Capítulo 3
—¡ Q ué callado te lo tenías!
—Basta ya. Solo somos amigos, nada más, así que déjalo, detective —dijo Macleod. Se volvió hacia la ventanilla con una sonrisa.
—¿Amigos? ¿Con ella en una bata así? Esa ya te ha clavado las garras.
—Hope sonrió de oreja a oreja cuando Macleod volvió a mirarla.
Nadie más del cuerpo se habría permitido un comentario semejante, pero Hope había guardado para sí lo que él le había contado acerca de la trágica muerte de su esposa y lo mucho que aún le costaba sobrellevarla, veinte años después. Para Macleod era más que una compañera.
—Y ahora el trabajo me aparta de ella. Qué lástima. ¿Por qué has venido a fastidiarme el paraíso, Hope? Tiene que ser importante para que aporrees la puerta a estas horas, sabiendo que anoche salí.
—Hay dos muertos en Black Isle, al norte de Inverness.
—Sé dónde está.
—Al parecer, estaban en un edificio pequeño, un bothy en la playa. Los cadáveres estaban quemados, pero antes los habían decapitado. Una testigo vio la escena y se alejó para avisar. Cuando consiguió cobertura, el edificio ya estaba en llamas.
—Entonces puede que quede bastante, si la testigo los vio antes de que empezara el fuego.
—Me temo que no. En la zona solo hay bomberos locales de guardia y, además, el sitio queda bastante apartado. Por lo visto, ya hicieron bastante con llegar y evitar que el fuego se extendiera a la vegetación. El equipo forense está allí, pero aún no ha informado de nada.
Macleod asintió.
—De acuerdo: un misterio, dos cadáveres y alguien empeñado en ocultar sus identidades.
—Bueno, uno podría ser conocido, al menos en la zona.
Ha desaparecido un locutor de la emisora local.
No se presentó al programa matinal de las siete.
No volvió a casa y nadie lo ha visto desde que anoche salió de un pub local donde se había reunido con la directora de la emisora. Podría ser un punto de partida.
—¿Tienes los primeros informes?
—Sí, detrás, en la carpeta azul. Ponte cómodo y lee; tenemos un buen trecho por delante. Pensé en ir en avión, pero, la verdad, tardaremos casi lo mismo en coche y me apetecía conducir. También pensé que te vendría bien un rato para recuperarte.
—Eh, sin pasarse. Ya paso de los cincuenta, pero todavía no estoy para el tanatorio.
—Una cosa te digo: te sienta bien. Pareces otro desde que volvimos de las Hébridas. Como si te hubieras quitado un peso de encima.
Hope le sonrió. A Macleod le alegró aquella sonrisa.
Recogió la carpeta y la abrió. Mientras recorría con la mirada las fotografías y el texto, volvió a pensar en la mujer que había dejado atrás. Esa bata. Y había dicho que vendría, que subiría a verme si esto se alargaba. Aquí pasa algo.
* * *
Solo hicieron una parada brevísima para tomar café de camino al norte.
Macleod habría preferido hacer el viaje del tirón, pero, a su edad, la vejiga no siempre acompañaba.
Ya en Black Isle, se dirigieron hacia Cromarty, en el extremo oriental del fiordo de Cromarty.
Antes de llegar al pueblo, se desviaron por una carretera secundaria y llegaron a un pequeño conjunto de edificios agrícolas, en la vertiente sur de la punta oriental de la península.
Un coche patrulla cortaba el paso y la prensa ya se había congregado allí.
Cuando Macleod bajó del coche, los vio acercarse pendiente abajo.
—¿Alguna novedad, inspector?
Macleod se detuvo ante un hombre de traje gris que le plantó una grabadora en la cara.
El pelo canoso, peinado de lado sobre la coronilla, dejaba entrever finas líneas de cuero cabelludo.
Llevaba la camisa blanca abierta por el cuello y, encima, un anorak verde.
Hacía un frío que cortaba, pero Macleod esperaba algo más de categoría.
Claro que era de la prensa. Puñeteros buitres, casi todos.
—Acabo de llegar —respondió Macleod con tono plano—. Cuando tenga algo, les informaré en el momento oportuno. Hasta entonces, la investigación sigue en curso. Que tengan un buen día.
Se alejó hasta que oyó al hombre decir:
—Si yo investigara con esa, tampoco tendría prisa. Mira qué culo.
Macleod dio media vuelta y regresó a grandes zancadas. El hombre volvió a plantarle la grabadora en la cara.
—¿Algo más, detective?
—Sí. Y cíteme textualmente, por favor. Esa mujer tiene nombre: es la detective McGrath y es muy buena.
Si lo único que sabe hacer es quedarse mirándole el culo, como acaba de sugerirme que haga yo, más le vale ponerse al día.
Dudo que a sus lectores les haga gracia esa actitud.
A no ser que su periodicucho tenga precisamente esa clase de lectores.
En cualquier caso, si vuelve a hablar así de mi compañera, me veré obligado a detenerlo por acoso sexual. ¿Entendido?
El hombre bajó la grabadora. Macleod mantuvo la mirada dura hasta asegurarse de que se sentía pequeño; luego se marchó. Vio la expresión de Hope al cruzar el primer cordón policial.
—Había que decirlo.
—Sé defenderme sola —dijo Hope.
—Lo sé, pero me cabrea. Aunque en algo sí acertó.
—¿En qué?
—Buen culo.
Hope le dio un puñetazo en el brazo.
—Jane te sienta bien. Te está sacando de tu caparazón. Eso es bueno. Muy bueno.
—A trabajar. Ya es hora —dijo Macleod mientras se acercaba a un sargento.
—Buenas tardes, señor. El detective Ross está abajo, en el lugar de los hechos.
Podrá ponerlo al corriente y entregarle el mando de la investigación.
Pero hay un buen trecho: primero por una avenida arbolada y luego por un sendero cubierto de maleza.
Al equipo forense lo llevamos en barco, aunque querrá ver por dónde bajó la primera persona que dio el aviso.
—Y buenas tardes a usted también, sargento. ¿Es por ahí? —preguntó Macleod, señalando la hilera de árboles.
—Sí, señor. ¿Tiene botas de agua? Serían aconsejables.
—McGrath, vaya a buscar las botas de agua.
Hope asintió. Macleod se volvió hacia el sargento.
—¿Dónde está ahora la testigo?
—En estado de shock, señor. Se la llevaron a Raigmore, el hospital de la zona. Se desmayó dos veces mientras le tomaban declaración. No parece que haya sufrido nada más grave.
Hope volvió con las botas de agua y Macleod lanzó sus zapatos al sargento.
—Échelos en nuestro maletero, haga el favor.
El hombre asintió y tendió los brazos; Hope dejó caer en ellos un par de botines.
—Con esos te habrías apañado —dijo Macleod.
—No pienso ir llenándolo todo de barro. Parece que está bastante encharcado ahí delante.
El sargento asintió con energía.
Tardaron quince minutos en recorrer la avenida arbolada.
Macleod chapoteó entre los charcos. Dejó que Hope abriera la marcha y siguió sus pasos.
Ya barajaba todas las posibilidades de lo que iba a encontrarse.
No se fiaba de poder esquivar las ramas que sobresalían ni los tocones arrancados que salpicaban el camino.
Al coronar la colina, Macleod divisó el mar y una franja de zarzas y vegetación agreste en lo que supuso que era el borde de un acantilado. Tres agentes montaban guardia allí y le señalaron un sendero entre las plantas espinosas.
—Tenga cuidado, señor —advirtió Hope—. Está muy cerrado por la maleza.
—No soy ningún niño, McGrath —dijo Macleod.
Resbaló acto seguido y fue a parar a una mata de tojo.
—Maldita sea. Échame una mano, mamá —pidió a regañadientes.
Hope lo ayudó a salir y Macleod fijó la mirada en su espalda durante el descenso.
El sendero sí que era peligroso. Si la testigo había pasado por allí, bajar o subir debía de llevar tiempo y esfuerzo.
Al dejar atrás los tojos, Macleod vio una construcción pequeña al borde de la playa, rodeada por los últimos retazos de hierba.
Reconoció el olor de un incendio, mezclado con el de carne humana quemada.
Aquel hedor le cerró la garganta, despertó en él un rechazo visceral y le revolvió el estómago.
Los muros exteriores mostraban grandes manchas negras, y Macleod se preguntó si quedaría mucho dentro.
Varias figuras con monos blancos desechables trabajaban tras el cordón.
Macleod buscó a la responsable. Fuera de su territorio, no conocía de vista a los miembros del equipo forense, pero sabía que la jefa era una mujer llamada Hazel Mackintosh.
Una mujer baja y rechoncha parecía dirigirlo todo a fuerza de órdenes pronunciadas con voz áspera y ronca y de miradas imperiosas desde detrás de unas gafas negras enormes.
Macleod se acercó a la cinta azul del cordón, alzó una mano y llamó a la mujer.
—Disculpe. Venga un momento, por favor. Sí, usted. Si no le importa.
La mujer sacudió la cabeza y se volvió hacia un compañero. Le dio unas instrucciones más antes de acercarse a Macleod.
—¿Sí? —dijo, indignada, al llegar—. Rapidito, campeón, que aquí hay mucho trabajo. A ver, ¿qué quiere?
—Que me ponga al corriente.
—Otro más. Espere por aquí y le mandaré a MacArthur cuando termine la inspección junto al foco del incendio.
Ahora le tocó a Macleod indignarse.
—Me llamo Macleod y yo dirijo esta investigación. Voy a esa tienda de ahí, donde espero que alguien de la policía local me ponga también al corriente. Tenga la amabilidad de reunirse con nosotros en cuanto pueda. Y le sugiero que no tarde más de diez minutos. Usted es Mackintosh, supongo.
La mujer se irguió sobre sus cortas piernas y se quitó la capucha del mono blanco.
—Sí, Mackintosh. Y por aquí, cuando uno es nuevo y nadie lo conoce, lo normal es presentarse, inspector. Encontrará al detective Ross en la tienda blanca, con algunos de los restos más truculentos que hemos sacado del edificio. Iré enseguida. ¿Y usted es…? —preguntó, tendiéndole la mano a Hope.
—Soy la detective Hope McGrath. Encantada.
—Igualmente. Deme un momento y le pondré al corriente, inspector.
La mujer dio media vuelta, se subió la capucha y reprendió con firmeza a otro miembro del equipo forense que había llamado su atención.
—Retirémonos a la susodicha tienda y esperemos a Mamá —dijo Macleod.