EPÍLOGO — EL REINO
El hombre observaba el Hudson desde una planta cuarenta y siete.
Nueva York amanecía gris.
Sobre la mesa había tres periódicos, ninguno abierto, y una carpeta con una fotografía reciente de Arthur Rivonsdill saliendo de Blackthorn House.
Silas Vane parecía más viejo que en la imagen tomada seis meses atrás.
No tanto como debería un muerto desde 2004.
Una mujer dejó un teléfono junto a él.
—Crane ha muerto.
Silas siguió mirando el río.
—Lo sé.
—Northbridge no consiguió ejecutar las garantías.
—También lo sé.
—Arthur ha congelado Crown Atlantic.
Silas sonrió.
—Eso sí es interesante.
La mujer abrió la carpeta.
—Victor está fuera. Marcus sigue vivo. Rebecca continúa protegida.
—¿Sabe quién es?
—Todavía no todo.
Silas se volvió.
Sus ojos se detuvieron en la fotografía de Arthur.
—Edmund habría eliminado el problema.
—Arthur no es Edmund.
—Por eso ganó esta ronda.
La mujer dudó.
—¿No le preocupa?
Silas tomó la fotografía.
—Me habría preocupado que fuera igual que su padre.
La dejó de nuevo sobre la mesa.
—Edmund era predecible cuando tenía miedo. Arthur todavía cree que puede elegir qué hombre va a ser.
—¿Y no puede?
Silas miró el río.
—Todos pueden. Ese es el problema.
La mujer guardó los documentos.
—¿Qué hacemos ahora?
Silas tardó en responder.
—Nada.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Nada?
—El reino acaba de cambiar de rey. Hay que dejar que los hombres crean que la guerra ha terminado antes de enseñarles cuánto territorio siguen sin ver.
Tomó una pequeña llave de la mesa.
En el metal había una fecha grabada.
17.9.96.
Silas cerró la mano alrededor de ella.
—Además —dijo—, Arthur todavía no sabe quién abrió la puerta desde Londres.
La mujer sonrió.
—¿Y usted sí?
Silas miró hacia Manhattan.
—Claro.
La ciudad siguió despertando bajo él.
En Londres, Arthur Rivonsdill acababa de heredar un reino.
En Nueva York, un muerto acababa de decidir cuándo volver a reclamarlo.