El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 17 Abigail #4
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17 Abigail #4

La idea de vivir con Steve me hace cortocircuito; de algún modo, aunque acepté casarme con él, no había pensado en vivir con él.

Pasé unos días aquí cuando los niños se enfermaron.

Nos cuidó a todos, y lo hizo con generosidad.

Me sentí segura, y no estaba sola, y eso, en sí mismo, fue como pornografía emocional para mí.

Pero sus palabras calan, y caigo en la cuenta.

—Espera, ¿aquí?

Su cabeza baja, y sus labios por fin cubren los míos.

—Mmm.

Casi me pierdo en su olor, su tacto y su sabor.

Suena como un buen lugar donde perderse.

Me mueve un poco, haciéndose lugar a mi lado, y me alegro, aunque no es la primera vez, de que su sofá sea ancho: hay espacio de sobra para dos.

Pero eso es como otra patada en las espinillas.

La patada que necesitaba para escapar de la amnesia mágica de sus besos.

Aquí.

Que ya voy a estar aquí, dijo. En su casa. Pero yo acabo de recuperar el rancho Birch Creek. Y no puedo dejar a Ethan allá, gestionando un rancho entero él solo. Es adulto, sí, pero no es un adulto de verdad.

Cuesta, pero me aparto de Steve.

En cuanto suelta un gruñido desde su pecho y se inclina hacia mí, presiono una mano contra la división suave y estrecha entre sus pectorales. Eso casi acaba conmigo. Este tipo tiene un torso hermoso en serio.

Niego con la cabeza.

—Dijiste «aquí».

Refunfuña.

—Steve.

Parpadea y se acomoda.

—Lo dije. Aunque, sea lo que sea que haya dicho, perdona. No lo decía en serio.

Me río.

—¡Steve!

—¿Qué? —Sonríe—. No puedes culparme por perder la razón cuando estoy cerca de mi prometida, ¿o sí?

No lo culpo, pero, por mucho que quiera hundirme de nuevo en la inconsciencia, no voy a poder. No hasta que resolvamos esto.

—¿De verdad crees que todos nos vamos a mudar aquí después de la boda?

—Bueno. —Steve se pasa la mano por el pelo, distraído—. Ethan probablemente no. Esa es una de las razones por las que necesitaba la furgoneta, obviamente.

—Justo antes de venir, como remate de todas las porquerías que me pasaron hoy, Kevin y Jeff me informaron que Amanda los contrató a nuestras espaldas para trabajar con ella a tiempo completo.

Steve se sienta más derecho.

—No pueden hacer eso. Firmaron contrato por un año. Tienen hasta mayo, por lo menos.

Niego con la cabeza, con pesar.

—Lo firmaron, pero ese acuerdo no fue con nosotros. Y cuando el rancho se vendió, su compromiso terminó.

Maldice entre dientes.

—Lo siento.

—No puedo irme del rancho —digo—. No puedo dejar solo a Ethan.

—Pero queda a cinco minutos —dice Steve—. No estaría solo solo, en realidad.

—Steve. —Le pongo una mano en el brazo, y mis dedos se curvan sobre su músculo tenso—. Por favor.

—Yo tengo animales, Abby. Sé que quieres ayudar a Ethan, pero…

—Él es la razón de que yo esté aquí —digo—, y tenemos graneros y cobertizos y espacio de sobra en el rancho para todos tus animales.

Su risa no tiene ni una pizca de alegría.

—Esos no son graneros. Son… —Se queda callado, claramente sin saber cómo llamar a nuestros graneros, que no están a su altura, salvo graneros, supongo.

—Sé que para ti es un paso atrás —digo—. Pero hay que hacer concesiones.

—Por concesiones te refieres a que yo tengo que abandonar la perfección que me he montado e irme a vivir a la casa del viejo loco de Jed. —Resopla—. Si ni siquiera te gusta esa casa.

—Pero a las vacas de la propiedad hay que cuidarlas. No podemos simplemente abandonarlas, y no voy a dejar solo a Ethan. Siento que no me estás escuchando.

—Eres sobreprotectora, y normalmente no me molesta —dice—. Pero Ethan tiene dieciocho años, y es un chico muy maduro. Puede que hasta quiera vivir…

—¿Crees que va a querer que lo abandonen? ¿El muchacho cuyo padre murió hace menos de dos años va a querer manejar un rancho él solo, en un lugar donde nunca ha vivido, sin nadie que quiera o conozca en la propiedad? ¿Y si se lastima? ¿Y si una vaca le da una patada, o…?

—Abby, podemos conseguir más peones, obviamente.

Me giro y me levanto de golpe.

—No puedo hacer esto ahora.

—¿Hacer qué? —Steve también se levanta—. Habla conmigo.

—Pelear —digo, sin más—. No tengo energía para pelear esta noche.

Venir aquí se suponía que iba a hacerme sentir mejor, que me recargaría, que Steve era mi lugar seguro, mi consuelo y mi apoyo. Ahora siento que el mismo mazo de hoy acaba de derribar ese apoyo de un golpe en las rodillas.

—Abby, yo tampoco quiero pelear. —Estira la mano hacia mí, pero me escabullo de su alcance.

—No —digo—. No puedes tocarme. Eso no es justo.

Sus ojos se encienden.

—¿No es justo?

—Tengo hijos, Steve. Lo sabes. Siempre lo has sabido.

—Pero ellos van primero —dice—. Yo no, los niños.

Se me dilatan las fosas nasales y siento que echo chispas.

—Yo era madre desde antes de conocerte.

—Y vas a ser madre mucho después de que yo no esté. ¿Es eso?

No puedo creer que esté celoso de mis hijos.

—¿Siquiera consideraste por un momento mudarte aquí? ¿O siempre va a ser lo que diga Abby, o nada?

Giro sobre mis talones y salgo. No bromeaba: no tengo espacio emocional para discutir, no ahora.

Me preocupa que me siga, pero no debería.

Steve siempre está ahí cuando tengo un problema, pero nunca ha sido de los que acosan.

Simplemente se queda en el umbral, con gesto preocupado, mientras camino hasta mi coche y me alejo.