EL REINO DE LOS RIVONSDILL 16. EL HOMBRE MUERTO
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16. EL HOMBRE MUERTO

Eleanor Vane vivía en una casa blanca frente a una pequeña ensenada, demasiado discreta para el dinero que Arthur suponía que había pasado por manos de su marido.

No había cámaras visibles. Eso fue lo primero que preocupó a Noah.

—O no tiene miedo —dijo— o sabe que las cámaras no sirven contra la gente a la que teme.

Arthur tocó el timbre.

La mujer que abrió debía de rondar los setenta. Llevaba el cabello blanco recogido, pantalones oscuros y un jersey de lana. No pareció sorprendida al verlos.

Miró primero a Arthur.

Después a Evelyn.

Y cerró los ojos.

—Thomas —dijo.

Evelyn se quedó quieta.

—Soy su hija.

—Lo sé.

Eleanor abrió la puerta.

—Pasad antes de que mis vecinos decidan que por fin me visita gente interesante.

Noah examinó el interior antes de entrar. Eleanor lo observó con una sonrisa cansada.

—El señor que mira las ventanas puede quedarse también.

—Noah Reed —dijo Arthur.

—No me importa cómo se llama. Si viene contigo, supongo que sabe disparar.

Noah no respondió.

El salón daba al agua. Había fotografías familiares, libros, una chimenea sin encender y un piano cubierto de polvo. Nada recordaba al despacho de un jefe criminal.

Eleanor señaló los sillones.

—Edmund tardó demasiado en enviaros.

Arthur no se sentó.

—Edmund murió hace una semana.

La mujer lo miró de frente.

Algo se quebró en su expresión.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

Eleanor apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Entonces no os ha enviado.

—No.

—Eso es peor.

Evelyn se acercó.

—Señora Vane, necesitamos saber qué ocurrió en 1996.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Arthur habló con calma.

—Mi padre fue asesinado.

Eleanor lo observó otra vez.

—¿Estás seguro?

—Cada vez más.

Ella se sentó despacio.

—Silas decía que Edmund moriría cuando dejara de pensar que podía adelantarse a todos.

—¿Su marido está vivo?

Eleanor sonrió sin alegría.

—Directo. Edmund también era así cuando era joven.

Arthur dejó la fotografía sobre la mesa.

Eleanor no la tocó.

Evelyn se quedó mirando las manos de la mujer.

Eran manos cuidadas, sin joyas salvo un anillo sencillo que llevaba en el dedo anular de la derecha.

Thomas Carter aparecía en la imagen con una sonrisa que su hija no recordaba haberle visto nunca: amplia, descuidada, casi juvenil.

De niña lo conoció siempre detrás de un escritorio, prudente con el dinero y aún más prudente con las amistades.

No sabía qué hacer con aquel hombre fotografiado al lado de Edmund y Silas como si todavía no hubiera aprendido a temer las consecuencias de sus decisiones.

—¿Cómo era mi padre entonces? —preguntó.

Eleanor levantó la cabeza. Durante unos segundos pareció olvidar que Arthur estaba en la habitación.

—Tenía la costumbre de llevar siempre un lápiz detrás de la oreja. A Silas le enfurecía porque pensaba que lo trataba todo como un problema de contabilidad. Thomas le contestaba que, si las cuentas cuadraban, tendrían más probabilidades de salir vivos de cualquier reunión.

Evelyn sonrió apenas. Nunca había oído aquella anécdota.

—¿Lo quería mi padre? —preguntó después—. ¿Quería a Silas?

Eleanor eligió las palabras con cuidado.

—Durante un tiempo se quisieron los cinco.

A su manera. No conozco ninguna sociedad que empiece con cinco personas dispuestas a desconfiar de todos los demás salvo entre sí y que termine bien cuando llega el dinero.

Tu padre intentó sostener algo que se estaba rompiendo.

No puedo decirte si fue por nobleza o porque tenía demasiado invertido para marcharse.

Arthur advirtió que Evelyn había apretado el borde de la fotografía.

Aquella mujer no podía ofrecerle la versión inocente de Thomas, pero al menos estaba dispuesta a hablar de él como alguien que había reído, cometido errores y estado presente.

Evelyn devolvió la fotografía con delicadeza.

La investigación había adquirido un coste que Arthur no podía calcular en balances, y eso le produjo una incomodidad distinta de la sospecha.

—Hace años que no veía eso.

—Silas Vane murió en 2004.

—Sí.

—Le he preguntado si está vivo.

La mujer miró hacia el agua.

—La noche del incendio, la policía me pidió registros dentales. Silas había tenido un accidente de moto a los veinticinco años. Tenía dos puentes y varias piezas reconstruidas. Yo entregué el historial de su dentista.

—¿Y coincidía con el cadáver?

—Eso dijeron.

—¿Usted identificó el cuerpo?

—No había un cuerpo que identificar.

Noah se inclinó.

—¿Quién le pidió que no insistiera?

Eleanor lo miró con un interés nuevo.

—Tú sí haces las preguntas correctas.

—¿Quién?

—Marcus Vale.

El nombre quedó suspendido en la habitación.

Arthur no permitió que se notara lo que le producía.

—¿Marcus vino aquí?

—No. Me llamó desde Londres. Dijo que el asunto debía terminar. Que removerlo pondría en peligro a mi hijo.

—¿Tiene un hijo?

—Teníamos.

Arthur captó el tiempo verbal.

Eleanor respiró.

—Daniel murió en 2013. Cáncer. Nada de conspiraciones. A veces la vida mata a la gente sin ayuda de nadie.

Evelyn bajó la mirada.

—¿Y Silas?

La mujer tardó en responder.

—Silas dejó de ser mi marido mucho antes del incendio. Era brillante. Divertido cuando quería. Y capaz de entrar en una habitación y convencer a cinco hombres de que una idea suya había sido de ellos. Después se volvió paranoico.

—¿Por qué?

—Porque el pacto se estaba rompiendo.

Arthur se sentó por fin.

—¿Qué pacto?

Eleanor miró la fotografía.

—Los cinco creyeron que podían construir una carretera entre dos mundos. Dinero legal arriba, dinero ilegal abajo. Londres y Nueva York. Una ruta para todos. Ninguno suficientemente fuerte para dominarla sin los otros.

—Crown Atlantic.

—Ese fue el nombre que pudieron enseñar a los abogados.

—¿Y el otro?

Eleanor sonrió.

—El reino.

Arthur sintió una incomodidad absurda al oír la palabra en boca de una desconocida.

—Mi familia usa ese término desde antes de 1996.

—Edmund también se lo dijo a Silas. Discutieron durante una semana por el nombre.

Evelyn apoyó los brazos en las rodillas.

—¿Qué ocurrió?

—Ganaron demasiado dinero.

La respuesta sorprendió a Arthur.

—Ese fue el problema. Cuando eran cinco hombres peleando por sobrevivir, necesitaban reglas. Cuando empezaron a ganar, cada uno pensó que las reglas estaban pensadas para los demás.

—¿Quién rompió el pacto?

Eleanor levantó la vista.

—Todos os haréis esa pregunta. Y todos escogeréis la respuesta que os permita seguir queriendo a vuestro padre.

Arthur no reaccionó.

Evelyn sí.

—No he venido a proteger su memoria.

—Entonces eres más valiente que yo.

Eleanor se puso en pie y fue hasta un aparador. Sacó una caja metálica pequeña. Dentro había cartas, recibos y varias fotografías.

Eligió una.

Era reciente.

O al menos mucho más reciente que 2004.

Mostraba la entrada de un hotel. Varias personas borrosas cruzaban la acera. Al fondo, un hombre de perfil entraba en un coche.

Evelyn acercó la imagen a la ventana.

—No se le ve bien.

—A vosotros no —dijo Eleanor—. Yo dormí veinte años junto a él.

Arthur observó la fecha impresa en el borde.

Seis meses atrás.

Nueva York.

—¿Lo vio usted?

—Desde un taxi. Lo seguí dos calles antes de que mi conductor se cansara de mí.

—¿Por qué no se lo dijo a la policía?

Eleanor soltó una carcajada breve.

—¿Qué policía? ¿La que cerró el incendio en cuarenta y ocho horas? ¿La que perdió dos cajas de documentos durante la investigación? No.

—¿A Edmund?

—Sí.

Arthur se inclinó.

—¿Cuándo?

—Dos días después.

—¿Y qué hizo?

—Vino a verme.

—¿Aquí?

—No. Nos reunimos en Boston. Edmund miró la foto y no pareció sorprendido. Eso fue lo que más miedo me dio.

Noah intercambió una mirada con Arthur.

—¿Qué dijo?

Eleanor cerró la caja.

—Que si Silas estaba vivo, llevaba veinte años esperando algo.

—¿Qué?

—Que muriera la persona equivocada.

Arthur sintió que la frase no era completa.

—¿Quién?

Eleanor negó.

—Eso no me lo dijo.

—¿Qué le pidió?

—Que me marchara de Estados Unidos.

—No lo hizo.

—Nunca me gustó Edmund lo suficiente para obedecerlo.

Arthur entendió por qué su padre había pagado por localizarla. No necesitaba encontrar a Eleanor. Ya sabía dónde estaba.

Necesitaba comprobar que seguía viva.

—¿Mi padre volvió a contactar con usted?

—Una vez. Tres semanas antes de morir.

La cronología volvió a encajar con el testamento y los billetes.

—¿Qué quería?

—Saber si Silas se había puesto en contacto conmigo.

—¿Lo había hecho?

Eleanor miró a Arthur durante demasiado tiempo.

—No.

Era mentira.

Arthur lo supo.

También Evelyn.

Noah no se movió.

Arthur decidió no presionarla todavía.

—Si vuelve a verlo, llámeme.

Dejó una tarjeta.

Eleanor no la cogió.

—Si vuelvo a verlo, Arthur, tú serás probablemente la última persona a la que llame.

—¿Por qué?

—Porque si Silas Vane sigue vivo y ha decidido volver, no está regresando para recuperar dinero.

Arthur esperó.

—Está regresando para corregir una traición.

En el coche, nadie habló durante varios minutos.

Evelyn llevaba la fotografía reciente de Silas en las manos.

—Ha mentido sobre el contacto.

—Sí.

—¿Por qué no la has presionado?

Arthur miró por la ventanilla.

—Porque cuando alguien lleva veinte años asustado, amenazarlo solo consigue que recuerde por qué aprendió a callar.

Noah lo miró por el retrovisor.

—Edmund la habría presionado.

—No soy Edmund.

Ninguno de los dos respondió.

El teléfono de Arthur vibró.

Era Julian.

Siete llamadas perdidas.

Un mensaje.

LLÁMAME AHORA. ESTÁN BLOQUEANDO LAS CUENTAS.