El Refugio (Highlands e Islas 2)
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Capítulo 1
H acía frío, un frío que cortaba, pero eso no frenaba a Georgie Haskins.
A su lado, el jack russell correteaba de un lado a otro, husmeando entre la maleza mientras recorrían el tramo flanqueado por árboles hasta la maraña de vegetación que protegía la playa.
Zarzas y otras plantas verdes formaban una jungla que ocultaba el traicionero sendero que bajaba hasta la arena.
Pero una vez allí, merecería la pena. Soledad, calma, paz.
Nada que ver con Londres. Justo por eso se había mudado.
Georgie estaba de buen humor. Había dejado a su pareja en la cama para que volviera a quedarse dormido después del turno de noche.
Él era diez años más joven, y a Georgie le había sorprendido que aceptara acompañarla a las Highlands escocesas, sobre todo tan al norte, hasta Inverness.
Pero estaba enamorado, al menos así lo interpretaba ella.
Y a ella le encantaba. Que un hombre fuera detrás de ella ahora que acababa de cumplir los cuarenta, después de años de partirse el lomo y de relaciones breves y de conveniencia en la ciudad, era una delicia.
Se había cansado de buscar oro. Ahora era el metal precioso el que iba detrás de ella.
Los helechos y las zarzas de lo alto del pequeño acantilado amenazaban con cortarle el paso.
Unas ramas espinosas cubrían el estrecho sendero que zigzagueaba cuesta abajo.
Pero no había llegado hasta allí para dejarse vencer por un poco de maleza.
Alargó una mano enguantada, apartó el follaje y estuvo a punto de tropezar con su perro cuando este se le coló entre los pies y siguió adelante.
No se había hecho daño. Siguió bajando despacio, sin desanimarse.
Solo era la segunda vez que bajaba hasta allí, pero esperaba convertir aquel paseo en una costumbre.
Una vez superado el sendero, tenía para ella sola toda una playa apartada.
Había incluso una formación rocosa con una abertura de la altura de una persona que conducía a una pequeña ensenada aislada donde entraba la marea, un rincón en el que sentarse y meter los pies en el agua.
Imaginaba que en verano podría llevar a su Romeo hasta allí.
Tomarían el sol juntos —si de verdad llegaba a hacer suficiente calor— y luego harían el amor en la arena.
Quizá eso ya era demasiado: la playa no estaba completamente aislada.
Pero podría enseñar un poco más de lo habitual y provocarlo.
Aquello sí que era raro. Una fina columna de humo negro se elevaba desde la construcción situada en la franja de hierba al borde de la arena.
Por lo visto, era un bothy : un refugio rústico donde antaño se alojaban quienes estaban demasiado lejos para regresar a casa o, sencillamente, trabajaban lejos de su hogar.
Georgie no tenía muy claros los detalles, pero en esencia era una casita con muy poco dentro: una sola estancia y un lugar donde encender fuego.
Sintió una punzada de fastidio. ¿Quién podía estar allí para arruinar su paz? ¿Quién se entrometía en su pequeño paraíso? Había venido desde Londres para disfrutar de aquello. ¿Y de dónde demonios había salido? Encima, el maldito perro ya corría a saludar.
Georgie tardó otros cinco minutos en abrirse paso por el sendero.
Cuando por fin puso los pies en la franja de hierba, su perro le ladraba, dando saltos de pura excitación.
Se agachó, le acarició la cabeza, le dijo que era un buen chico, con la esperanza de que echara a correr en otra dirección para no tener que encontrarse con quien estuviera dentro del bothy .
La mente se le fue de nuevo a aquella mañana: se había metido en la ducha con su pareja y había acabado con las pocas energías que el turno de noche no le había robado.
Sí. Un buen recuerdo con el que entretenerse en la playa.
Pero el perro iba a lo suyo. A pesar de llevar ocho semanas con el animal, todavía no había decidido cómo llamarlo, así que era simplemente «Perro».
Otro experimento de su nueva vida lejos de Londres; uno cuyo resultado aún estaba por ver.
Tener mascota no era tan glamuroso como había imaginado.
Soltó un taco cuando el animal echó a correr de nuevo hacia el bothy y desapareció de su vista.
Seguro que el estúpido chucho se había metido dentro. Ahora tendría que hablar con alguien.
Caminó despacio hacia el edificio, tratando de componer una mueca algo más amable.
Le extrañó el silencio. Normalmente, cuando Perro se colaba donde había gente, se armaba un alboroto o alguien lo saludaba y se entablaba alguna charla animada.
Pero no se oía nada. Solo sus ladridos. El sol desapareció tras una nube cuando Georgie dobló la esquina del bothy .
El aire de noviembre le mordió las mejillas.
Algo iba mal. A través de la puerta vio primero una pierna fina, esbelta, completamente desnuda.
Estaba rota o quizá retorcida en un ángulo imposible.
Se le ocurrió que quizá debería dar una voz.
Tal vez hubiera peligro allí dentro. Pero entonces delataría su presencia.
Con cuidado, se asomó por la tosca puerta de madera, que estaba entreabierta.
Recorrió con la mirada la pierna desnuda hasta llegar a unas nalgas al aire y, después, al torso de una chica.
Joder, apenas tendría veinte años, si llegaba.
El corazón le martilleaba el pecho mientras buscaba la cara de la chica, pero no la encontró.
No había pelo sobre los hombros. No había nada sobre los hombros.
Vomitó sin poder evitarlo y vació el estómago del desayuno ligero.
Aun así, siguió mirando. Le daban vuelcos las tripas y todo el cuerpo le temblaba.
Tenía que correr. Pero los pies no le respondieron.
Una curiosidad morbosa la empujó a dar un paso; pisó su propio vómito y luego giró la cabeza a la derecha.
Allí había un hombre: carne blanca y rolliza, una barriga generosa que parecía un flan peludo.
Al recorrerle el cuerpo desnudo con la mirada, advirtió que le faltaban los genitales.
Del cuerpo manaba abundante sangre. Tampoco aquel cuerpo tenía cabeza.
Tembló y volvió a vomitar. Ya no le quedaba nada dentro, pero siguió con las arcadas mientras veía a Perro olisquear algo.
Junto al hocico del animal había dos cabezas.
Tenía que salir de allí. Con los ojos empañados por las lágrimas, Georgie retrocedió a trompicones hasta la playa y buscó desesperadamente el móvil. Dios, no. No había cobertura.
Recorrió la playa arriba y abajo a toda prisa en busca de una sola raya de cobertura, pero no encontró ninguna.
Reunió las fuerzas que le quedaban, regresó corriendo al sendero, subió el pequeño acantilado y se abrió paso entre tojos y otras plantas espinosas, arañándose.
Entonces pisó en falso y cayó, con una pierna mucho más abajo que la otra.
Alargó una mano, agarró una rama espinosa y se aferró a ella con desesperación, pese al dolor.
Logró izarse y luchó por abrirse paso hasta lo alto del acantilado. Allí sacó de nuevo el móvil y buscó las rayas que le permitirían pedir ayuda. Había una. Gracias a Dios, había una. Se puso de pie, marcó el 999 y esperó a que respondiera la operadora.
—¿Qué servicio necesita? Hola, ¿qué servicio necesita?
Una voz le hablaba, pero Georgie solo veía aquellos cuerpos y las partes que les faltaban… No quería pronunciar las palabras.
—Están muertos. Dios, están muertos. ¿Me oye?
Cuando le transfirieron la llamada, la operadora de policía pasó los dos primeros minutos escuchando las arcadas de alguien. Lágrimas. Saliva. Alguien que intentaba recomponerse. Después Georgie volvió a hablar, histérica.
—Está ardiendo. ¡El maldito edificio está ardiendo! ¡Se van a quemar!