8. Peso bruto
Dieciocho horas y veinte minutos, contando la escala.
Elena ha sumado los dos trayectos y la espera, ha vuelto a hacer la cuenta sin cambiar el reloj del teléfono y, mientras el empleado busca la reserva de carga, descubre que lleva un rato descontando de ese tiempo los minutos que todavía pasa en Madrid.
El vuelo no ha empezado. Al otro lado del mostrador, la caja permanece sobre un carro bajo, con la etiqueta vuelta hacia el pasillo por el que tendrá que salir.
El centro de carga tiene una luz que no permite adivinar la hora.
Fuera, al bajar del vehículo, Elena ha pisado una zona de pavimento todavía oscura por la humedad de la noche; dentro, el suelo conserva las huellas curvas de las ruedas y, a la altura de las puertas, unas corrientes breves levantan el extremo de las hojas sujetas a una pinza.
Hay embalajes cuya altura obliga a mirar por los lados, otros tan pequeños que podrían perderse detrás de una pierna.
Las voces proceden de puestos separados por mamparas bajas.
Alguien pregunta por una mercancía que no encuentra; la respuesta se da con un número y la conversación continúa en otra parte.
Elena oye cómo se cierra un cajón y después el arrastre de una silla.
Tiene la bufanda puesta y calor en la espalda.
El empleado pide la documentación de exportación.
Las carpetas se abren en un orden que ella ha repetido antes de acostarse: autorización temporal, licencia europea, declaración aduanera, seguro, aceptación del depositario, transporte.
La notificación de inclusión en el Inventario, recibida a finales de noviembre, viaja con las comunicaciones que Marisa hizo cotejar antes de confirmar la salida.
La autorización temporal conserva su vigencia y sus condiciones; la nueva situación del bien ha quedado identificada en el expediente.
Elena no ha tenido que escoger entre una hoja y otra.
Ha tenido que conseguir que las personas responsables leyeran ambas.
El agente sigue las referencias. Bajo su mano, el papel se curva contra el borde del mostrador.
Elena reconoce la impaciencia que le produce verlo manejar con rapidez lo que a ella le llevó semanas reunir; enseguida le molesta esa impaciencia, porque ha venido precisamente a que un trabajo ya hecho pueda continuar sin exigir a cada persona las mismas semanas.
El empleado se detiene en una fecha, vuelve a una página anterior y llama a su compañero.
Los dos comparan una línea. Elena espera hasta que le preguntan.
No hay discrepancia. Necesitan la copia que corresponde a carga, y ella la ha colocado detrás de la suya. La saca, alisa con los dedos una esquina y se la entrega.
Kavi está junto a la puerta con las maletas de los dos.
Se ha quitado la chaqueta y la sostiene doblada sobre una de las asas.
Cada vez que entra alguien debe mover un poco el equipaje; vuelve a dejarlo a su lado sin mirar a Elena, atento a una mujer que está tratando de hacer pasar un carro y una carpeta por el mismo hueco.
Hasta entonces ella había podido pensar aquel viaje como una sucesión de obligaciones que cumplía acompañada.
Lo ve apartarse, sostener la puerta y recuperar después su pequeña porción de suelo; le sorprende la existencia de las horas que él va a gastar allí, tan numerosas como las suyas y sin el objeto que le ha servido a ella para justificarlas.
La semana anterior, al comprar los billetes, Elena ofreció adelantarle el dinero. Lo dijo mientras miraba la pantalla, con un tono práctico que había escogido para que no pareciese una oferta distinta.
—Puedo pagarlo —respondió Kavi.
Ella mantuvo el cursor sobre la casilla.
—No era por eso.
—Ya.
Unos segundos después le enseñó la confirmación.
Había utilizado la cuenta donde conservaba lo que quedaba del último pago del contrato.
Elena estuvo a punto de preguntarle cuánto quedaba después del billete, y la pregunta se le hizo demasiado íntima de una forma que no tenía relación con las noches que habían empezado a pasar juntos.
Podía desearlo, pedirle que se quedase, dormirse con una rodilla contra la suya; aún no sabía cómo hablarle de dinero sin protegerlo de algo que él no le había pedido evitar.
Cerró la pestaña cuando terminaron la reserva.
Al levantarse, Kavi le tocó el hombro, y ella puso la mano sobre la de él antes de que la retirara.
El agente vuelve con el recibo de aceptación.
Elena firma el apartado que le corresponde.
La caja sale en el carro por una puerta lateral; no hay una cinta junto a los pasajeros ni una última ocasión de reconocerla desde la ventanilla.
El hombre que la empuja se detiene para dejar pasar otro bulto y después continúa.
Elena alcanza a ver la etiqueta una vez más, inclinada por el ángulo desde el que mira. Se guarda la copia sin doblarla.
En el traslado a la terminal de pasajeros, Kavi pregunta si quiere quitarse la bufanda.
Ella niega con la cabeza. Un poco después se la quita sola y la deja entre ambos, sobre las rodillas, mientras las vías de servicio se separan de la carretera por barreras que parecen repetirse sin que el coche regrese a ningún sitio conocido.
En Doha quedan dos horas para el siguiente embarque.
Kavi ha puesto una alarma y se ha dormido antes de apoyar del todo la cabeza.
Elena le sostiene un instante la nuca con la bufanda doblada, hasta que él acomoda el cuello; luego retira la mano despacio.
El cansancio le ha dejado la boca entreabierta.
Un músculo de la mejilla se mueve como si intentara terminar una palabra.
Han encontrado asientos lejos de las tiendas.
Desde allí, la terminal se prolonga en una sucesión de luces reflejadas, pilares, rótulos suspendidos que al principio parecen estar a la misma distancia y van separándose cuando pasa alguien por debajo.
En el tramo que ocupan hay pocas personas.
Más allá, hacia un cruce de corredores, una corriente continua de equipajes y cuerpos contradice aquella quietud sin llegar a romperla: familias que avanzan deshechas y vuelven a reunirse ante una pantalla, un empleado con chaleco que camina deprisa sin arrastrar nada, dos niños que se turnan para sentarse encima de una maleta.
Las ruedas cambian de sonido sobre las juntas.
Elena oye primero las más pequeñas, el traqueteo insistente que se acerca, y después distingue las piernas de quien las lleva.
La claridad sigue siendo la misma cuando mira hacia los ventanales.
Tras el cristal se separan algunas luces sobre el suelo oscuro; no consigue medir las distancias entre ellas.
Dentro, una máquina de limpieza recorre el borde del pasillo y deja una humedad tan regular que cuesta reconocerla hasta que recoge el reflejo de un anuncio.
El hombre que la conduce se detiene para permitir el paso de una anciana; ella lleva una bolsa de tela apretada contra el cuerpo y avanza mucho más despacio de lo que permite su conexión, o quizá dispone de toda la noche.
Elena se da cuenta de que está atribuyendo una prisa a cada persona que mira. Bebe el café. Ya no quema.
El teléfono conserva una fotografía de la cena del dieciséis de octubre.
La tomó Kavi cuando ella apartó el plato para protestar por la luz: sale una parte de su cara, el borde de una copa y, detrás, la manga de alguien que cruzaba hacia otra mesa.
Habían salido a cenar sin carpetas. Durante los primeros minutos ambos encontraron preguntas que podían responder con fechas; después Elena contó algo de un vecino que había llamado a su puerta para devolverle un paraguas que no era suyo, y Kavi se rio antes de que ella llegara al final.
Le gustó poder aburrirlo un poco. Más tarde caminaron sin decidir enseguida por qué calle seguirían.
La facilidad no se había mantenido todas las noches.
Algunas veces Elena esperaba una llamada sin admitir que la esperaba y, cuando llegaba, respondía con una diligencia que sonaba a prisa.
Kavi necesitaba retirarse de un trabajo antes de poder hablar de otro, y ella descubrió que preguntarle si estaba cansado podía convertirse en una manera de pedirle que no se fuese.
Hubo una tarde en que lo dijeron. No muy bien.
Después cenaron y quedaron dos vasos sin recoger hasta la mañana.
Ahora él duerme a su lado y Elena puede dejar sin interpretación el peso que ejerce su brazo contra el suyo; la posibilidad le proporciona un descanso que el asiento del aeropuerto no ofrece.
Abre la descripción en el móvil. Tiene preparada una copia de lectura para Manila, con su fecha de versión.
La pantalla muestra primero los custodios recientes, después las reservas que ha aprendido a escribir sin colocar una disculpa al lado.
En una frase cambia una coma de lugar. Lee de nuevo y la devuelve a su sitio.
Le irrita reconocerse en ese movimiento: todavía puede corregir algo mientras la caja continúa una ruta que ella solo conoce mediante mensajes. Cierra el teclado.
La noche anterior a salir había hablado con Leonor.
Al oír que llamaba desde Ayala, su tía le preguntó si se había acordado de cerrar bien los balcones.
Elena contestó que aún estaba allí, que los cerraría antes de irse.
Durante un momento ninguna encontró la manera de continuar.
En la mesa estaban las tres referencias de la carpetilla de octubre, cotejadas al fin con la documentación de trabajo de 1985.