EL REINO DE LOS RIVONSDILL 30. HERMANOS
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30. HERMANOS

Julian estaba en el gimnasio antiguo de Blackthorn.

No entrenaba.

Estaba sentado en el borde de un banco con la carpeta que había sacado de la habitación secreta a su lado.

Arthur entró sin llamar.

—Tenemos que hablar.

Julian miró la carpeta que Arthur llevaba bajo el brazo.

—Qué frase tan Rivonsdill.

—Marcus habló con gente de Northbridge en 2018.

—¿Y?

—Les dio información sobre nosotros.

Julian se puso de pie.

—¿Qué información?

—Sobre ti. Sobre mí. Sobre cómo papá repartía responsabilidades.

La reacción de Julian no fue sorpresa.

Arthur lo vio.

—Ya lo sabías.

Julian apartó la mirada.

—Sabía una parte.

Arthur dejó la carpeta sobre el banco.

—Enséñame la tuya.

—No.

—Julian.

—No vuelvas a hablarme como si estuvieras dirigiendo una reunión.

Arthur sintió la paciencia tensarse.

—Papá está muerto. Alguien lleva años preparando un golpe contra esta familia. Marcus admitió que dio información sobre nosotros y tú acabas de demostrarme que ya sabías algo. No tengo tiempo para proteger tu orgullo.

Julian se acercó.

—¿Mi orgullo?

—Sí.

—Claro. Porque tú eres el hijo serio y yo el resentido. Ese es el resumen que todos entendemos.

—No he dicho eso.

—No hace falta. Está en su archivo, ¿verdad?

Arthur calló.

Julian rio sin humor.

—Lo sabía.

Abrió su carpeta y la arrojó sobre el banco.

Arthur la recogió.

Había informes similares a los suyos. Seguimientos. Reuniones. Gastos.

Y, a partir de 2018, una serie de anotaciones manuscritas.

«J. acepta.»

«Ginebra, entrega completada.»

«No informar a A.»

Arthur levantó la vista.

—¿Qué entregabas?

Julian se quedó quieto.

—Paquetes.

—¿A quién?

—Personas distintas.

—Nombres.

—A veces no los tenía.

Arthur cerró la carpeta.

—¿Papá te convirtió en mensajero?

La mandíbula de Julian se tensó.

—Me dio una responsabilidad.

—Te utilizó.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en algo pequeño porque lo hizo conmigo y no contigo.

Arthur se detuvo.

Julian continuó.

—Toda mi vida esperé que me confiara algo que no fuera organizar clubes, cerrar acuerdos menores o sentarme al final de una mesa mientras vosotros dos decidíais qué era importante. En 2018 vino a verme. Solo. Me dijo que necesitaba a alguien fuera de la estructura habitual.

—¿Fuera de Marcus?

—Sí.

Arthur sintió que encajaba con la pérdida de acceso de Marcus.

—¿Qué te pidió?

—Primero, llevar documentación a Ginebra. Después verificar una cuenta en Viena. Más tarde reunirme con un hombre en Bruselas.

—¿Quién?

—Se llamaba Karel Vos.

Noah ya había mencionado el apellido en informes portuarios.

—¿Qué quería?

—Nada de mí. Yo le entregué un sobre y él me dio otro.

—¿Lo abriste?

Julian sonrió con amargura.

—Al principio no.

—¿Y después?

—Después me cansé de ser leal a sobres.

Arthur esperó.

—Había nombres. Empresas. Algunos los conocía. Northbridge. Acheron. Morrow. Otros no.

—¿Se lo dijiste a papá?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quería averiguar algo por mi cuenta antes de volver a convertirme en el chico al que había que apartar.

Arthur respiró.

—¿Qué descubriste?

Julian caminó hasta la ventana.

—Que varias sociedades que estaban comprando deuda de nuestros negocios compartían administradores con empresas antiguas de Crown Atlantic. Fui a Marcus.

—¿En 2018?

—Sí.

—¿Y?

—Me dijo que dejara de mirar.

Arthur sintió un escalofrío.

—¿Exactamente?

Julian se volvió.

—Dijo: «Si Edmund quiere utilizarte para esto, deja que sea él quien te diga por qué. No vuelvas a preguntarme.»

—¿Y obedeciste?

—Dos semanas.

Arthur casi sonrió.

—Eso sí te pega.

Julian no devolvió la sonrisa.

—Seguí. Descubrí que uno de los pagos de Northbridge terminaba en una empresa británica de seguridad.

—La de 2023.

—No. Una anterior. 2018.

Arthur se acercó.

—¿Cuál?

Julian abrió un compartimento del banco y sacó una memoria USB.

—No está en la carpeta de papá.

Arthur la miró.

—¿La guardaste todos estos años?

—Porque no sabía qué significaba.

—¿Y ahora?

—Ahora quizá sí.

Fueron al despacho.

Noah conectó la memoria a un portátil aislado.

Contenía copias de facturas, correos y un registro de acceso.

La empresa de seguridad se llamaba Greybridge Protection.

Había trabajado para Blackthorn House durante seis meses en 2018, durante una reforma del sistema interno.

—Acceso a planos, cámaras y códigos —dijo Noah.

Julian asintió.

—Papá canceló el contrato de repente.

Arthur recordó la ficha negra de Red Hook.

—¿Quién recomendó Greybridge?

Julian miró la pantalla.

—Marcus.

El silencio fue inmediato.

Arthur no sintió triunfo.

Sintió miedo de lo fácil que resultaba.

La advertencia de Edmund regresó.

No confíes en la primera traición que puedas demostrar.

—Demasiado limpio —dijo.

Julian lo miró.

—¿Qué?

—Todo apunta a Marcus demasiado bien.

—¿Ahora lo defiendes?

—No.

—Entonces ¿qué haces?

—Intento no hacer exactamente lo que papá temía que hiciera.

Julian se quedó callado.

Arthur le mostró la nota encontrada en la habitación.

Su hermano la leyó.

—La traición más útil probablemente fue diseñada para que la encontraras.

—Sí.

Julian devolvió el papel.

—Eso también puede ser una forma de que papá siga manipulándonos.

—También.

Se miraron.

Por una vez, ninguno tenía una respuesta mejor.

—Hay algo más —dijo Julian.

Arthur esperó.

—El último paquete.

—¿Qué paquete?

—El último que papá me pidió entregar. Hace dos meses.

—¿A quién?

Julian bajó la voz.

—A Evelyn Carter.

Arthur sintió que el nombre le golpeaba el pecho.

—¿Dónde?

—Londres. Estaba aquí por trabajo.

—¿Qué llevaba?

—No lo sé.

—¿No lo abriste?

—No.

—¿Por qué no me dijiste que la conocías?

—Porque no la conocía. La vi diez minutos en el vestíbulo de un hotel. Me dio una contraseña, yo le entregué un sobre y me fui.

—¿Qué contraseña?

Julian pensó.

—«El reino no sobrevive a sus herederos.»

Arthur sintió la frase como una llave sin cerradura.

—¿Papá te la dio?

—Sí.

—¿Y nunca preguntaste quién era ella?

—Lo hice después. Descubrí que era hija de Thomas Carter. Ahí entendí que formaba parte de Crown Atlantic.

Arthur se alejó.

—Y no dijiste nada.

Julian perdió la paciencia.

—Tú llevas diez días descubriendo secretos de papá y ya te comportas como si el resto hubiéramos tenido siempre la obligación de entregártelos. Yo llevaba años intentando entender por qué me enviaba de ciudad en ciudad con sobres que no podía abrir.

—Podrías haber venido a mí.

—¿Cuándo? ¿Cuando vivías intentando demostrar que no querías nada de esto? ¿Cuando aparecías en las reuniones, resolvías lo que te pedía y desaparecías antes de que alguien pudiera confundirte con el heredero?

Arthur se quedó inmóvil.

Julian continuó, más bajo.

—Tú pudiste marcharte porque sabías que si un día volvías, él te abriría la puerta. Yo me quedé porque no sabía si alguna vez me dejaría entrar.

La verdad dolió porque Arthur no podía desmontarla.

—No quería que fuera así.

—Ya. Pero fue así.

El silencio se alargó.

Arthur miró la memoria USB.

—No creo que mataras a papá.

Julian levantó la vista.

—Qué detalle.

—Mamá dijo que él temía que te culpara.

La ironía desapareció.

—¿Qué?

Arthur se lo contó.

Julian se sentó.

Durante varios segundos no dijo nada.

—Entonces sabía que encontraríamos algo contra mí.

—Eso parece.

—¿Qué?

—Todavía no lo sabemos.

Julian miró la carpeta de Edmund.

—Siempre encontraba una forma de dejar una bomba para después.

Arthur se sentó frente a él.

—Esta vez la desactivamos juntos.

Julian lo estudió.

—¿Eso es una orden de hermano o del jefe?

Arthur recordó la primera llamada después de la muerte de Edmund.

—De hermano.

Julian asintió despacio.

No era reconciliación.

Era algo más útil.

Una tregua elegida.

El teléfono de Arthur vibró.

Un mensaje.

EVELYN CARTER: Estoy en Heathrow. Tenemos que hablar antes de que hagas nada con Rebecca Hale.

Arthur mostró la pantalla a Julian.

Su hermano levantó una ceja.

—¿La mujer del sobre?

—Sí.

—Esto se pone mejor cada hora.

Arthur guardó el teléfono.

—No. Solo se vuelve más difícil de ignorar.