El regreso del Highlander (Los indomables Kincaid 6) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Ya no intentaba engañarlo para que revelara nada, pues ya no era necesario.

Sabía dónde acudir para obtener respuestas, pero no traicionaría su confianza.

Él se lo mostraría cuando estuviera listo.

Pero eso no significaba que estuviera en su naturaleza ignorar los secretos. Odiaba que no la incluyeran.

Le dio un codazo en la rodilla.

—Recuerda: me gustan las mujeres persistentes.

Fenella esbozó una pequeña sonrisa y levantó mucho las cejas. Luego, con una mueca, comentó:

—Siempre y cuando confíe en ti.

—Sí. Siempre que haya confianza.

Se rio entre dientes. Luego hizo una señal a los dos hombres para que se enfrentaran.

Como era de esperar, los dos eran más un peligro para sí mismos que para los demás.

Gavin los detuvo rápidamente y les dijo que el tiempo le obligaba a acabar antes.

Ambos hombres parecieron aliviados y emprendieron el camino de vuelta a Strathmore.

Fenella los vio marcharse, algo triste porque la tarde había terminado y ya no había motivo para que pasaran tanto tiempo juntos.

—¿Qué vas a hacer con los hombres de Cedric?

—Nada.

—¿Nada? —repitió Fenella, incrédula.

Luego se preguntó por qué se había sorprendido. Ella habría estado buscando posibles «accidentes» para enviar un mensaje a cualquiera que estuviera pensando en chivarse a Cedric. Así que, por supuesto, Gavin tenía la intención de hacer justo lo contrario.

Sin pensarlo, Gavin la agarró por la cintura y la ayudó a bajar del muro.

—Nunca tuve la intención de hacer nada. Solo quería saber en quién no confiar cuando llegara el momento.

Un fuerte trueno seguido de un largo retumbar llenó el aire.

Gavin fue a buscar su caballo. Esperaba tener tiempo, una vez terminaran, para cabalgar hasta el valle antes del anochecer, pero el tiempo tenía otros planes y empezaba a hacer más frío.

Un relámpago iluminó el cielo y el estruendo que le siguió fue casi ensordecedor.

—Tenemos que volver antes de que uno de esos nos alcance.

Y sin pedir permiso, la subió a su caballo y luego saltó a la silla.

Fenella se estremeció y Gavin la atrajo de nuevo hacia sus brazos. Se sentían de maravilla y ella no deseaba nada más que recostarse y acurrucarse contra su pecho. Necesitaba concentrarse en otra cosa.

—Con Jollis, ya son cuatro.

—Sí, es uno más de lo que esperaba.

—¿Crees que los hemos atrapado a todos?

—Lo más probable. Ya sospechaba de tres de ellos. Si hay más, los descubriremos ahora que sabemos quiénes son la mayoría.

Fenella asintió, disfrutando de la vibración de su voz mientras él hablaba.

Quería oír más y pensó en la pregunta perfecta que hacerle, algo que se había estado muriendo por saber durante casi toda la tarde.

Pero antes de que pudiera siquiera pronunciar la primera palabra, Gavin espoleó al caballo para que galopara y hablar se volvió imposible.

Habían salido hacia Strathmore con unos cinco minutos de retraso. Todavía estaban fuera de las puertas cuando la lluvia, que había estado felizmente ausente los últimos días, pareció estar recuperando el tiempo perdido. Para cuando llegaron a los establos, ambos estaban empapados.

Gavin pasó la pierna por encima de la silla y luego ayudó a Fenella a bajar, quien inmediatamente corrió de vuelta al patio hacia la fortaleza.

Le entregó las riendas a Adiran y le dio al muchacho unas cuantas instrucciones antes de dirigirse en la misma dirección.

Entró por la puerta principal de la fortaleza y se detuvo en seco cuando estuvo a punto de chocar con Fenella.

Había pensado que ella se había ido a su habitación a secarse y ponerse ropa seca y abrigada.

Eso era lo que él tenía pensado hacer, pero estaba claro que ella lo estaba esperando.

Fenella se abrazó a sí misma. Habiendo crecido en el norte, estaba acostumbrada al frío y normalmente no le molestaba, pero la combinación de estar mojada y el viento que le azotaba la cara mientras regresaban a caballo la había enfriado hasta el punto de que le castañeteaban los dientes.

Iba corriendo hacia la fortaleza cuando se dio cuenta de que aún no le había hecho su pregunta.

Y quería una respuesta más que volver a entrar en calor.

—¿Q-q-qué ibas a decir sobre las mujeres que usan espadas? —logró preguntar finalmente.

No estaba segura de por qué le importaba tanto, pero así era.

—Tienes que subir y ponerte ropa seca.

Fenella se acurrucó aún más.

—Lo haré, pero primero quiero saber qué ibas a decir.

Gavin parpadeó. No tenía ni idea de a qué se refería.

—¿Cuándo?

Fenella puso los ojos en blanco, exasperada.

—Dijiste que tenía c-c-cierta habilidad con la espada, que t-t-te gustan las mujeres que saben usar un a-a-arma. Luego dijiste “sin embargo”.

Sus ojos color avellana lo miraron con ira.

—Por cierto, ahora odio esa p-p-palabra.

Gavin señaló la escalera.

—Sécate. Podemos hablar de esto más tarde esta noche.

Fenella negó con la cabeza una sola vez, pero con violencia.

—D-d-dímelo ahora.

No quería esperar hasta la cena, pues era muy probable que Iona y el pequeño Rab estuvieran allí, y Gavin ya le había dicho que tendría el gran salón para ella sola.

—Dímelo —insistió.

Gavin pensó en llevar a Fenella en brazos hasta su habitación, pero el destello obstinado de sus ojos lo decía todo. Ella simplemente volvería a salir. Responderle era la forma más rápida de que entrara en calor.

—No es nada del otro mundo —resopló él—. Creo que las mujeres deberían saber manejar un arma, pero...

La miró. Frunció profundamente el ceño mientras sopesaba sus siguientes palabras, pero también tenía frío y quería ir a cambiarse.

—... escucha. No te enfades, pero ¿por qué la espada?

Los ojos de Fenella se abrieron de par en par, indignados. Se quedó boquiabierta.

—¿No crees que una mujer pueda empuñar una espada?

—No una claymore.

Gavin solo conocía a una mujer —la esposa de Niall Kincaid— que manejara bien la espada, pero además había sido fabricada especialmente para ella. Aun así, a Gavin siempre le había parecido ridícula la idea de las mujeres y las espadas.

—A la mayoría de los hombres les resulta difícil usarlas, pero esa no es la cuestión.

Aunque pudieras llegar a dominarla, ¿cuándo usarías esa habilidad?

Si vas a dedicar energía y tiempo a dominar un arma, ¿por qué no una que realmente usarías, como un arco y flechas?

No es mi fuerte, pero por suerte para ti sí lo es para Davros.

Estoy seguro de que estaría dispuesto a enseñarte.

Fenella entrecerró los ojos y él supo que no le gustaba la sugerencia.

—Piénsalo. ¿Qué sentido tiene aprender a manejar un arma si nunca vas a poder aplicar tus habilidades?

Fenella volvió a estremecerse y él señaló las escaleras.

—Ve a secarte y a calentarte, no sea que acabes como Kenneth.

Esta vez su voz no dejaba lugar a discusión.

Fenella dio media vuelta y subió corriendo las escaleras.

Corrió hacia sus aposentos, contenta de no haberse cruzado con nadie.

Todavía faltaban un par de horas para el anochecer, pero las densas nubes hacían que pareciera que ya había llegado.

El pequeño fuego luchaba por mantenerse vivo y Fenella arrojó rápidamente un par de leños más al hogar antes de desvestirse.

Su mente ya ni siquiera pensaba en estar mojada y con frío.

Lo que dijo Gavin la había desconcertado mucho más que haber sido sorprendida fuera bajo la lluvia.

Él había intentado ser amable, pero ella había entendido perfectamente lo que quería decir.

Incluso si pudieras llegar a ser competente.

Nunca se había considerado una experta con la espada, pero sí creía que se le daba bastante bien.

Había mantenido a raya a varios hombres durante bastante tiempo.

Pero ahora se preguntaba si eso solo indicaba que ellos eran aún peores de lo que ella pensaba.

¿Qué sabía ella de las habilidades de un verdadero guerrero?

La única vez que había visto a uno en acción, aparte de Cedric, fue a Gavin, cuando desarmó a Jaime.

Pero si realmente no era buena, eso significaba que era vulnerable.

Y eso era lo último que necesitaba ser.

Todo aquel tiempo había estado deseando saber qué había planeado Gavin para Cedric, con la esperanza de que ella también estuviera protegida.

Incluso había considerado casarse con un desconocido para que él impidiera que Cedric fuera tras ella.

Incluso la noche anterior había soñado que Gavin se quedaba en Strathmore, protegiéndola de cualquier daño.

Se había equivocado por completo. No necesitaba que otra persona la protegiera. Necesitaba la capacidad de protegerse a sí misma.

Gavin tenía razón. Había estado entrenando con el arma equivocada. Una espada, incluso un arco y flechas, eran para el ataque, para cazar o asaltar.

Los cuchillos, sin embargo, eran diferentes. Ideal para el combate cuerpo a cuerpo, el biodag era un arma punzante y el medio perfecto para defenderse. Si iba a aprender a usar otra arma, sería el puñal y solo había una persona a la que quería que le enseñara.

Pero, ¿cómo iba a convencer a Gavin para que trabajara con ella y le enseñara lo que necesitaba saber sin decirle por qué?

Iona ayudó a colocar la almohada en una posición más cómoda detrás de Kenneth.

—Suenas mejor, pero no tienes mejor aspecto.

Kenneth asintió, con los ojos cerrados. Estaba agotado, pero ambos sabían por experiencia que por fin se estaba recuperando. La fiebre le había bajado a primera hora de la mañana y había podido comer algo y beber bastante agua. Abrió los ojos y, al posarlos en Iona, su mirada se suavizó.

—¿Qué ha pasado?

Iona se sentó a su lado.

—El pequeño Rab está como siempre. Está preocupado por ti, pero le he asegurado que pronto te encontrarás mejor.

Kenneth suspiró y logró contener la necesidad de toser. Cada vez que lo hacía, sentía la garganta en llamas.

—Le echo de menos.