El Retiro (El Rancho de Birch Creek 4) 2 Abigail #2
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2 Abigail #2

Helen está mirando su teléfono con frustración cuando salgo del baño. Supongo que Ethan todavía no le ha dado la contraseña del wifi; de hecho, brilla por su ausencia. Ese cobarde probablemente esté escondido en algún lugar del patio con Kevin y Jeff. Qué suerte tiene el muy granuja.

—Me sorprendiste —digo—. Pensaba que me quedaban unos días más.

Helen levanta la vista, y sus ojos grises se fijan en mí con la misma intensidad con la que antes se habían fijado en su teléfono.

—Suenas como si te molestara que haya llegado antes.

Cerré la operación antes de lo previsto y me quedan menos de dos semanas antes de adquirir una nueva empresa.

Pensé que un poco de tiempo extra sería una buena sorpresa.

—Lo es —digo.

—Y creo que la persona más sorprendida hoy he sido yo sin lugar a dudas —continúa—.

No tenía ni idea de que mi hermana, la abogada de Harvard, que acaba de llamarme por primera vez en meses para decirme que se había comprometido, nada menos que con un médico, iba a estar embadurnada de barro como si hubiese salido de la Laguna Negra de esa película de los cincuenta.

Pongo los ojos en blanco.

—Por favor. No fue para tanto.

—Llevabas botas, te chorreaba barro del pelo y olías como el baño de un avión. No, peor. Es que no se me ocurre nada que se corresponda de verdad con el olor real. —Arruga la nariz—. ¿Te has dado cuenta de que todo por aquí apesta?

Yo ya me acostumbré.

—Las vacas no prestan atención a dónde hacen caca, y hoy pasamos ocho horas recortándoles las pezuñas.

La mueca que hace con su labio lo dice todo. Aunque, para ser justa, si ese hubiera sido mi primer contacto con la vida del rancho, quizá habría pensado lo mismo.

—Hay muchas cosas buenas que compensan las desagradables —digo—. Cosas divertidas. Cosas adorables. Cosas gratificantes. —Lo pienso un momento—. Pero sí hay muchísima caca.

—Estás reforzando mi decisión de no tener nunca ningún animal.

—Ni siquiera eres capaz de mantener vivas las plantas —digo—. Jamás habría intentado convencerte de que tuvieras una mascota.

Se encoge de hombros.

—Criar nunca fue lo mío.

Desde luego que no.

—¿A qué hora llegan tus otros hijos? —agrega.

Echo un vistazo al reloj.

—En unos veinte minutos.

Suelta un silbido.

—¿Cómo encuentras tiempo para trabajar, si te pasas todo el día con vacas y toda la tarde con niños?

No me apetecía tener que explicarle mi estilo de vida aquí.

—Ethan suele encargarse él solo de casi todo lo referido al rancho, pero yo tengo muchos menos compromisos que antes.

Frunce el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Renuncié a mi trabajo —digo—. Voy a abrir un bufete aquí, y ya tengo a mi primera clienta. —Aunque en realidad no considero a Donna como una clienta. Ni siquiera le he cobrado—. Tendré la flexibilidad horaria que necesito para criar a mis hijos, y podré…

—Ay, Abby. —Los hombros de Helen se desploman—. ¿Te comprometiste y luego renunciaste a tu trabajo? ¿En serio?

—No lo hice en un arrebato —digo—. Y desde luego no lo hice porque planee convertirme en la perfecta ama de casa para Steve. Lo pensé mucho antes de…

—Todos llevamos tiempo esperando, ¿sabes? —dice—. Que pasara exactamente esto.

—¿Que pasara qué?

—Afrontaste todo increíblemente bien después de la muerte de Nate, a un nivel inhumano. O sea, siempre has sido razonablemente competente, pero aun así, sabíamos que tarde o temprano acabarías derrumbándote. Solo que no esperaba que fuera tan grave.

Treinta minutos, la mayoría de los cuales estuve dentro del baño, esa es la cantidad de tiempo que pasó, desde que llegó mi hermana, hasta que me entraron ganas de abofetearla.

—¿Derrumbarme?

—¿Tú cómo lo llamarías, si estuvieras en mi lugar?

Me pongo las manos en las caderas.

—Estoy segura de que si yo fuera tú, también diría que te estás derrumbando. Siempre fuiste terriblemente grosera, increíblemente poco perspicaz y absolutamente entrometida.

Su risa suena más como el ladrido de una foca.

—¿Entrometida? Bueno, al menos toda esa formación jurídica no se desperdicia del todo mientras estoy aquí. Pero cuando me vaya y solo te queden pueblerinos con quienes hablar, ¿alguno de ellos te va a entender siquiera?

—Llegaste antes, lo que significa que también puedes irte antes. Diles a mamá y a papá que me viste, y que me estoy derrumbando. —Doy un paso hacia ella—. Pero menciónales también que a cualquiera que entre en mi casa a decirme cómo debo vivir, lo acompañaré de vuelta a la salida.

—¿De verdad vas a echarme por decirte la verdad?

—Helen deja caer el bolso sobre la mesa y cruza los brazos—.

Bueno, si ese es tu plan, te vas a llevar una decepción.

Soy tu hermana, y me voy a quedar aquí hasta que tenga que volver para empezar a asegurar inversores para mi nueva adquisición.

—Murmura tan alto que queda claro que quiere que la oiga cuando dice—: Por lo visto, eso va a ser pan comido comparado con lidiar con esto.

—No te necesito aquí, Helen. Pensé que a lo mejor te alegrarías por mí, teniendo en cuenta los años tan miserables que hemos pasado los niños y yo, pero si no es así, ahí está la puerta. —Señalo.