27. ROSE
Rose estaba cortando flores muertas cuando Arthur la encontró en el invernadero.
La escena era casi idéntica a la noche anterior a su viaje a Nueva York. Solo que entonces Edmund llevaba una semana muerto y Arthur todavía creía que la mayor parte del peligro estaba al otro lado del Atlántico.
Ahora sabía que Blackthorn House guardaba más secretos que cualquier caja de seguridad de Manhattan.
—Has entrado seis veces en el despacho de papá después de medianoche —dijo.
Rose no levantó la vista.
—Buenos días para ti también.
Arthur dejó la carpeta sobre la mesa de jardinería.
—Mamá.
Ella cortó una hoja seca.
—Tu padre roncaba cuando estaba preocupado.
Arthur frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Que durante los últimos meses apenas dormíamos. Él se levantaba. Yo esperaba diez minutos y lo seguía.
—¿Por qué?
Rose dejó las tijeras.
—Porque llevaba cuarenta años casada con un hombre que confundía compartir información con perder poder.
Arthur no dijo nada.
—Al principio creí que había otra mujer —continuó ella.
La posibilidad era tan mundana que casi resultó absurda.
—¿La había?
—No seas idiota.
Arthur bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Rose lo vio.
—No había otra mujer. Había miedo.
La palabra borró la ligereza.
—¿Edmund tenía miedo?
—Sí.
Arthur pensó en su padre conduciendo bajo la lluvia, sabiendo quizá que lo seguían.
—¿De quién?
—Nunca me dio un nombre.
—¿Marcus?
Rose lo miró con dureza.
—No conviertas cada respuesta incompleta en la respuesta que ya quieres.
Arthur aceptó la corrección.
—¿Qué hacía en el despacho?
—Revisaba documentos. Quemó algunos. Escondió otros. Una noche lo encontré sentado en el suelo con una fotografía vieja.
—¿Qué fotografía?
—Cinco hombres delante de un barco.
Arthur sintió el reconocimiento.
—Crown Atlantic.
Rose asintió.
—Entonces ya sabes más que yo sabía aquella noche.
—¿Qué te dijo?
Rose miró hacia los cristales del invernadero.
—Que había cometido un error hacía muchos años. Le pregunté cuál. Dijo que había confiado en que los hombres envejecían mejor que sus ambiciones.
Arthur permaneció quieto.
—Eso no señala a nadie.
—No. Y creo que era deliberado.
Rose sacó un pequeño llavero del bolsillo del pantalón.
Solo tenía una llave.
Antigua. De latón oscuro.
—Me la dio tres noches antes de morir.
Arthur no la tomó.
—¿Para qué?
—Dijo que si ocurría algo, debía esperar a que tú volvieras de Nueva York.
La rabia le subió antes que la curiosidad.
—¿Sabía que iba a ir?
—Sí.
—¿Y no me lo dijiste?
—No sabía cuándo. Ni por qué.
—Pero sabías que había preparado algo.
Rose alzó la voz por primera vez.
—Sabía que mi marido estaba aterrorizado y que se negaba a explicarme por qué. Sabía que me pidió que no llamara a ninguno de mis hijos hasta que tú hubieras ido a Nueva York. Y cuatro días después estaba muerto.
Arthur calló.
Rose respiró hondo.
—No confundas mi silencio con complicidad.
—No lo hago.
—Lo estabas haciendo.
Arthur miró la llave.
—¿Qué abre?
—Una habitación.
—¿En Blackthorn?
—Sí.
—Conozco todas las habitaciones de esta casa.
Rose soltó una sonrisa triste.
—No. Conoces todas las que tu padre quería que conocieras.
Arthur tomó la llave.
—¿Dónde?
—El ala norte. Detrás del antiguo archivo de vinos.
Arthur recordó una pared revestida de madera que nunca había llamado su atención.
—¿Desde cuándo existe?
—Antes de que nacieras.
—¿Y tú nunca entraste?
—Una vez. En 1998.
—¿Qué había?
—Nada que entendiera entonces.
—¿Y ahora?
Rose se sentó.
—Ahora creo que era la única habitación de esta casa donde Edmund guardaba cosas que no quería confiar ni a Marcus.
Aquello sí importaba.
—¿Por qué me das la llave ahora?
—Porque has vuelto.
—Podrías haberla entregado a Julian.
Rose lo miró.
—Tu padre dijo que debíais abrirla juntos.
Arthur apretó la llave entre los dedos.
—¿Por qué?
—Le pregunté exactamente eso.
—¿Qué respondió?
Rose tardó.
—«Porque uno de mis hijos necesitará al otro cuando descubra lo que hice.»
Arthur sintió el peso de la frase.
—¿Qué hizo?
—No lo sé.
—¿Nada más?
Rose miró las plantas.
—Sí.
Arthur esperó.
—Me pidió que, si moría, no dejara que culparas a Julian antes de conocer toda la historia.
El nombre golpeó más que cualquier acusación.
—¿Por qué iba a culparlo?
—No me lo dijo.
—Mamá.
—No me lo dijo, Arthur.
Por primera vez desde que había regresado, Rose parecía cansada de verdad. No frágil. Cansada.
—Hay algo más que sí puedo decirte —añadió—. Tu padre desconfiaba de alguien que conocía esta casa demasiado bien.
—Marcus.
—He dicho alguien.
—No me hagas esto.
Rose lo miró.
—No sé quién era. Una noche le pregunté si el peligro venía de Nueva York. Me dijo: «No. El peligro aprendió nuestras reglas aquí.»
Arthur recordó la ficha negra encontrada en Red Hook.
Acceso antiguo de Blackthorn.
—¿Alguien de la familia?
Rose se puso de pie.
—No sé qué significaba «aquí» para tu padre. Esta casa. Londres. El consejo. Su propia generación.
Arthur guardó la llave.
—¿Por qué no le contaste esto a la policía?
Rose lo miró como si la pregunta fuera ingenua.
—Porque tu padre pasó media vida decidiendo qué policías podían entrar por la puerta principal y cuáles debían usar la de servicio.
Arthur no pudo discutirlo.
Antes de irse, Rose lo llamó.
—Arthur.
Él se volvió.
—No quiero que conviertas a tu hermano en sospechoso solo porque Edmund tuvo miedo de que lo hicieras.
—No lo haré.
—No me prometas algo que aún no sabes si puedes cumplir.
Arthur sostuvo la mirada de su madre.
—Entonces prometo escuchar antes de decidir.
Rose asintió.
—Eso ya sería una mejora respecto a los hombres de esta familia.
Julian esperaba en el pasillo del ala norte.
Cuando vio la llave en la mano de Arthur, su expresión cambió.
—Así que te la ha dado.
Arthur se detuvo.
—¿Sabías que existía?
Julian miró la pared revestida de madera.
—Sabía que papá tenía una habitación a la que nunca me dejaba entrar.
—Mamá dice que quería que la abriéramos juntos.
Julian sonrió sin humor.
—Qué considerado. Incluso muerto sigue organizándonos la agenda.
Arthur introdujo la llave en una cerradura casi invisible entre dos paneles.
No giró.
Julian miró el mecanismo.
—Al revés.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque intenté abrirla cuando tenía dieciséis años.
Arthur lo miró.
Julian se encogió de hombros.
—No todos tuvimos tu autocontrol adolescente.
Arthur giró la llave al otro lado.
Esta vez cedió.
La pared se abrió varios centímetros.
Detrás había oscuridad.
Y un olor a papel viejo.