7. Salida temporal #2
Marisa le enseña la última comunicación del expediente de protección. No hay todavía resolución de inclusión. La recomendación de la Junta no la sustituye; la autorización de exportación tampoco borra el procedimiento abierto.
—No te han dado un hueco para que te escapes —dice—. Han autorizado esta salida con estas condiciones. Si llega otra notificación antes, habrá que verla.
Elena había pensado por un instante que la demora podía pertenecerle.
Se avergüenza menos de haberlo pensado que de la rapidez con que estaba dispuesta a agradecerlo.
La protección que solicitó la Fundación y el depósito que ella pretende no se excluyen por su distinta procedencia.
Le gustaría que Álvaro tuviese que oír esa frase de Marisa.
Después imagina el tono satisfecho con que él podría repetírsela y prefiere cerrar la carpeta.
—¿Tenemos que avisarlos?
Marisa distingue las comunicaciones exigibles de las que Elena quiera hacer a su familia. La segunda lista no figura en el impreso. Elena decide que llamará a Leonor después del taller. No ensaya lo que va a decirle.
Al levantarse le pesa la carpeta sobre las piernas.
Dentro está también la copia de la ficha que Leonor le entregó en el teatro, protegida ahora por una funda separada.
No la saca. Ha aprendido que puede conservar un papel sin saber todavía qué hacer con la frase que lo acompañaba, y esa separación, tan fácil de exigir cuando se trabaja con voces muertas, se vuelve penosa al reconocer la letra de alguien a quien aún se puede llamar.
Desearía preguntarle si recuerda un dato y poder quedarse después hablando de otra cosa.
Desearía que la pregunta no exigiera de entrada una confesión.
El permiso no la ha acercado a esa conversación; le ha dado una fecha a partir de la cual ya no podrá alegar que espera un documento.
En el Instituto, la caja está abierta sobre una plataforma.
Elena ve primero su anchura y después el hueco reservado al espejo, tan pequeño dentro de los materiales de protección que le parece que han preparado el viaje de algo distinto.
Hay dos paredes de contrachapado, separadas por un espacio de amortiguación; la madera queda aislada del recinto interior por la barrera prevista en el diseño.
Los cantos están alisados. En uno, un operario ha escrito una flecha a lápiz para recordar por dónde vuelve a encajar una pieza que todavía sostiene en la mano.
El taller huele a madera cortada, pero no se corta nada junto al bronce.
La mesa de preparación está limpia, apartada de los retales y las herramientas; en la otra, las sobras de espuma forman curvas que conservan, a su alrededor, la figura de un hueco.
Elena reconoce el trabajo de quitar lo que estorba sin rebajar la parte que tendrá que sostener.
Hay una regla larga contra la pared, rollos de material envueltos para que no acumulen polvo y un tablero en el que se han dibujado secciones con espesores distintos.
La puerta ancha permite pasar el carro sin inclinarlo.
Desde una mesa más lejana llega el ruido intermitente de alguien que despega una cinta de su soporte.
Pilar ha colocado el espejo en sus apoyos.
A su lado está el informe de estado, con fotografías tomadas después de la intervención de octubre y la anotación del regreso del catorce desde Cibeles.
Elena ya recibió aquella confirmación la mañana del quince.
Ahora sigue el recorrido de una hoja a otra y encuentra, sin necesidad de preguntar, el intervalo en que la pieza ha permanecido aquí.
—Vamos a comprobar el peso del conjunto —dice Pilar.
El operario acerca la cuna de pesaje. La conservadora revisa los puntos de apoyo, la pone sobre la balanza y espera a que la lectura se estabilice antes de tarar.
El nácar debe quedar libre de presión, también los bordes levantados que siguen requiriendo cuidado.
Elena se queda detrás de la línea de trabajo.
Ve cómo Pilar recibe la pieza con ambas manos y la acomoda sin utilizar el mango como palanca.
La cifra cambia y se detiene: 348,6 g.
—Completo, con la montura —dice Pilar.
Elena escribe trescientos cuarenta y ocho coma seis.
No añade una valoración. Había pensado tantas veces en el peso que le produjo aquel primer contacto en la casa de Ignacio que ahora espera reconocerlo en la cifra, encontrar alguna correspondencia entre el esfuerzo de la mano y esas cuatro cifras separadas por una coma.
Lo único que puede reconocer es su recuerdo.
La balanza conserva el número hasta que Pilar retira el espejo y lo devuelve al apoyo.
El operario le pide que acerque el impreso que ha dejado sobre la carpeta.
Elena lo hace. Ese encargo pequeño le permite mover los brazos, interrumpir la atención excesiva con que estaba siguiendo las manos ajenas.
Durante meses ha querido llevar el objeto a otro lugar.
La posibilidad de hacerlo la encuentra deseando que esta tarde dure un poco más, que falte una medida, un detalle que puedan corregir mañana sin necesidad de declarar que ella ha cambiado de idea.