EL REINO DE LOS RIVONSDILL 13. SANGRE Y CRISTAL
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13. SANGRE Y CRISTAL

Arthur no permitió que la libreta saliera de la habitación. Fotografió cada página y entregó una copia cifrada a Noah. Evelyn hizo lo mismo con las anotaciones financieras que reconocía. Durante tres horas trabajaron sin hablar más de lo necesario.

Las iniciales eran un problema.

El primer intento de asociarlas con sociedades fracasó.

Evelyn agrupó los códigos por años y Arthur por zonas geográficas; las mismas letras aparecían junto a puertos distintos, siempre en operaciones cuya documentación se había corregido después.

Noah consultó una copia de los registros de Londres y confirmó que una de las referencias remitía a una empresa liquidada hacía más de veinte años.

No era razonable que Edmund hubiese mantenido durante tanto tiempo una abreviatura útil solo para esa compañía.

Evelyn propuso una prueba diferente. Seleccionó una línea en la que figuraba E.R.

y buscó una firma de Edmund en la fecha correspondiente.

La encontró. Hizo lo mismo con T.C., y apareció un apunte que coincidía con uno de los antiguos contratos de Thomas Carter.

No alcanzaba para identificar las cinco iniciales con certeza, pero la posibilidad dejó de ser una intuición de Arthur para convertirse en una hipótesis verificable.

—¿Y por qué cinco? —preguntó Noah.

Arthur no pudo responder. Su padre le había hablado siempre del imperio como si lo hubiera levantado a partir de una cadena ininterrumpida de decisiones personales, con la ayuda de consejeros que podían ser sustituidos cuando convenía.

Cinco iniciales bajo la palabra «fundadores» mostraban una imagen muy distinta: la de un reino que había necesitado pactar desde el comienzo con personas capaces de discutirle cada decisión.

Esta vez no le molestó ignorar una parte de la historia.

Le molestó que Edmund hubiera construido su autoridad familiar ocultando precisamente la existencia de otros hombres con poder semejante.

Evelyn guardó una captura de la página y etiquetó las identificaciones como «probables».

Arthur no objetó la cautela. Sabía que, si convertían una suposición en certeza por repetición, terminarían siguiendo un camino que alguien podía haberles preparado.

Tenían nombres, fechas y una libreta auténtica.

La verdad seguía necesitando algo más que la firma de una persona muerta.

E.R. podía ser Edmund Rivonsdill. T.C., Thomas Carter. V.S. encajaba con Victor Shaw, aunque su edad hacía improbable que hubiera sido fundador de nada en 1996. M.V. podía ser Marcus Vale.

S.V. no significaba nada para Arthur.

—Quizá no sean personas —dijo Evelyn.

—Mi padre no escribía “fundadores” debajo de empresas.

—Tu padre también escondió una libreta durante treinta años. No lo usaría como referencia de comportamiento normal.

Arthur levantó la mirada. —¿Siempre hablas así de los muertos?

—Solo de los que complican mi vida después de morir.

La respuesta le arrancó una sonrisa involuntaria.

Evelyn la vio y volvió a los documentos antes de que él pudiera interpretar nada.

A las seis, Noah recibió una llamada y salió al pasillo.

Arthur se quedó solo con ella.

—¿Por qué aceptaste guardar la libreta?

—Porque Edmund me dijo que podía evitar que mi padre muriera por segunda vez.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—¿Y aun así aceptaste?

Evelyn cerró el portátil. —Cuando mi padre murió, dejó deudas que yo no sabía que existían y enemigos que nunca había visto.

Pasé años descubriendo qué parte de su vida era real.

Edmund apareció cuando todo estaba a punto de hundirse y compró una deuda que habría destruido la firma. Nunca me pidió que se la devolviera.

—Hasta ahora.

—Hasta ahora.

Arthur entendió algo que no le gustó: quizá Edmund había conseguido que Evelyn sintiera una obligación que los contratos no recogían. Ella podía llamarla ayuda. Su padre habría utilizado otra palabra.

Evelyn había acudido a Edmund por una razón concreta.

La sociedad que Thomas Carter dejó a su nombre heredó obligaciones que no figuraban en los balances internos y, durante meses, recibió reclamaciones de una firma de cobro que sabía demasiado sobre sus clientes.

Evelyn podía haber aceptado una solución fácil: vender su despacho a uno de los abogados vinculados con el propio grupo Rivonsdill.

Había decidido continuar, aun cuando cada error se traducía en noches de trabajo y facturas personales.

—Edmund no compró mi silencio —dijo, como si hubiera escuchado el pensamiento de Arthur—. Compró una deuda que yo estaba dispuesta a discutir en un tribunal. Lo hizo antes de que mi firma quebrara.

—Y después te pidió que escondieras una libreta.

—Años después. Esa es la parte que a ti te resulta cómoda omitir.

Arthur aceptó el reproche. La distancia entre ayuda y manipulación dependía a veces de cuánto tiempo había transcurrido entre una y otra.

Edmund conocía esa ambigüedad y la utilizaba con una habilidad que Arthur había admirado y repudiado alternativamente.

Se preguntó si alguna de las personas a las que había ayudado él mismo había tenido la libertad real de negarle algo más tarde.

—¿Qué te habría pasado si no aceptabas guardar el cuaderno? —preguntó.

Evelyn lo miró, sorprendida de que hiciera por fin una pregunta que no buscaba comprometerla.

—Probablemente nada. Eso es lo que lo hizo difícil. Quería pagar una deuda moral, no contractual.

Arthur se disponía a responder cuando notó un reflejo extraño en el cristal exterior. Algo atravesó la calle a demasiada velocidad. El instinto se adelantó a cualquier conclusión.

Un estruendo quebró el cristal exterior.

Arthur reaccionó antes de pensar. Agarró a Evelyn por el brazo y la tiró al suelo.

Una segunda detonación hizo estallar una ventana.

No eran disparos dirigidos a ellos. Eran proyectiles contra el edificio, suficientes para convertir la fachada en una lluvia de vidrio.

Noah entró con el arma desenfundada. —¡Atrás!

Arthur cubrió a Evelyn hasta que cesó el ruido.

Abajo, un coche aceleró.

Evelyn se incorporó con un corte fino en la mejilla.

—¿Estás bien? —preguntó Arthur.

—Sí.

—No te muevas.

—No me des órdenes.

—Estás sangrando.

Ella se tocó la cara y miró la sangre en sus dedos. —Tú también sangrabas ayer y nadie te tumbó en una silla.

Una alarma comenzó a sonar en el piso inferior.

Amira apareció en la puerta, pálida, con el teléfono en la mano.

Evelyn le pidió que contara a sus compañeros y no regresara a la zona de ventanas.

Arthur llamó al servicio de emergencias y explicó que alguien había arrojado proyectiles contra la fachada de una oficina ocupada.

No pronunció el apellido Rivonsdill hasta que se lo preguntaron.

Noah se arrodilló junto a la cornisa dañada y fotografió la dirección de los impactos antes de que la limpieza o las patrullas alteraran el lugar.

Evelyn se negó a subir al coche de seguridad en cuanto llegó.

Tenía un corte superficial, pero los empleados seguían dentro y nadie había confirmado que el edificio fuera seguro.

Arthur quiso insistir. Se detuvo al ver que la mujer había encontrado una escalera sin cristales y estaba ayudando a uno de los analistas a recoger el bolso.

No se trataba de temeridad. No estaba entrando en peligro para impresionar a nadie.

Estaba cumpliendo una responsabilidad que Arthur reconocía demasiado bien para despreciarla.

—Quiero que esta oficina se cierre hasta que podamos cambiar los cristales —dijo cuando Evelyn regresó.

—La cerraré cuando tengamos copias seguras de lo que han intentado destruir.

—No sabes que buscaban los documentos.

—No. Pero sí sé que han escogido mi oficina y no la tuya.

Noah se incorporó con un pequeño objeto envuelto en un pañuelo.

No tenía aspecto de bala ni de fragmento de fachada.

Era demasiado limpio para haber llegado por accidente.

Arthur miró a Evelyn. Ella también comprendió que el ataque podía haber transportado un mensaje, además de causar daño.

Quien hubiera organizado aquello sabía dónde trabajaba la persona a la que Edmund había confiado la libreta.

Arthur estuvo a punto de responder cuando Noah encontró algo entre los cristales.

Una pequeña bolsa de tela.

Dentro había una llave antigua.

Evelyn palideció.

—No puede ser.

—¿Qué?

Ella metió la mano bajo la blusa y sacó una cadena.

Colgaba de ella una llave casi idéntica.

—Edmund me dio esta —dijo—. La noche que me entregó la libreta.