23 Amanda
AMANDA
Cuando era niña, mi madre me inscribió en muchos concursos de belleza.
Muchos.
No se me da bien cantar. No tengo paciencia para tocar el piano.
En un momento dado, en un arranque de desesperación, mi madre pensó que quizá podría hacer castillos con naipes.
El problema es que para eso hay un límite de tiempo.
Así que se nos ocurrió una rutina cómica que podía recitar mientras los apilaba.
El asunto es que, cada vez que llegaba a cierto punto, el quinto nivel de naipes, para ser precisa, inevitablemente golpeaba una parte de la base de ese nivel… y todo se derrumbaba.
Cuando interpreté ese número, la única vez que lo intenté, hice una broma para disimularlo. Cuando se cayeron los naipes de la mesa desvencijada, dije: —Oh, ¡a que «naipe» se lo esperaba!
Todos se rieron.
Pero ahora, mi vida es como ese castillo de naipes. Cada pocos minutos, recibo otra notificación en mi teléfono, indicándome que he recibido un nuevo correo electrónico que rescinde mi contrato con algún patrocinador.
Hace dos minutos, una empresa para la que nunca he trabajado ha cancelado nuestro acuerdo. Eso es caer muy bajo.
Apago el teléfono y cojo una pelota de goma. —Vamos fuera, Roscoe.
Él salta desde el rincón, moviéndose casi igual que siempre, y corre hacia la puerta. Al menos no me mira de forma diferente. Le estoy lanzando la pelota cuando llega el autobús para devolvernos a nuestros pequeños gamberros.
—¡Mamá! —Emery corre hacia mí, con la boca ya llena de todas las palabras que quiere compartir sobre su día—. ¿Sabes qué? Hoy, Elana, que nunca quiere jugar conmigo, quería columpiarse a mi lado. Y luego, cuando nos bajamos, Yvette dijo que quería jugar al cuatro cuadrados conmigo.
—Qué bien —le digo.
—Yvette es la que me empujó la semana pasada. —Frunce el ceño.
—Oh, entonces qué mal.
—Está bien que me lo haya pedido —dice Emery—, pero le dije que no jugaría con ella a menos que se disculpara por empujarme y prometiera dejar de burlarse de mi mejor amigo, Matthew.
—Espera, ¿tu mejor amigo, quién?
—Matthew. —Emery suspira—. ¡Mamá! Es mi mejor amigo desde hace semanas.
A menudo no le presto atención. —Lo siento, cariño. Lo sé, por supuesto.
—De todos modos, ella no se disculpó, pero Elana quedó muy impresionada.
Dijo que soy el tipo de amiga que le gustaría tener.
Lo que significa que habría sido un día perfecto, porque me gusta mucho Elana.
Ella se turna para empujarte en los columpios, algo que la mayoría de los niños no hacen, pero tampoco le gusta Matthew.
Se burla mucho de él, así que ahora tengo que elegir con cuál de los dos quiero jugar.
Amo a Emery. De verdad, de verdad que sí. Pero juro que algunos días es difícil seguirla. —Bueno, igual parece que todo va para mejor.
—Así es. —Su sonrisa es radiante.
Esta vez, cuando Roscoe deja caer la pelota a mis pies, cubierta de baba, con la mirada fija en la pelota y luego en mi mano, mostrándome que está listo, listo y listo para cogerla, Emery señala. —¿Puedo?
—Oh, por supuesto. —Sonrío—. Adelante.
Coge la pelota, hace una mueca al ver la baba y los restos que hay pegados a ella, y la lanza tan lejos como puede.
Lo cual es unos cuatro metros y medio. Roscoe gira en el aire y la atrapa justo después del primer rebote. Vuelve en un santiamén y la deja caer sobre mi zapato, como diciendo «Esta vez te toca a ti».
La lanzo más lejos.
Pero Emery solo mejorará si practica. Se la vuelvo a dar. Roscoe, fiel a su maravillosa y leal naturaleza, se limita a mirar con total devoción su mano. Hasta que ella la lanza.
Ahora que los niños están en casa, es más fácil no pensar en el colapso total de mi propia vida. Porque mi vida solía ser nada más que las redes sociales, pero ahora estoy rodeada de niños que juegan, hacen los deberes, perros que persiguen pelotas, un hermoso sol en un día frío y mi familia.
Ah, sí, y el novio que causó todo este lío.
Debería estar enfadada con él. O tal vez, arrepentida de mi decisión.
Pero en cambio, sigo sonriendo cada vez que pienso en él.
Los medios de comunicación son tan retrógrados.
Me están criticando por salir con el hombre más sano y maravilloso que he conocido en toda mi vida.
Nunca me ha quedado tan claro lo tóxico que puede ser Internet.
Maren se escabulle a mi lado y entra en la casa.
Señalo a Roscoe. —¿Puedes jugar con él un rato? —le pregunto a mi hija menor—. Tengo que ver cómo está tu hermana.
Emery se ríe. —Por supuesto. Solo tienes que seguir el rastro de corazones rotos y sueños destrozados.
Es una niña tan rara. Me río mientras me dirijo directamente a la habitación de Maren. Pero no está allí.
Reviso todas las habitaciones de la casa, pero aparte de una mochila abandonada, no encuentro nada.
—¿Maren? —No responde.
¿Dónde se ha metido?
Finalmente la encuentro en el patio trasero, practicando volteretas con una sola mano. —¿Qué estás haciendo?
Se sobresalta y casi tropieza. —Mamá, no te acerques sigilosamente cuando estoy haciendo acrobacias.
—Llevo al menos cinco minutos llamándote —le digo—. Quizás deberíamos revisarte los oídos si crees que estoy moviéndome sigilosamente.
Se saca los auriculares. —Estaba escuchando la música para la rutina. Obvio.
Ah, era por sus rutinas. —¿Cómo va eso?
—Bien. —Se vuelve a poner los auriculares.
Le hago un gesto para que se los quite. —No he terminado —le digo.
Se los quita y suspira de forma exagerada. —¿Y ahora qué?
—Abby convenció a tu entrenadora para que nombrara a tu enemiga cocapitana, y tú todavía no me has dicho nada al respecto, salvo que el asunto estaba siendo «horrible».
—Va todo bien —dice.
—¿Qué significa eso? —Odio que me hable así.
—Significa justo eso: que va todo bien. —Intenta volver a ponerse los auriculares.
—Te lo juro —Me acerco a ella—, voy a pisotear esos auriculares hasta convertirlos en polvo. Dime qué está pasando.
—No tengo nada que decir —responde.
—Hablas con Abby —le digo.
—Ella me escucha —dice Maren.
Frunzo el ceño. —Ahora mismo te estoy escuchando.
—No, tú me estás exigiendo que te hable sobre una cosa en particular —dice Maren—. Pero nunca me preguntas qué es lo que yo quiero contar.
Pienso en lo que dice. ¿Es eso lo que hago? —¿De qué quieres hablar?
—Hoy he sacado un sobresaliente en matemáticas —dice—. Y he subido mi nota a aprobado en inglés.
¿Antes no aprobaba inglés? Mis manos comienzan a temblar, pero las mantengo quietas con gran esfuerzo. —Oh.
—Lo sabía.
—¿Qué cosa?
—Ese «oh» básicamente significa que te molesta que no te dijera que tenía dificultades en inglés. Como si pudieras ayudarme…
—Me encantaría…
—No pasa nada, mamá. La tía Abby me ayudó con las revisiones de mis dos últimos ensayos. Ella es la razón por la que estoy aprobando.
Trago saliva.
—Y si se lo preguntaras, te diría que su plan funcionó. Ellie me odiaba porque ya no era importante. Tardé un tiempo en calmarla al nombrarla cocapitana, pero funcionó. Ahora somos casi amigas.
—Ah.
—Me ha invitado a su fiesta de pijamas la semana que viene.
—¿Y tú vas a…?
—No te preocupes. Le dije que a la tía Abby le gustan las fiestas de pijamas. Se preocupa demasiado cuando sus hijos no están en casa y no puede dormir.
—Tú no eres su hija —le digo.
—Ya lo sé —Maren me señala con sus auriculares—. ¿Puedo ponérmelos y practicar ahora? Tengo que hacerlo perfecto para enseñárselo a todo el mundo mañana.
Asiento con la cabeza y luego me escondo detrás de un arbusto durante diez minutos y observo a mi hija hacer una rutina muy complicada.
Nunca he estado más impresionada ni más avergonzada de mí misma.
No tenía ni idea de lo mucho que Abby estaba haciendo por mis hijos. He sido tan mala como ella decía.
¿Cómo lo hace todo sin enfadarse, aburrirse o irritarse? ¿Es humana? Nadie me enseñó nunca a hablar con adolescentes.
—¿Qué demonios estás haciendo? —Amanda Saddler se ríe—. ¿Te han mandado a la caza del gamusino?
—¿Qué es un gamusino? —Me duele la espalda al enderezarme—. ¿Y por qué iba a cazarlo?
—Espero que no estés espiando a tu propia hija. —Amanda arquea una ceja apremiante—. Aunque no estoy segura de qué sería mejor.
—No habla conmigo —digo—. Solo le cuenta cosas a Abby.
—No seguirás enfadada con ella, ¿verdad? —pregunta.
Me apoyo contra la pared de la casa. —No estoy enfadada. Supongo que estoy celosa.
—Es una buena cuñada —dice—. De hecho, es una buena hermana. Como cuñada, te costaría mucho encontrar una mejor que ella.
—Lo sé —respondo—. Eso es lo que me cabrea.
Amanda vuelve a reírse. —Te juro que eres increíble.
—¿Yo?
—¿Pero por qué no viniste a verme hoy? Me sentí como la chica fea en el baile de primavera.
Oh, no. —No paraba de recibir notificaciones en el móvil —le digo—. Así que lo apagué, pero eso significa que tampoco me recordó las citas pendientes. Lo siento mucho.
—No pasa nada —dice ella—. Me preguntaba si era tu forma de decirme que te echabas para atrás.
—¿Que me echaba para atrás?
—Tienes muchas decisiones que tomar —dice Amanda—. Podrías volver a Nueva York, podrías quedarte aquí, podrías mudarte con tu propia familia.
Me río, pero es una risa más amarga de la que esperaba. —Eso no es una opción. Mi propia familia nunca me acogería.
Amanda parece extrañamente pensativa. —Entonces, ¿Nueva York o aquí?
Me encojo de hombros. —Ahora mismo no puedo permitirme un apartamento en Nueva York. Creo que mis opciones son mudarme con mi novio antes de que ninguno de los dos esté preparado para ello o encontrar un hotel que nos deje limpiar habitaciones para pagar el alojamiento.
—Podrías venir a vivir conmigo —dice—. Tengo una casa de campo con siete dormitorios, ¿sabías?
No me había dado cuenta de que tenía tantos dormitorios. La cocina es bastante pequeña, igual que la de Jed. —¿Estás bromeando?
—En absoluto —responde ella.
Ni siquiera necesito pensarlo. —Me encantaría.
—Pero con una condición.
Se me encoge el corazón. Claro que habría una condición. —¿Cuál?