El rastreador de montaña (Serie Guardabosques de Alaska, Libro 1 nº 3) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

FRASER

No abrí los ojos hasta que el sol estuvo lo bastante alto para derretir la escarcha de la ventana de mi cabaña.

Mi reloj interno estaba hecho polvo; mi cuerpo se resistía al brutal cambio de pasar la noche en vela solo para observarla.

Pero al incorporarme y frotarme las legañas de los ojos, supe que había valido cada maldito segundo.

Cada minuto que pasé helándome entre la maleza, con los ojos reventados de mirar a través del visor táctico, había valido la pena.

Solo había una cosa que me inquietaba. Un detalle tenía mis instintos en tensión.

¿Con quién demonios hablaba en esa tienda?

Llevaba días observándola y sabía con certeza que no había otra alma viviente en ochenta kilómetros a la redonda de su campamento.

Sin embargo, noche tras noche, oía el débil murmullo grave de su voz filtrándose a través del nailon.

Necesitaba seguir vigilando, descubrir qué se traía entre manos antes de dar el paso y adentrarme en su campamento.

Pero en cuanto llegué a mi punto de observación habitual en la cresta, me quedé helado.

El punto rojo había desaparecido.

Levanté los prismáticos con las manos temblándome de repente mientras enfocaba el claro de abajo. Nada. Solo nieve pisoteada.

La chica había desaparecido. Había recogido todo y se había largado.

—¡Joder! —El rugido me brotó del pecho.

Di media vuelta y eché a correr hacia mi equipo como un maldito loco. El corazón me latía desbocado mientras preparaba la mochila a toda prisa, con los dedos tirando frenéticamente de las correas.

Yo era el mejor rastreador de todo este maldito territorio. No había lobo, oso pardo ni turista capaz de atravesar estos bosques sin dejarme un rastro que leer. Si creía que podía esfumarse así como así en mis montañas, estaba muy equivocada. Iba a darle caza.

No podía perderla. No ahora. No antes de probar por fin lo que llevaba tanto tiempo deseando. No antes de hacerla mía.

Corrí por los senderos embarrados como un maldito lunático, con las botas hundidas en la tierra y los pulmones ardiendo con cada respiración entrecortada.

El pánico me cegaba como una cortina blanca.

Cuando por fin divisé unas huellas profundas en el barro, el corazón me dio un vuelco...

hasta que me detuve, bajé la vista y comprendí con un retortijón en el estómago que estaba siguiendo mis propias pisadas del día anterior.

¿Qué coño, Fraser? ¿Qué coño te pasa?

Estampé el puño contra el tronco de un árbol y la corteza me arañó los nudillos. Estaba perdiendo la cabeza.

Esta mujer —esta preciosa morena con sus ridículas orejeras peludas— me había vuelto completamente loco.

Solo una morena como ella sería lo bastante chiflada para acampar a la intemperie aquí.

Las multas por entrar sin permiso en este sector son desorbitadas, y encima se estaba poniendo en bandeja para que un oso pardo la convirtiera en su cena.

Dios, ¿y si mi maldita calentura acababa de costarle la vida? Creía que podía protegerla. Ian me había advertido, me había dicho explícitamente que estaba en zona prohibida.

Jesucristo, ¿qué he hecho?

Me obligué a parar. Cerré los ojos e inspiré hondo, llenándome los pulmones de aire helado. Tenía que calmarme de una puta vez.

Trepé por una cresta rocosa irregular y aproveché la altura para inspeccionar el valle e intentar pensar como una turista.

¿Adónde habría ido? Todavía no parecía agotada del todo, así que era imposible que hubiera dado media vuelta para volver a la seguridad del pueblo. Y menos después de los gemidos guarros que había oído salir de su tienda esa mañana.

El recuerdo me asaltó. ¿Con quién coño estaba follando ahí dentro? O... ¿se estaba tocando? Solo imaginarla sola, metiéndose los dedos en el coño, me puso duro como una piedra en cuestión de segundos.

No. Joder. Ahora no. Sacudí la cabeza, intentando controlar la excitación. No podía pensar en eso. Primero tenía que encontrarla.

Recorrí el paisaje con la mirada, calculando sus opciones. ¿Qué otros lugares de por aquí querría ver una turista?

El Paso del Oso.

Se me cayó el alma a los pies. No podía ser. No estaría tan loca como para ir directa al desfiladero más peligroso y plagado de depredadores de toda la región. Pero mientras el pensamiento tomaba forma, supe la respuesta.

Sí. Era exactamente ese tipo de loca.

Salí disparado hacia el Paso del Oso, con los ojos recorriendo cada centímetro de la maleza. A unos ochocientos metros por el sendero, un pequeño destello blanco me llamó la atención cerca de la base de un pino enorme. Me dejé caer sobre una rodilla. Un pañuelo de papel tirado.

Te pillé.

Las chicas de ciudad y sus costumbres de ir al baño al aire libre. Predecibles a más no poder.

Eché a correr de nuevo como si me fuera la vida en ello, con el corazón latiéndome tan fuerte que lo oía retumbar en los oídos. Tomé la última curva y ahí estaba ella, peleándose con la tienda en un claro amplio y expuesto: el peor sitio, el menos protegido que podría haber elegido.

El alivio y una furia posesiva me golpearon con tanta fuerza que casi me caigo de rodillas.

Al instante me fundí con las sombras y me deslicé detrás del grueso tronco de un abeto. Con movimientos completamente silenciosos, empecé a acercarme sigilosamente entre la maleza, los ojos clavados en ella, la respiración contenida. Casi podía olerla. Y esta vez, no iba a limitarme a observar.