EL REINO DE LOS RIVONSDILL 22. EL PACTO DE 1996
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22. EL PACTO DE 1996

Graham Mercer eligió un restaurante de Tribeca cerrado por reformas.

La elección le gustó a Noah por una razón: el plano municipal mostraba tres salidas.

Le disgustó por otra: Mercer había escogido el lugar.

—Lo habrá revisado antes que nosotros —dijo.

Arthur observó desde el interior de una furgoneta estacionada media manzana más arriba. En la pantalla, dos cámaras discretas mostraban el comedor vacío y la entrada de servicio.

—También sabe que Doyle no tiene la libreta original.

—No necesariamente.

—Un abogado que roba una caja de archivo usando una firma falsa no paga medio millón sin verificar lo que compra.

Noah sonrió.

—Eso ha sonado casi como prudencia.

—No te acostumbres.

Evelyn estaba en un edificio contiguo, conectada al audio. Arthur había insistido en que no entrara al restaurante. Ella había aceptado con demasiada facilidad, señal inequívoca de que no pensaba discutir mientras pudiera escuchar todo.

Samuel Doyle llegó a las nueve y doce.

Mercer apareció siete minutos después.

Era más joven de lo que Arthur había imaginado: cuarenta y tantos, traje gris, sin corbata, gafas oscuras pese a la noche. Dos hombres lo acompañaban. Uno quedó junto a la puerta. El otro inspeccionó la cocina.

Doyle esperó sentado en el centro del comedor.

Tenía delante una copia parcial de la libreta negra de Edmund.

—Quinientos mil —dijo.

Mercer se quitó las gafas.

—No tienes nada que valga quinientos mil.

Doyle deslizó la copia hacia él.

Mercer dejó de sonreír.

No la tocó de inmediato. Esa pausa fue suficiente para que Arthur supiera que reconocía el objeto.

Al final abrió la primera página.

Pasó dos hojas.

Se detuvo en la fecha 17.9.96.

—¿Quién más ha visto esto?

—Quinientos mil.

—Tu hijo ya costó bastante más.

Doyle palideció.

No estaba actuando.

Arthur miró a Noah.

El jefe de seguridad endureció el rostro.

—Tenemos extorsión —murmuró.

Arthur negó.

No habían ido allí a conseguir una grabación útil para la policía.

Habían ido por una historia enterrada durante treinta años.

Mercer cerró la libreta.

—Dime dónde está el original y quizá tu familia conserve la ilusión de estar a salvo.

Arthur abrió la puerta lateral del comedor.

—Eso ha sonado innecesariamente dramático para un abogado.

Mercer levantó la cabeza.

No se sorprendió.

Uno de sus hombres llevó la mano a la chaqueta. Noah apareció detrás de él y apoyó el cañón de una pistola contra sus costillas.

—Ni se te ocurra.

Arthur se acercó a la mesa.

—Graham Mercer.

—Arthur Rivonsdill.

—Esperaba que fueras más listo.

—Yo esperaba que fueras más parecido a Edmund.

Arthur tomó una silla.

—La noche es joven.

Doyle retrocedió hasta la pared.

Mercer miró la libreta falsa.

—Supongo que no es el original.

—Supones bien.

—Entonces estamos perdiendo el tiempo.

—Tú sacaste la caja cinco del archivo de Thomas Carter.

Mercer lo observó unos segundos.

—Eso suena difícil de probar.

Arthur puso sobre la mesa una fotografía del registro.

—Has falsificado la firma de Evelyn.

—Falsificar implica intención criminal. Yo prefiero «reproducir una autorización».

La voz de Evelyn entró por el auricular de Arthur.

—Dile que sigue siendo un imbécil aunque cambie el verbo.

Arthur contuvo una sonrisa.

—Evelyn te manda recuerdos.

La seguridad de Mercer se quebró apenas una fracción.

—Está escuchando.

—Eso parece preocuparte.

—Me preocupa que Thomas nunca le enseñara cuándo abandonar una habitación.

Arthur se inclinó hacia él.

—Thomas está muerto. Mi padre también. Malcolm Shaw también. Silas Vane, en teoría, también. Tú eres uno de los pocos hombres vivos que ha tocado el documento que los unía.

—No lo redacté yo.

—Pero tu padre sí.

Mercer guardó silencio.

Arthur supo que había acertado.

—El apellido aparece en los pagos legales de Crown Atlantic —continuó—. Mercer & Cole, 1996. Tu padre era Cole o Mercer.

—Mercer.

—Entonces estuviste cerca del pacto desde el principio.

Graham se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Mi padre pensaba que aquellos cinco hombres eran la clase de clientes que te hacen rico y después te obligan a gastar el dinero en seguridad.

—¿Qué firmaron?

—Ya tienes una copia parcial.

—Quiero la original.

—No la tengo.

—La robaste.

—Sí.

Arthur esperó.

—Y la entregué.

—¿A quién?

Mercer miró hacia Doyle.

—Él no debería escuchar esto.

Doyle dio un paso.

—Mi hijo no debería haber entrado en vuestra mierda.

Mercer sonrió sin simpatía.

—Tu hijo entró solo en bastantes cosas.

Arthur hizo una señal. Noah llevó a Doyle a la cocina, acompañado por uno de los hombres de seguridad Rivonsdill.

Cuando la puerta se cerró, Mercer habló.

—Victor Shaw.

Arthur no mostró reacción.

—¿Cuándo?

—Hace tres semanas.

—¿Por orden suya?

—Por dinero suyo. La orden vino de otro sitio.

Arthur se quedó quieto.

—¿De dónde?

—No lo sé.

—Eso no te lo creo.

—No he dicho que no pueda sospechar. He dicho que no lo sé.

Mercer apoyó los dedos sobre la copia de la libreta.

Arthur dejó pasar el silencio. Después cambió de dirección.

—¿Por qué Victor?

Mercer miró las obras a medio terminar del restaurante, como si la respuesta pudiera estar entre los plásticos que cubrían las paredes.

—Porque pagaba. Y porque mi padre murió convencido de que los Carter y los Rivonsdill habían usado a nuestra firma para legalizar decisiones que luego fingieron no haber tomado.

—Eso no explica que amenaces a Doyle.

—No. Eso explica por qué acepté trabajar para Shaw. Lo de Doyle lo explica que, cuando empiezas a servir a hombres como Victor, descubres que tus escrúpulos son una partida del presupuesto.

Arthur no sintió simpatía. Sí reconoció una diferencia importante: Mercer no se presentaba como víctima.

—Thomas confiaba en ti.

—Thomas confiaba en mi capacidad. No es lo mismo. Me contrató cuando la firma Carter empezó a deshacerse porque yo conocía las estructuras antiguas. Evelyn creyó que estaba ayudándola a cerrar el pasado. Victor entendió que me estaba dando acceso a él.

La voz de Evelyn llegó seca por el auricular.

—Pregúntale cuánto tardó en vender ese acceso.

Arthur repitió la pregunta.

Mercer no se ofendió.

—Menos de lo que me gusta admitir y más de lo que Victor habría querido.

—¿Y qué buscaba al principio?

—No a Silas. La arquitectura del acuerdo. Victor sabía que su padre había heredado derechos que podían evaporarse si alguien reabría la sucesión Vane. Necesitaba el texto original antes de que Edmund lo encontrara.

—Edmund ya sabía que existía.

—Sabía que existía un pacto. No sabía qué copias habían sobrevivido. Esa diferencia mantuvo a mucha gente tranquila durante años.

—Si quieres entender por qué todos quieren esos papeles, deja de pensar en Crown Atlantic como una sociedad. Fue un tratado.

—Cinco partes, cinco votos, mayoría para operaciones mayores. Ya lo sé.

—Sabes el resumen que Thomas dejó grabado. No sabes las sanciones.

Arthur no preguntó cómo sabía Mercer de la grabación. Ya habría tiempo.

Graham empezó a hablar con el tono de quien había memorizado un documento por necesidad profesional.

—Cinco participaciones iguales. Ninguna expansión estructural sin tres votos.

Ninguna familia podía utilizar la red común para atacar a otra.

Ningún socio podía vender su parte a un tercero sin ofrecerla primero al resto.

Si uno moría por causas naturales, su participación pasaba a un heredero aprobado por mayoría.

—¿Y si moría violentamente?

—Si existía sospecha razonable de que otro socio estaba implicado, la participación quedaba congelada hasta resolverlo.

Arthur comprendió.

—Vane.

—Exacto.

—Después del incendio su veinte por ciento debía quedar bloqueado.

—Sí.

—Pero no quedó.

—No.

—¿Por qué?

Mercer se reclinó.

—Dos días antes del incendio, los otros cuatro activaron una cláusula de emergencia. Un socio que pusiera deliberadamente en peligro la red común podía ser suspendido por unanimidad del resto.

—Edmund, Thomas, Malcolm y Marcus.

—Los cuatro firmaron.

Arthur recordó la grabación. Thomas diciendo que Edmund había cambiado el acuerdo. Marcus apoyándolo.

—Entonces Silas ya estaba expulsado cuando ardió la casa.

—Suspendido. Hay diferencia.

—No para un muerto.

Mercer alzó una ceja.

—Precisamente.

El silencio se instaló entre los dos.

Arthur oyó a Evelyn moverse al otro lado del auricular.

—¿Qué pasaba con la sucesión de un socio suspendido?

Mercer sonrió por primera vez como si Arthur hubiera formulado la pregunta correcta.

—Ahí está el problema.

Sacó una servilleta de papel y dibujó cinco círculos.

—La suspensión podía convertirse en definitiva si se demostraba la violación.

Pero los derechos económicos no desaparecían por arte de magia.

Quedaban en custodia. Si Silas moría sin heredero reconocido, se repartirían entre los otros cuatro.

Si existía un heredero de sangre, ese heredero podía solicitar restitución.

—¿Incluso después de la expulsión?

—Si demostraba que la suspensión se había obtenido mediante ocultación deliberada, coacción o conflicto no declarado.

Arthur observó los círculos.

—¿Existe heredero?

Mercer no respondió.

—Victor lo cree —dijo Arthur.

—Victor sabe más de lo que debería y menos de lo que imagina.

—¿Mi padre?

—Edmund estaba buscando algo cuando murió.

—¿A una persona?

Mercer apretó los labios.

—Un derecho sucesorio.

La diferencia importaba.

Arthur la entendió.

Edmund no buscaba necesariamente a un hijo de Silas por razones sentimentales. Buscaba una pieza capaz de cambiar el reparto de poder en Nueva York.

—¿Por eso movió dinero?

—Puede ser.

—¿Por eso modificó su testamento y preparó mi viaje?

—Eso tendrás que preguntárselo a un muerto.

Arthur se inclinó.

—O a alguien que conocía sus planes.

Mercer sostuvo su mirada.

—Marcus Vale.

La respuesta llegó demasiado rápido para ser casual.

—¿Qué pasa con Marcus?

—Sigues pensando en él como el hombre que estaba detrás de Edmund.

—Era su asesor.

Graham negó despacio.

—En 1996 Marcus no estaba detrás de nadie.

Arthur recordó la fotografía de los cinco fundadores. Marcus no ocupaba una esquina. Estaba al lado de Edmund.

—Fue socio.

—Fundador —corrigió Mercer—. Con su propio veinte por ciento. Con voto. Con derecho de veto en algunas operaciones iniciales. Edmund y Marcus construyeron la parte londinense juntos.

Aquello no convertía a Marcus en traidor.

Pero sí destruía la historia que Arthur conocía sobre el origen del imperio americano.

—¿Por qué ocultarlo?

—Pregúntale a él.

—Quiero tu respuesta.

—Porque después de 2004 alguien necesitaba que pareciera que todo había sido obra de Edmund. Un rey es más fácil de explicar que un consejo de cinco hombres que dejaron de confiar entre ellos.

Noah apareció en la puerta de la cocina.

Su expresión bastó.

—Movimiento fuera.

Arthur no se levantó de inmediato.

—¿Tu gente? —preguntó a Mercer.

—No.

Un disparo atravesó el ventanal.

El cristal explotó.

Noah derribó a Arthur de la silla.

El hombre de Mercer junto a la entrada cayó con el hombro ensangrentado. El segundo se lanzó hacia la cocina.

—¡Salida de servicio! —ordenó Noah.

Arthur agarró a Mercer por la chaqueta y lo obligó a agacharse.

—¿Quién sabía que estabas aquí?

—Victor.

—¿Quién más?

—Nadie.

Otro disparo perforó una columna.

Las luces se apagaron.

Noah abrió la puerta trasera. Dos hombres Rivonsdill cubrían el callejón.

Arthur empujó a Mercer hacia el vehículo.

El abogado respiraba demasiado rápido para mantener su antigua arrogancia.

—Si Victor ha hecho esto, ya sabe que he hablado.

—Todavía no has hablado suficiente.

El teléfono de Arthur vibró.

Evelyn.

—¿Estás bien?

—Sí.

—He oído los disparos.

—Mercer también.

—Arthur, hay algo que no encaja.

Él miró al abogado, encogido en el asiento contrario.

—¿Qué?

—Si Victor quería silenciarlo, podía hacerlo antes de que se reuniera contigo.

Arthur tardó un segundo.

—Entonces no quería impedir que hablara.

—Quería saber cuánto te contaba.

Arthur miró hacia los tejados mientras el coche arrancaba.

La emboscada no había sido un intento torpe de detener una reunión.

Había sido una comprobación.

Alguien quería medir cuánto sabía Arthur.

Y ahora, fuera quien fuera, sabía que había llegado hasta el pacto de 1996.