El regreso del Highlander (Los indomables Kincaid 6) Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

Libre para respirar de nuevo, Fenella inhaló profundamente.

Aire, maravilloso aire. No había pensado que volvería a respirarlo.

Cuando Cedric se abalanzó sobre ella por última vez, su mente se quedó en blanco y simplemente reaccionó, realizando la maniobra defensiva como lo había hecho docenas de veces en las últimas semanas.

Normalmente sola, pero a veces con Gavin como preludio de su noche juntos.

Cuando funcionó y vio sangre brotar de los labios de Cedric, el alivio la invadió.

Pero no duró mucho. Cuando él cayó, ella quedó atrapada entre él y la cama y no pudo apartarse a tiempo.

Él se estrelló sobre ella, dejándola sin aliento.

Intentó gritar pidiendo ayuda de nuevo, pero eso solo empeoró las cosas.

Su último pensamiento fue que Gavin se enfadaría muchísimo consigo mismo.

Él le había enseñado a ganar una pelea con cuchillos, pero se había olvidado de enseñarle a sobrevivir a ella.

Gavin no conseguía encontrar la herida. Estaba presa del pánico y a punto de arrancarle el vestido cuando Fenella gritó:

—¡No te atrevas a destrozar este vestido!

Unas manos fuertes le agarraron por los hombros y pudo oír a Lachlan detrás de él.

—Escúchala, Gavin. Fenella no está herida. Solo no podía respirar.

—Estoy bien. No estoy herida. De verdad.

—La sangre —murmuró Gavin mientras el miedo que le había estado ahogando por fin lo soltaba.

—La sangre de Cedric —aclaró Donald.

Lachlan lo soltó, al ver que necesitaban intimidad. Señaló a Cedric y él y Donald levantaron el cuerpo y se dirigieron hacia la puerta.

—Nosotros nos encargaremos de esto.

Los dos lairds mayores salieron de la habitación.

Gavin volvió a estrechar a Fenella contra sí, con cuidado esta vez de que su rostro no quedara hundido en su pecho.

—Dios, te quiero, m’aingeal. Si hubiera pasado algo… Lo siento tanto. Dios, lo siento tanto.

Al verla en el suelo, un terror gélido le había recorrido las venas. Su vida había pasado ante sus ojos mientras se agachaba a su lado, y estaba vacía y desolada.

—Debería haberlo matado cuando tuve la oportunidad. Si alguna vez te pasara algo, nadie estaría a salvo. Nadie. No hasta que me uniera a ti.

Fenella le acarició la espalda con las manos.

—Me salvaste. Sin tu entrenamiento, habría muerto.

Gavin se limitó a abrazarla.

—Te quiero, aingeal. Nunca más permitiré que el peligro se acerque a ti.

Fenella se acurrucó contra su pecho.

—Dilo otra vez.

—Te quiero.

Él le besó la coronilla.

—Otra vez.

Ella lo miró y él le sostuvo la mirada.

—Daría mi vida por ti.

—Quiero las otras palabras.

Entonces él sonrió.

—Te amaré para siempre.

Ella levantó la mano y le acarició los hoyuelos.

—Y yo te amo, Gavin. Con todo mi corazón y mi alma. Nunca lo dudes. Nunca pienses que te dejaría.

—Ya me has oído.

Ella asintió. La mano de Gavin se cerró con fuerza alrededor de los dedos de ella, que tenía sobre su pecho.

Él se inclinó y rozó con los labios el interior de su muñeca en un beso increíblemente suave, casi reverente.

Luego la besó en los labios lentamente, con detenimiento y con una posesividad que no le dejó ninguna duda sobre sus sentimientos.

—Te he amado desde el momento en que nos conocimos. Solo que me daba demasiado miedo decirlo.

Fenella sonrió.

—¿Me amabas cuando estaba cubierta de barro?

—Sí, cubierta de barro.

La miró.

—Sin embargo, no me gusta la sangre.

Fenella siguió su mirada.

—A mí tampoco. Y tenía tantas ganas de casarme con este vestido.

Gavin arqueó las cejas y una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.

—Sabes lo que esto significa, ¿verdad?

Fenella percibió el tono pícaro en la voz de Gavin y se puso en guardia al instante.

—No… ¿qué?

Él esbozó su sonrisa juvenil y sus hoyuelos cobraron vida. Cuando se ponía así, Fenella no podía negarle nada y él lo sabía.

—Nos hemos perdido la puesta de sol, así que tenemos que esperar un día más.

Eso te dará tiempo para limpiar tu vestido y a mis hombres otro día para ganar a Lachlan y a los Mackay en algún juego.

Pero mañana al atardecer, más te vale estar delante del padre Lanaghly, porque no me importa si llevas uno de los viejos vestidos de Hellie, nos casaremos.

Gavin cogió a Fenella en brazos e ignoró todos los gritos mientras salía del salón y se dirigía hacia la torre del homenaje. La sonrisa que había tenido en el rostro desde el momento en que el padre Lanaghly los había declarado marido y mujer no había hecho más que crecer.

Fenella soltó una risita.

—¿De qué exactamente te estás riendo?

Empezó a subir por la escalera.

—Estoy casado. Eres mi esposa. Soy un laird Kincaid. Y si muriera dentro de una hora, me iría de este mundo como el hombre más feliz de la Tierra.

—¿Dentro de una hora? ¿Por qué no ahora?

—Dentro de una hora, no llevarás nada puesto y te habré hecho gritar de un placer que aún no te imaginas.

—¿Lo prometes?

Gavin se encogió de hombros sin pudor y entró en su dormitorio. Dejó que ella se deslizara por su cuerpo.

—Me casaría contigo una y otra vez.

—No me había dado cuenta de lo mucho que te gustan las bodas —susurró ella con voz ronca.

Él se inclinó y capturó sus labios en un beso ardiente.

—No es eso —dijo un momento después—. Me encantan las noches de bodas.