8 Donna
DONNA
He visto a Abigail en muchas situaciones legales en los últimos meses, y siempre parece absolutamente imperturbable.
¿Una enfermera gritándole? Ningún problema.
¿Mi hermano frunciendo el entrecejo, echando humo y vociferando?
¿A quién le importa? ¿El abogado elegantísimo de mi exmarido respirándole en la nuca? Prácticamente le dedicó una sonrisa.
Pero hoy no parece estar en su mejor momento.
Y yo la necesito en plena forma.
—¿Estás bien?
Abby se sobresalta.
—¿Yo? —pregunta.
—No te lo tomes a mal, pero te ves un poco… distraída.
—Es mi hermana —dice—. No para de mandarme mensajes sobre mi viaje a Houston.
Le mandé el itinerario, y sabe que, aunque ella esté aquí, tengo que ir.
No es que nuestra casa llena de cosas se vaya a mudar sola, y mi casa ya está bajo un contrato de compraventa.
Yo no elegí cuándo venía ella, así que no es culpa mía que escogiera un mal momento.
—Ya, fascinante —digo—. Pero en unos cinco minutos va a comenzar la declaración testimonial de Patrick y…
Abby pone su mano sobre la mía.
—Donna.
La miro a los ojos, y ya no están ausentes. Están llenos de confianza, como antes, como los ojos de la Abigail Brooks que se come de cena a abogados de traje sofisticado como el de mi exmarido.
—Podemos con esto.
He dudado de ella en el pasado, repetidas veces.
Yo estaba ahí cuando llevó el caso que era, en cierto modo, contra mi hermano, y en el que ella terminó perdiendo el rancho.
Pero aquella vez estaba nerviosa, no estaba nada segura, y no se sorprendió cuando ocurrió.
Tengo que recordarme que confío en Abby porque es de fiar.
—Tus padres te querían —dice—. No querían dejarte sin nada, y se dieron cuenta de su error; o, al menos, tu madre sí y al final terminó convenciendo a tu padre.
—Sí. Así es. —Asiento—. Y lo que haremos hoy solo es obtener su testimonio. —Cosa que me dijo hace diez minutos—. No es el juicio.
—Estamos reuniendo información, y probablemente información importante, ya que tu hermano piensa alegar que tu padre estaba non compos mentis cuando firmó ese testamento ante el notario.
—¿Non qué?
—Es latín; significa «sin pleno uso de sus facultades mentales» —dice—. Y lo que quizá él no sepa, pero su abogado sí, es que tu padre solo tenía que estar en su sano juicio durante el período en que firmó ese nuevo testamento, suponiendo que entendiera la importancia del cambio.
La declaración transcurre tal y como esperaba, con Patrick testificando repetidamente que a papá le costaba organizar sus ideas, que estaba desorientado y confundido incluso al entrar en el bufete la mañana de la firma del testamento.
—Entonces, su testimonio… —dice Abigail— ¿es que usted estaba con sus padres cuando fueron al despacho de su abogado a formalizar ese testamento?
—¿De qué otra manera sabría cómo se comportaba? —Patrick pone los ojos en blanco—. Claro que estaba ahí.
Los dedos de la taquígrafa trabajan frenéticos mientras lo registra todo.
—¿Usted entró físicamente en el bufete con sus padres y los vio firmar lo que antes describió como una…? —Echa un vistazo a sus notas—. Una «farsa de testamento».
—Sí —dice Patrick—. Entré caminando con ellos al despacho, como ya dije.
—¿Y se encontró con ellos allí? ¿O fueron todos juntos?
—Es un viaje largo —dice Patrick—. ¿Por qué íbamos a ir en coches separados?
Abigail se encoge de hombros.
—¿Entonces usted, por casualidad, no pasó la noche anterior dentro del despacho ni nada por el estilo?
—¿Estás loca? ¿Por qué demonios haría eso? Claro que fui con ellos en el mismísimo coche. De hecho, conduje yo.
Abigail asiente.
—De acuerdo. ¿Entonces la opinión de que su padre no estaba en sus cabales ese día está basada en que usted estaba físicamente presente antes, durante y después de la firma del testamento?
—¿Este es el único tipo de abogada que puedes pagar? —pregunta Patrick, ignorándola y mirándome a mí—. ¿Alguien tan estúpida? ¿Alguien que hace las mismas preguntas una y otra vez?
—¿Le importaría decir algo sobre el tono acusatorio de su cliente? —pregunta Abigail, dirigiéndose claramente al abogado de Patrick, el mismo hombre que redactó el testamento que ahora estamos disputando.
—¿Por qué lo haría? —La sonrisa del abogado es arrogante y presuntuosa.
Empiezo a preguntarme si esto no le quedará grande a Abigail.
—¿Su abogado también estaba presente? —pregunta Abigail—. ¿Cuando se formalizó el testamento?
Patrick suspira.
—Claro que sí.
Las cejas de Abby salen disparadas hacia arriba.
—¿En serio?
—Creo que quizá lo está recordando mal —interviene su abogado—. Piénselo bien. —En voz baja, apenas alcanzo a oírlo murmurar—: Yo nunca asisto a las formalizaciones. ¿Recuerda?
—¿Quedó registrado eso? —pregunta Abigail con toda claridad—. El abogado de Patrick Ellingson le ha indicado a su cliente que él nunca asiste a formalizaciones de testamentos.
—Cierto —dice Patrick—. O sea, lo olvidé por un momento. Fue otro abogado el que me recibió; no recuerdo su nombre, pero claro que usted no estaba, si solo íbamos a que lo certificaran ante notario.
—Es interesante oírlo cambiar su testimonio —dice Abigail—. ¿Está seguro de que no quiere hacer lo mismo respecto de su presencia en el momento de la firma?
—Estoy absolutamente seguro. —Patrick cruza los brazos—. Un momento de confusión sobre si mi abogado, al que veía todo el tiempo, estaba presente no es relevante.
Abigail asiente y pulsa un botón. Un televisor en el rincón de la sala se enciende.
—Quisiera que todos dirigierais vuestra atención a la pantalla.
Estas son imágenes de la cámara de seguridad del otro lado de la calle.
Dio la casualidad de que grabó la llegada de sus padres y, como evidencian la fecha y hora al pie, es exactamente el día en que fueron a formalizar el testamento, ¿no es cierto?
El rostro de Patrick empalidece por completo.
—Lo curioso, al ver este vídeo, es que usted, muy a las claras, no está con ellos. Y, como dejó bien claro antes, no es que pasara la noche en el bufete, digamos.
Patrick traga saliva.
—Solo intento conciliar lo que estoy viendo con mis propios ojos, y lo que sin ninguna duda verá también el juez, con sus declaraciones tan claras y tan rotundas sobre el día de la formalización del testamento.
Oh, ¡ta-chán! Lo puso en evidencia, y qué bien se siente, la verdad.
Lo mejor es que ella se comporta con absoluta calma y tranquilidad, igual que cuando Patrick y su estúpido abogado pretendían hacerla quedar como una idiota incompetente.
Les siguió el juego para que él tuviera cuerda de sobra con la que ahorcarse solito.
—Supongo que mi pregunta, señor Ellingson, es: ¿cómo podría su testimonio anterior ser otra cosa que una mentira al servicio de sus propios intereses codiciosos? ¿Posee usted poderes sobrehumanos que le permitan volverse invisible?
—Eres una verdadera hija de…
Su abogado lo agarra del brazo. —Patrick.
—Si tenías ese vídeo, deberías habérnoslo mostrado de inmediato.
—Usted tenía tanto acceso a él como yo —dice ella—, y no lo pidió en ninguna de las solicitudes de documentos que presentó, ni tampoco lo pidió en los interrogatorios.
—Pero tú sabías…
—¿Está insinuando que yo sabía que usted cometería perjurio después de prestar juramento? —pregunta Abigail—. Supongo que me lo imaginaba, después de todas sus mentiras y del fraude que intentó cometer cuando quiso comprar el rancho Birch Creek, pero no sabía que esta vez también mentiría.
—Protesto —dice su abogado.
—También quisiera señalar, para que conste, que sí solicité cualquier grabación de vídeo o registro de la firma efectiva del testamento, y que, cuando fui a su oficina la semana pasada a entregar en mano mis solicitudes de pruebas, noté que tenían cámara, tanto en el vestíbulo de entrada como en la sala de reuniones.
Cuando le pregunté a su secretaria desde cuándo las tenían instaladas, se jactó de lo avanzado que es su bufete en cuanto a tecnología y de que las tienen desde hace más de cinco años.
—Abigail sonríe—. Visto que nunca entregó esas grabaciones, ¿debo suponer que las borró fraudulentamente antes de este juicio, o que las está reteniendo de mala fe?
—Se da un golpecito en el labio—. Sinceramente, no logro decidir qué es peor.
Dudo que al juez le guste ninguna de las dos.
Patrick se pone de pie.
—Esta declaración testimonial se terminó.
Los labios de Abigail dibujan una mueca, que sugiere cierta perplejidad.
—Por desgracia, eso no lo decide usted. —Gira la cara hacia él lentamente—. Hay cosas en la vida, señor Ellingson, que escapan a su control, y mi intención es mostrarle exactamente cuáles son algunas de ellas.
Su abogado también se levanta.
—Si quiere más tiempo, tendrá que presentar una moción ante el tribunal.
—Oh, será un placer —dice ella—. Y usted también puede ir esperando mi notificación para tomarle declaración, señor Scholes. Francamente, me sorprende que lleve este caso, considerando la probabilidad de que usted mismo acabe como acusado en una demanda civil conexa.
Pocas veces he visto que una mujer les caiga peor a dos hombres de lo que Abigail Brooks a estos dos. Si yo fuera ella, estaría nerviosa.
Pero ella solo se ve triunfante.