EL REINO DE LOS RIVONSDILL 42. EL NUEVO REY
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42. EL NUEVO REY

Tres días después, Blackthorn House volvió a parecer una casa.

No del todo.

Había más hombres de seguridad, dos habitaciones convertidas en centros de trabajo y una fila de abogados entrando y saliendo desde el amanecer. Pero Rose había ordenado servir la cena en el comedor principal y prohibido hablar de cuentas durante una hora.

Nadie obedeció completamente.

Arthur tampoco.

Northbridge había detenido las ejecuciones.

Victor seguía apartado de Atlantic Holdings, aunque había aceptado colaborar a cambio de protección para su hijo y una salida negociada de ciertas sociedades.

Rebecca Hale permanecía bajo vigilancia discreta sin saber todavía toda la verdad.

Marcus estaba en Blackthorn, no como prisionero formal, pero tampoco como invitado.

Arthur había suspendido sus poderes.

—Eso habría destruido a Edmund —dijo Marcus cuando recibió la notificación.

—No eres Edmund.

—No. Tú tampoco.

Arthur lo miró.

—Empiezo a pensar que es lo mejor que me has dicho.

Marcus aceptó la frase.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

—Todavía no lo sé.

—Eso es peor que una condena.

—Bien.

Marcus sonrió con cansancio.

—Ahí sí te pareces a él.

Arthur salió antes de contestar.

En el despacho, Evelyn cerraba el último informe sobre Northbridge.

—Si seguimos congelando las posiciones, podemos llegar a un acuerdo con Rebecca antes de que Silas vuelva a moverlas.

—Cuando sepa la verdad.

—Sí.

Arthur se apoyó en la mesa.

—No quiero que se entere por un abogado.

—¿Vas a decírselo tú?

—No todavía.

—Eso suena peligrosamente a Edmund.

Arthur la miró.

Evelyn no retrocedió.

—Tienes razón.

Ella parpadeó.

—Voy a grabarlo. Acabas de decirlo sin discutir.

Arthur sonrió.

La distancia entre ellos seguía allí, pero ya no era la misma.

—Quiero que decida cuándo escuchar. Podemos enviarle una carta explicando que tenemos información sobre su origen y ofrecerle hablar con un abogado independiente.

Evelyn asintió.

—Eso sí lo acepto.

—Me tranquiliza profundamente.

—No debería.

Arthur rodeó la mesa.

—Sobre aquella noche...

Evelyn levantó una mano.

—No.

Arthur se detuvo.

—¿No?

—No vas a convertir lo que pasó entre nosotros en otra carpeta que resolver antes de cerrar el trimestre.

Él casi se rio.

—No era mi intención.

—Lo era un poco.

Arthur tuvo que admitirlo.

—Un poco.

Evelyn se acercó.

—Me mentiste también.

—¿Cuándo?

—Cada vez que fingiste que podías cargar con todo esto sin que te afectara.

Arthur bajó la mirada.

—Eso no cuenta como mentira.

—En mi profesión, ocultar un pasivo cuenta muchísimo.

Se besaron.

No como en Nueva York.

Sin urgencia.

Sin una mentira esperando en la mesa.

Cuando se separaron, Evelyn apoyó la frente en su pecho.

—No me voy a quedar en Londres porque tú seas el nuevo rey.

Arthur sintió rechazo ante el título.

—No soy un rey.

—Explícaselo a todos los hombres que esperan fuera para que decidas cómo van a trabajar.

—Estoy intentando que dejen de esperar eso.

—Entonces quizá tengas una oportunidad.

Aquella tarde Arthur reunió a los responsables de las empresas legales y clandestinas.

No hubo ceremonia.

No hubo silla de Edmund.

Arthur ordenó retirarla antes de empezar.

Habló durante doce minutos.

No prometió paz.

No prometió riqueza.

Prometió reglas.

Los negocios legítimos dejarían de cubrir operaciones que pusieran a empleados y familias en peligro.

Las rutas de Crown Atlantic quedarían congeladas hasta resolver la reclamación Vane.

Se prohibían represalias contra familiares.

La seguridad respondería a Noah y tendría auditoría independiente.

Julian controlaría las operaciones inmobiliarias y compartiría firma en decisiones extraordinarias de Londres.

Un hombre preguntó:

—¿Y si eso nos hace perder territorio?

Arthur respondió:

—Entonces perderemos territorio.

La sala quedó inmóvil.

—Pero no voy a convertir cada pérdida en una excusa para hacer lo que nos trajo hasta aquí.

No todos estuvieron de acuerdo.

Arthur lo vio.

Eso también era nuevo.

Edmund había confundido silencio con lealtad durante demasiado tiempo.

Al terminar, Rose lo esperaba junto a la puerta.

—Tu padre habría odiado la mitad.

—¿Y la otra mitad?

—La habría fingido como idea suya.

Arthur sonrió.

Rose le entregó un sobre.

Papel grueso.

Su nombre escrito a mano.

Arthur reconoció la letra.

Edmund.

—Lo encontré dentro de la caja de documentos que Marcus sacó del despacho —dijo Rose—. Estaba entre dos carpetas, sellado.

Arthur no lo abrió.

—¿Lo has leído?

—No.

—¿Marcus?

—Dice que no.

Arthur sostuvo el sobre.

Había buscado respuestas desde la noche del accidente.

De repente, no tuvo prisa.

Rose lo comprendió.

—Cuando estés preparado.

Arthur miró el despacho sin la silla de Edmund.

—Creo que eso es lo que llevo intentando decidir desde que murió.

Rose le tocó la mejilla.

—No. Llevas intentando decidir si puedes ser tú después de convertirte en lo que él dejó atrás.

Arthur bajó los ojos hacia la carta.

Esa noche la abrió.