25. REGRESO AL REINO
Arthur decidió volver a Londres antes del amanecer.
No por la presión de Julian.
No por Marcus.
Ni siquiera por el sobre rojo con las iniciales M.V.
Volvía porque Nueva York había dejado de ser un incendio aislado. Las cuentas bloqueadas en Londres, el robo del despacho de Edmund, el pacto de 1996 y la amenaza al hijo de Victor formaban ya un mismo problema. Permanecer en Manhattan significaba seguir mirando una mitad del tablero.
Evelyn no discutió la decisión.
Eso fue peor de lo que Arthur esperaba.
La encontró en la sala de reuniones de Atlantic Holdings a las cinco y media, revisando las autorizaciones que Victor había firmado. Sobre la mesa había tres cafés vacíos y una lista de tareas para el consejo provisional.
—No has dormido —dijo Arthur.
—Tú tampoco.
—No soy un buen ejemplo.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
Arthur se quedó de pie frente a la ventana.
Manhattan empezaba a aclararse.
—Me voy en dos horas.
Evelyn siguió escribiendo.
—Lo sé.
—Noah te habrá contado.
—Noah cuenta lo que considera necesario. Empiezo a entender la tradición.
Arthur aceptó el golpe.
—Necesito que te quedes.
Ella dejó el bolígrafo.
—¿Necesitas o quieres?
La pregunta tenía más capas de las que Arthur estaba dispuesto a ignorar.
—Las dos cosas.
Evelyn lo miró.
—Eso ha sido peligrosamente honesto.
—Estoy cansado.
—También explica el beso.
Arthur no apartó la vista.
—No.
El silencio cambió.
Evelyn cerró la carpeta.
—No podemos resolver eso ahora.
—No estaba intentando hacerlo.
—Bien.
—Pero tampoco voy a fingir que fue un error.
Ella tardó un segundo.
—Yo tampoco.
Era poco.
Después de todo lo ocurrido, bastaba.
Arthur señaló los documentos.
—El consejo provisional necesita una auditoría independiente. Tú conoces la estructura mejor que cualquiera y Victor ya no puede acercarse a las cuentas.
—¿Me estás ofreciendo un trabajo después de acusarme de ocultarte información?
—Estoy ofreciéndote acceso para que me demuestres que sigues siendo igual de insoportable cuando tienes razón.
Evelyn sonrió.
—Condiciones.
—Dime.
—No trabajo para la familia. Trabajo para Atlantic Holdings con mandato del consejo.
—Aceptado.
—Mis informes no pasan por Marcus.
Arthur se detuvo.
—Aceptado.
—Y si encuentro algo que incrimine a un Rivonsdill, no desaparecerá en un cajón.
—¿Eso incluye a Julian?
—Incluye tu apellido entero.
Arthur extendió la mano.
Evelyn la miró.
—Esto es muy formal después de anoche.
—Estoy intentando aprender límites.
—Te queda trabajo.
Aun así, estrechó su mano.
Noah entró con dos carpetas de viaje.
—Odio interrumpir una negociación romántica, pero el avión no espera traumas familiares.
Evelyn lo miró.
—¿Eso era una broma?
—La bala me ha afectado.
Arthur recogió la chaqueta.
Antes de salir, Evelyn lo llamó.
—Arthur.
Él se volvió.
—No dejes que el sobre decida quién es Marcus antes de hablar con él.
—¿Me estás aconsejando que confíe?
—No. Que investigues mejor de lo que lo hicieron nuestros padres.
Arthur asintió.
—Cuida el certificado.
—No sabes dónde está.
—Exactamente.
El vuelo duró siete horas.
Arthur no durmió.
Noah sí, durante cuarenta minutos, hasta que el dolor del costado lo despertó. Después abrió un dossier con la situación de Londres.
Las cuentas seguían limitadas, pero Julian había conseguido desbloquear nóminas y pagos básicos utilizando líneas de crédito de las empresas legítimas. Kessler no había regresado al acuerdo de Docklands. Dos responsables intermedios habían pedido excedencias. Un tercero había desaparecido.
—Julian lo ha hecho mejor de lo que esperaba —dijo Noah.
Arthur revisó los movimientos.
—No esperaba que lo hiciera mal.
—No es lo mismo.
Arthur cerró la carpeta.
La relación con su hermano era una colección de diferencias pequeñas convertidas en años de distancia.
Julian había permanecido cerca de Edmund cuando Arthur se apartó de la gestión más sucia.
Arthur había interpretado esa permanencia como ambición.
Julian, probablemente, había interpretado la marcha de Arthur como privilegio.
Ambos podían tener razón.
—La ficha de Red Hook sigue sin explicación —dijo Arthur.
—Sí.
—Julian tuvo una.
—Hace diez años.
—Marcus tenía otra.
—También.
—Y dos jefes de seguridad.
—Uno murió. El otro vive en Portugal y ayer estaba pescando con su nieto.
Arthur lo miró.
—¿Lo has comprobado?
—Tengo fotografías de un pez bastante feo.
Arthur volvió la vista a la ventanilla.
—Entonces la ficha no demuestra nada.
—Demuestra que alguien quiere que pensemos en Blackthorn.
Eso era más útil.
Aterrizaron en Farnborough bajo un cielo gris.
Julian los esperaba junto al coche.
No envió chófer.
Arthur lo vio antes de que abrieran la puerta del avión: abrigo oscuro, manos en los bolsillos, expresión de alguien que había dormido tan poco como él.
No se abrazaron.
Nunca lo hacían.
Julian miró el vendaje de Noah.
—Bonitas vacaciones.
—El hotel era peor —respondió Noah.
Arthur dejó la bolsa en el maletero.
—¿Mamá?
—Bien. Enfadada contigo, conmigo, con Marcus y con el concepto general de seguridad privada.
—Entonces está bien.
Julian abrió la puerta trasera.
—Marcus nos espera en Blackthorn.
Arthur no entró.
—¿Por qué?
—Porque lleva tres días diciendo que cuando volvieras tenía que hablar contigo a solas.
—¿De Viena?
La reacción de Julian fue mínima.
—¿Qué es Viena?
Arthur lo observó.
No parecía fingir.
—Eso voy a averiguar.
Durante el trayecto, Julian puso al día a Arthur sin adornos. Michael Renn seguía bajo vigilancia. Había recibido el pago mediante una sociedad de consultoría que Mercer utilizaba. El hombre que retiró el sobre no fue Mercer personalmente, sino un empleado que ya había desaparecido.
—¿Y Marcus? —preguntó Arthur.
—Sabe que encontramos a Renn. No sabe lo que confesó.
—¿Cómo ha reaccionado?
—Como Marcus. Ha hecho una pregunta que parecía otra cosa y después ha ido a tomar té con mamá.
Arthur miró a su hermano.
—¿Confías en él?
Julian tardó demasiado.
—Confiaba.
—Eso no es lo que he dicho.
—Lo sé.
El coche atravesó las verjas de Blackthorn House.
Arthur sintió algo que no había sentido al salir.
La casa ya no parecía un refugio familiar lleno de secretos.
Parecía territorio.
Había nuevos hombres en la entrada. Julian había cambiado turnos, accesos y protocolos. Dos empleados que Arthur conocía desde hacía años ya no estaban.
Rose apareció en el vestíbulo.
Arthur apenas tuvo tiempo de dejar la chaqueta antes de que ella lo abrazara.
—Estás más delgado.
—He estado fuera una semana.
—Nueva York te sienta mal.
—Eso ha dicho media ciudad.
Rose se separó y examinó a Noah.
—¿Te han disparado?
—Solo un poco.
—No existe «solo un poco».
—Eso le dije yo —mintió Arthur.
Noah lo miró con desprecio.
Julian sonrió por primera vez.
Durante unos segundos fueron una familia recibiendo a dos hombres que volvían de viaje.
Rose los obligó a entrar en el salón pequeño antes de permitir que nadie hablara de negocios.
Había té servido, comida que ninguno tenía hambre de tocar y una bandeja con medicamentos que Noah miró como si fueran una ofensa personal.
—Te los tomas —dijo Rose.
—El médico dijo que solo si...
—No me importa lo que dijo el médico. Te han disparado bajo la responsabilidad de mi hijo y has vuelto a mi casa. Eso te convierte temporalmente en asunto mío.
Noah miró a Arthur.
—¿Ella siempre ha sido así?
—Peor.
Rose le dio una pastilla y un vaso de agua.
La escena habría resultado cómica en otra familia. Arthur vio algo distinto: su madre necesitaba hacer algo concreto después de una semana en la que todo había ocurrido fuera de su alcance.
Cuando Noah obedeció, Rose se sentó frente a sus hijos.
—Ahora vosotros.
Julian suspiró.
—Mamá...
—No. Arthur se marcha, las cuentas se bloquean, entran en el despacho de vuestro padre, desaparecen hombres y los dos decidís que la mejor solución es contarme la mitad de cada cosa. Estoy cansada.
Arthur sostuvo la mirada de su madre.
—Tienes razón.
Julian giró hacia él.
—Eso ha sido fácil.
—He practicado en Nueva York.
Rose no sonrió.
—¿Mataron a Edmund?
La pregunta borró cualquier resto de ligereza.
Arthur no tenía todavía la prueba final. Tenía la anomalía de los frenos, las decisiones previas de su padre y una cadena de personas que se comportaban como si el accidente formara parte de algo mayor.
—Creo que sí.
Rose asintió muy despacio.
No lloró.
—Bien.
Julian frunció el ceño.
—¿Bien?
—Bien que lo digamos en voz alta. Llevo una semana viendo cómo todos evitan esa frase como si pronunciarla pudiera matarlo una segunda vez.
Arthur sintió la pérdida de una forma nueva. En Nueva York, Edmund se había convertido en fundador, estratega, posible manipulador y víctima de un pacto. Frente a Rose volvía a ser también un marido muerto.
—Encontramos cosas que él ocultó —dijo Arthur.
—Eso no me sorprende.
—Algunas te van a sorprender.
Rose lo observó.
—Entonces no intentes protegerme con ellas.
Arthur recordó a Thomas Carter escribiendo que los padres llamaban protección a muchas formas de cobardía.
—No lo haré.
Julian apoyó los antebrazos en las rodillas.
—Mañana necesitamos reunir al consejo.
—Sí —dijo Arthur—. Pero esta noche nadie sale de la casa sin que Noah lo sepa.
Julian levantó una ceja.
—¿Incluido yo?
—Incluido yo.
La respuesta evitó la pelea antes de que naciera.
Noah se terminó el agua.
—Por fin alguien aprende.
Después Marcus apareció al fondo del pasillo.
Traje oscuro. Cabello perfectamente peinado. La misma serenidad de siempre.
—Arthur.
—Marcus.
El silencio entre ambos no pasó desapercibido.
Rose miró de uno a otro.
—Si vais a empezar una guerra en mi casa, al menos esperad a que sirvan café.
Marcus casi sonrió.
—No tengo intención de empezar ninguna guerra.
Arthur pensó en Crown Atlantic.
En Viena.
En las iniciales M.V. sobre el sobre rojo.
—Eso parece una frase que todos llevamos diciendo demasiado tiempo.
Marcus sostuvo su mirada.
—Entonces quizá ya sea hora de que conozcas la parte que Edmund nunca quiso contarte.
Arthur no respondió.
Entraron en la biblioteca.
Marcus cerró la puerta.
Sobre la mesa había una carpeta que Arthur no reconocía.
No era roja.
Marcus apoyó una mano encima.
—Antes de que preguntes por Viena, necesito saber cuánto descubriste en Nueva York.
Arthur se sentó sin quitarse el abrigo.
—No.
Marcus arqueó una ceja.
—¿No?
—Toda mi vida me habéis explicado las cosas después de decidir qué parte podía soportar. Mi padre lo hacía. Tú lo haces. Se acabó.
Marcus permaneció quieto.
Arthur señaló la carpeta.
—Empieza tú.
Arthur no recordaba haber visto nunca a Marcus Vale sin una respuesta preparada.
Solo duró un instante.
Pero Arthur lo vio.
Y comprendió que Nueva York había cambiado algo más importante que el reparto de poder.
Había regresado a Blackthorn sin estar dispuesto a aceptar la versión de nadie por autoridad.
Ni siquiera la de los hombres que le habían enseñado a gobernar.
Fuera, detrás de las ventanas, empezaba a llover.
El reino seguía en pie.
Pero ya no era el mismo al que Arthur había prometido regresar.