Capítulo Cuatro
ATASHA OBSERVABA POR las ventanas tintadas del todoterreno de Rayne mientras giraban hacia una carretera privada en la que nunca se había fijado.
El elegante vehículo negro pasó junto a un discreto pero claramente fortificado control de seguridad, donde los guardias armados saludaron a Rayne con un gesto respetuoso antes de dejarlos pasar.
—¿Dónde estamos? —preguntó, mientras los altos portones de hierro se abrían para revelar un camino sinuoso bordeado de robles centenarios.
—Mi casa. —La expresión de Rayne permaneció neutral, pero los nudillos se le pusieron blancos sobre el volante—. Una de ellas, al menos.
Atasha frunció el ceño.
—Pensaba que vivías en el ático del centro.
—Esa es mi residencia entre semana —le echó una mirada rápida—. Esta es más... privada.
El camino trazó una última curva y Atasha se quedó boquiabierta.
Ante ellos se extendía una impresionante casa de rancho de estilo español, aunque «casa» era del todo la palabra equivocada.
Era una mansión de un blanco reluciente contra el fondo de verdes colinas ondulantes, con torreones, balcones y un patio central visible a través de una entrada en arco.
—¿Esto es tuyo? —susurró.
—Bienvenida a Vis Abscondita. —Esbozó una leve sonrisa—. Fuerza Oculta.
—¿Con un salario del FBI? —La pregunta se le escapó antes de poder contenerse.
—Ya te lo dije. Dinero de familia.
El todoterreno se detuvo en la entrada principal, donde un hombre con un traje impecable los esperaba.
—Jueza Tolstoy —la saludó Rayne—. Gracias por venir con tan poco tiempo de aviso.
La jueza, una mujer formidable de unos setenta años con una melena plateada a la altura de la barbilla y ojos penetrantes, asintió.
—Lo que sea por el hijo de Lars Scott.
El teléfono de Atasha vibró en el bolso. Summerine. Le había mandado un mensaje antes a su amiga sobre el plan de protección de Rayne, pero no había mencionado lo del matrimonio.
Rayne le tocó el brazo.
—Tenemos que entrar. A la jueza Tolstoy no le gusta esperar.
—Solo quiero avisarle a Summerine de que estoy bien.
—Cuestiones de seguridad —dijo con voz amable pero firme—. Tenemos que minimizar el rastro digital hasta que estés legalmente bajo protección federal.
Vaciló un momento, asintió y silenció el teléfono.
Al entrar en la casa, Atasha intentó no quedarse boquiabierta ante los techos altísimos, los suelos de mármol y las impresionantes obras de arte que adornaban cada pared.
Aquello no era simple riqueza: era dinero de abolengo, del que no necesita ostentación.
Rayne se movía por la mansión como si apenas reparara en lo que le rodeaba, mientras que ella quería tocarlo todo.
—Es precioso —logró decir.
—Lleva en mi familia cuatro generaciones —dijo Rayne, y le puso la mano en la parte baja de la espalda para guiarla a través de unas puertas acristaladas hacia un solárium con vistas a los jardines—. Pensé que podríamos hacerlo aquí.
Habían transformado la habitación en un espacio íntimo para la boda. Rosas blancas llenaban jarrones de cristal, y los ventanales del suelo al techo ofrecían una vista impresionante del atardecer de Texas. Sobre una mesita descansaban varios documentos y una Biblia encuadernada en cuero.
—¿Cuándo has organizado todo esto? —preguntó atónita.
—Hice unas llamadas.
La jueza Tolstoy le sonrió.
—No se preocupe, querida. Conozco a Rayne desde niño. Oficié la renovación de votos de sus padres en su décimo aniversario.
Entraron dos empleados elegantemente vestidos con una bolsa de ropa.
—Para ti —dijo Rayne—. Por si quieres cambiarte.
Dentro de la bolsa había un vestido color marfil, sencillo pero exquisito, exactamente de su talla.
—¿Cómo...?
—Se me da muy bien mi trabajo. —Su sonrisa no le llegó a los ojos.
La empleada llevó a Atasha a un dormitorio cercano para que se cambiara. Mientras se ponía el vestido, que le quedaba perfecto, volvió a mirar el teléfono. Tres llamadas perdidas de Summerine.
El dedo se le quedó suspendido sobre el botón de llamada. Le parecía mal no contarle a su amiga, su única amiga de verdad en San Antonio, algo tan importante.
«Cuestiones de seguridad», había dicho Rayne. Confiaba en él, ¿no?
Estaba a punto de marcar cuando llamaron a la puerta.
—¿Señorita Que? La jueza Tolstoy no es famosa por su paciencia.
Volvió a silenciar el teléfono y lo guardó.
De vuelta en el solárium, Rayne se había puesto un traje a medida que le cortó la respiración. Se volvió cuando ella entró, y la forma en que la miró hizo que se le encendieran las mejillas.
—Estás preciosa —dijo en voz baja.
Intentó calmar el corazón desbocado mientras caminaba hacia él, concentrada en no tropezar con sus propios pies. Aquello era ridículo. No era una novia emocionada; era un arreglo práctico, un matrimonio de conveniencia para protegerla.
Entonces, ¿por qué sentía esa opresión en el pecho?
—¿Lista? —preguntó Rayne, y le tomó la mano.
—Tanto como puedo estarlo.
La jueza Tolstoy abrió la Biblia.
—Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio a Rayne James Scott y Atasha Marie Que.
La ceremonia fue breve pero extrañamente emotiva. Cuando llegó el momento de los anillos, Rayne sacó una alianza de platino que se deslizó perfectamente en el dedo de Atasha.
—No me dio tiempo a conseguirte uno —susurró avergonzada.
—No lo necesito —le apretó la mano—. Con esto me basta.
Cuando la jueza Tolstoy los declaró marido y mujer, Rayne le tomó el rostro entre las manos y la besó con una ternura que le encogió el corazón.
—Señora Scott —murmuró contra los labios de ella.
El título le provocó un escalofrío. Esto era real. Estaba casada.
Tras firmar el certificado de matrimonio, la jueza y sus asistentes se retiraron discretamente, dejando a Atasha a solas con su nuevo esposo en la enorme casa.
—¿Tienes hambre? —preguntó Rayne, rompiendo el silencio.
—Mucha, la verdad.
Ahora que la ceremonia había terminado, cayó en la cuenta de que no había comido nada desde el desayuno.
—La cocina está por aquí.
La guió a través de la casa, cada habitación más impresionante que la anterior, hasta que llegaron a una cocina gourmet que haría llorar de envidia a los chefs profesionales.
—No soy muy buen cocinero —admitió, abriendo el frigorífico—. Pero puedo arreglármelas con la pasta.
—Puedo ayudar —se ofreció ella, acercándose al fregadero para lavarse las manos.
Cuando abrió el grifo, el agua salió disparada en todas direcciones, empapándole la parte delantera del vestido de novia. Soltó un grito y forcejeó con la manilla, pero solo consiguió empeorar las cosas: el chorro golpeó el techo y rebotó hacia abajo.
—¡Lo siento mucho! —exclamó cuando por fin logró cerrarlo—. ¡No sé qué ha pasado!
Rayne se quedó inmóvil un instante y luego estalló en carcajadas: una risa profunda y genuina que transformó su rostro habitualmente serio.
—¡No tiene gracia! —protestó ella, mirándose el vestido arruinado—. ¡Es de diseñador!
—Tu cara —logró decir entre risas—. Parecía que te hubieran disparado.
No pudo evitarlo: su risa era contagiosa. Pronto ella también se estaba riendo, al caer de golpe en lo absurdo de la situación.
—Vaya novia que soy —dijo, escurriendo el agua de la tela—. Empapada en mi propia cena de bodas.
—Eres perfecta.
La sinceridad en su voz la pilló desprevenida.
Sus miradas se cruzaron desde extremos opuestos de la cocina, y algo cambió entre ellos. En tres zancadas, él estaba frente a ella, atrayéndola hacia sí a pesar del vestido mojado.
—Rayne, tu traje...
—Me da igual —gruñó, y la besó con una intensidad que le hizo olvidar todo lo demás.
Las manos de él recorrieron sus costados, dejando rastros de calor sobre la tela húmeda. Ella se arqueó contra él; su cuerpo recordaba el placer que le había dado en el sofá.
—Dormitorio —murmuró contra su cuello—. Ahora.
Ella asintió sin palabras mientras él la levantaba en brazos y la llevaba por la casa hasta una suite principal más grande que todo su apartamento. La cama era enorme, cubierta con telas lujosas, frente a una pared de ventanas con vistas a la propiedad.
La dejó junto a la cama sin apartar los ojos de los suyos mientras le bajaba lentamente la cremallera del vestido mojado. El vestido cayó al suelo con un ruido sordo y húmedo, dejándola solo en ropa interior.
—Perfecta —repitió, mientras sus dedos trazaban la curva de su cintura.
Ella le agarró la corbata y tiró para aflojarla.
—Te toca.
Él la dejó desvestirlo, paciente mientras ella le desabrochaba los botones de la camisa uno a uno. Cuando le deslizó la camisa por los hombros, no pudo evitar quedarse mirando. Su pecho era ancho y musculoso, salpicado de cicatrices que contaban historias que anhelaba escuchar.
—Viejas heridas —dijo, siguiendo su mirada—. Riesgos laborales.
Ella trazó una línea irregular cerca de su corazón.
—Esto podría haberte matado.
—Casi.
Le cogió la mano y se la puso sobre el pecho.
—Pero sigo aquí.
Mientras terminaban de desvestirse, Atasha sintió un aleteo de nervios en el estómago. Nunca había estado completamente desnuda con un hombre.
—No tenemos que hacer nada esta noche —dijo Rayne, que había notado su vacilación—. No es cuestión de...
—Quiero.
Las palabras le salieron antes de poder pensárselo mejor.
—O sea, ya estamos casados, y yo...
Él la silenció con un beso y la fue guiando hacia atrás hasta que las piernas de ella chocaron con la cama. Mientras la tumbaba, el codo de ella golpeó el borde de la mesita de noche y tiró una lámpara, que se estrelló contra el suelo.
—¡Dios mío, lo siento mucho! —Intentó sentarse, mortificada.
Rayne la volvió a tumbar con suavidad.
—Déjala.
—Pero parecía cara...
—Tú eres más importante.
La besó de nuevo, más profundamente esta vez, hasta que ella olvidó la lámpara, su torpeza, todo excepto la sensación del cuerpo de él contra el suyo.