Capítulo 63
Mientras durara la recuperación de Jesús, aquel había sido el pacto. Se lo prometieron el uno al otro, estrechándose la mano con fuerza y mirándose a los ojos, como hacen las personas de las que te puedes fiar.
Seis meses habían pasado en un santiamén. Por suerte, todo había salido bien y, con la perspectiva que daba el paso del tiempo, Carla estaba convencida de que había actuado de la manera correcta.
—Ya está aquí, doctora —le dijeron desde recepción.
—Muchas gracias. Ahora voy.
Colgó el teléfono del despacho con una calma casi solemne.
Era un día importante. Contempló el entorno brevemente con la certeza de tenerlo todo bajo control.
Misión cumplida. Futuro abierto. El miedo, esa vieja rémora durante años enquistada en ella, ya no estaba. Efectivamente, era una persona nueva.
En el ascensor, bajando desde la planta noble hasta la recepción, dejó que los últimos meses desfilaran por su mente como una retrospectiva acelerada.
Desde la baja de Jesús había lidiado con cosas a las que nunca se habría creído capaz de enfrentarse.
Y no solo lo había hecho; había aprobado con nota.
Había redefinido el ICIB , había borrado todo rastro del paso de Teresa Alsina y sobre todo había garantizado la viabilidad económica del instituto manteniendo la subvención de la consejería de Sanidad tras la sonada dimisión de Sara Mauri.
El ascensor tintineó y las puertas se abrieron con suavidad.
Carla avanzó por el vestíbulo con paso tranquilo hasta detenerse frente al busto de Toni.
Lo observó en silencio durante largos segundos.
Demasiado largos, quizá. Una sucesión de recuerdos le cruzó el pensamiento y en sus labios apareció la sonrisa de quien ríe último, de quien sabe que ha ganado.
Los restos de un enemigo pueden reavivarse como el fuego o un cáncer, así que, cuando Jesús le contó el plan, no tuvo ninguna duda porque sabía de sobra que las serpientes saben aprovechar las segundas oportunidades.
Medio año después de haber visto el cadáver de Toni sin corazón, todavía sentía la dulce anestesia del descanso.
Y sí, también algo más oscuro. Qué coño.
Con el busto de Toni delante de ella, pensó en lo azaroso que es el destino. No se arrepentía, la verdad. Volvería a hacerlo.
De repente, una mano en el hombro la hizo volver al presente.
—Nelson, has venido.
—Me dijiste que hoy podría verlo.
—Sí. Justo ahora acaban de traerlo. —Carla hizo un gesto con la mano—. Míralo, aquí lo tienes.
Al lado del busto de Toni se alzaba el de Jesús. Todavía reciente, todavía demasiado nuevo. Al día siguiente harían el descubrimiento oficial en el primer gran acto de homenaje. Nelson se quedó inmóvil mirándolo. Y una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Ostras, Carla, la operación fue bien… —Nelson negó incrédulo con la cabeza.
—Sí, fue un éxito. Los primeros días todo indicaba que estaba recuperándose —le dijo ella con voz suave—.
Pero confundimos algunos signos con el cansancio habitual.
En el ecocardiograma empezamos a ver una disfunción ventricular.
El corazón se contraía, pero no con la fuerza adecuada.
Y después detectamos líquido en los pulmones.
—¿Eso lo visteis cuando hicisteis la biopsia?
—Sí, cuando hicimos la biopsia endomiocárdica. Al principio no era concluyente. Solo signos incipientes. Pero en estos casos la línea es muy fina.
Nelson bajó la mirada.
—Los niveles de inmunosupresión estaban dentro del margen —añadió Carla—.
En el límite bajo, pero eran aceptables.
Actuamos enseguida con corticoides, anticuerpos…
Seguimos estrictamente el protocolo. Pero el corazón dejó de responder.
Él mismo aprobó el tratamiento, ya lo sabes.
Y yo estuve al pie del cañón todos los días, animándolo, administrándole todos y cada uno de los medicamentos. Qué menos podía hacer por Jesús.
—Y te estaré agradecido toda la vida, Carla.
—Es lo mínimo que podía hacer por un amigo.
El trasplante había sido un éxito. Eso era una verdad absoluta.
Carla tenía unas manos de oro para operar y así lo demostró.
Pero en el postoperatorio todo se complicó.
Y no. No había sido mala suerte. De manera consciente, Carla retrasó el tratamiento necesario y, al pie del cañón al lado de su amigo, ella misma le administró una dosis incorrecta de inmunosupresores, diferente de la que indicaba la pauta.
Una ligera desviación fue más que suficiente.
Sutil. Ningún gran sabotaje evidente. Nada inmediato.
Cosa de días. De días contados. El cuerpo hizo lo demás.
El corazón falló, y con él todo el resto.
El resultado fue un rápido rechazo del corazón trasplantado, y en un par de semanas Carla borró del mapa a los dos hombres a los que había estado sometida durante años.
Estar en el momento equivocado y en el lugar equivocado tuvo consecuencias imprevisibles, y escuchar aquella conversación entre Jesús y Toni escondida en la antesala de la habitación de la UCI lo cambió todo.
Después de años con Hacienda echándole el aliento en la nuca por el caso CardioAdvance, Jesús había repetido el patrón con Baltasar Padilla a espaldas de Carla.
Rabia, menosprecio, manipulación, desilusión, injusticia: echa todo esto en una coctelera, agítala y verás qué te sale.
Una aprende de las hostias. Y a lo largo de su vida había acumulado las suficientes para hacer una antología.
Cuando pones tu vida en manos de una persona, antes debes asegurarte de no haberla herido. Había pasado el tiempo suficiente para que supiera que cargar con esas muertes no le pesaba en la conciencia.
Carla había intentado justificarse a sí misma con todo tipo de argumentos; del primero al último, todos mentira.
Pero cuando se miraba en el espejo salía la verdad: estaba harta.
Harta de quedar por detrás, de ser invisible y de vivir a la sombra.
Quería reinar. Tras toda una vida menospreciada por ese par, había llegado su momento.
El del reconocimiento público, ser una voz autorizada, cabeza de cartel en los congresos, referencia en los medios, recibir premios, salir en la foto, investigar, descubrir, mandar, decidir y ser libre.
En definitiva, brillar con luz propia. Siempre le habían dicho que cada uno se forja su futuro.
Pues eso es exactamente lo que ella había hecho con el suyo.