el pulgar hacia mí. [El pequeño va a estar perfectamente. No entres en pánico.]
Por primera vez desde la llamada de Alice, puedo respirar.
Quiero llamarlo, pero está conduciendo. Lo último que necesito ahora es provocar un accidente porque sigo angustiada. Me obligo a concentrarme en llegar a Green River lo más rápido y seguro posible, aunque Will me lleve al menos veinte minutos de ventaja por culpa de mi estúpida ubicación remota.
Cuando por fin llego a Urgencias, entro corriendo.
—Tú debes de ser Donna —dice la señora del mostrador—. Eres exactamente como te describió tu novio. Por cierto, se ve adorable con tu hijo. Yo estaba convencida de que era el papá hasta que tu hijo me corrigió.
Abro la boca para explicarle, pero entonces caigo en la cuenta… Will es muy apuesto. Si le digo que no es mi novio, quién sabe cuánta atención podría atraer eso hacia nosotros. Enfermeras, técnicos, se volvería una distracción para el cuidado de Aiden. Mejor no digo nada.
—Gracias.
Pero lo que dijo no deja de darme vueltas en la cabeza.
La sigo por el pasillo y no puedo contenerme.
—¿Cómo dijo que me vería?
—Asustada y preocupada, con la mirada buscando en todas partes a la vez. —Su sonrisa es suave—. Dijo que se te estarían escapando mechones de la coleta alta, porque así lo usas cuando trabajas, pero que tu labial se vería perfecto, como el de una actriz en una película.
—Eso es…
—Y dijo que llevarías algo apropiado para un despacho de abogados, pero con algún detalle coqueto que te diera personalidad, como un moño en los aros o flores en los tacones.
Mientras mis tacones negros con una diminuta mariposa rosa repiquetean contra las baldosas, mi irritación va en aumento.
—¿Por qué se quedó tanto rato charlando si Aiden tiene una pierna rota?
Ella se encoge de hombros.
—Estábamos esperando a que se lo llevaran, y cuando él hablaba de ti, tu hijo sonreía más.
—Ah.
—Pero mi parte favorita fue cuando dijo que tenías la sonrisa más hermosa del mundo. —Sonríe—. Tu hijo asintió y dijo: «Mamá casi nunca está feliz, pero cuando se ríe todo es mucho más divertido».
¿Aiden cree que no soy feliz muy seguido?
—Pero no te preocupes, tu novio le dijo que se iba a encargar de que ahora fueras mucho más feliz. —Me hace señas para que me acerque—. Fue lo más tierno que he visto en mi vida. ¿Un novio así de guapo que hable de mí de esa manera? —Suspira—. Yo daría mi brazo derecho.
—¿Ya estamos cerca de la habitación? —He aguantado todo lo que podía aguantar.
—Ah, justo ahí. —Señala—. Están adentro.
Me preocupa que Will haya oído ese efusivo torrente de elogios, pero cuando me giro, el doctor ya está adentro, hablando con Aiden.
—… ¿eso te dolió?
—¡Ay!
Todos los músculos de mi cuerpo se contraen cuando Aiden grita.
—Eh, mi amor —digo.
Will cierra el puño, hace una mueca y sacude la mano delante de Aiden.
—Nosotros podemos con esto, ¿verdad?
Aiden tuerce la boca y asiente.
—Estaba identificando el lugar preciso para tomar las radiografías. —El doctor se da la vuelta, y los lentes se le resbalan un poco por la nariz—. Es algo incómodo, pero su hijo se ha portado como un campeón.
—Gracias —digo—. ¿Qué más tiene que hacerle?
—Ya terminé con esta parte —dice—. En un momento se lo llevan.
—¿Y luego qué?
—Depende de lo que muestren —dice—. Si está desalineada, o si hay fragmentos, va a necesitar cirugía.
—Mejor —dice Will—. Así tú también vas a tener una cicatriz buenísima.
—Igual que la tuya. —Aiden le sonríe de oreja a oreja a Will.
¿«Igual que la tuya»? ¿De qué está hablando?