El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 13 — Quince testigos
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Capítulo 13 — Quince testigos

Quince testigos

C omprobar la coartada de Rui Almada les llevó dos días y una llamada incómoda al conserje del Hotel Palácio de Cascais.

—El señor Almada cenó aquí la noche que dice —confirmó el conserje—.

Con un cliente japonés. Se marcharon pasada la medianoche.

Pero hubo algo que no olvido: el señor Almada pidió dos veces el mismo vino, y la segunda vez dijo que le recordaba a su abuela.

El cliente japonés no entendió la broma.

Almada tampoco rió. Fue la única vez que le vi la cara sin máscara.

Elena colgó el teléfono.

—Entonces no fue él.

—No fue él —confirmó Mariana—. Pero eso no significa que no sepa algo. Los hombres como Almada siempre saben más de lo que dicen.

Volvieron a la galería. Almada no pareció sorprendido.

—¿Ya comprobaron lo de Cascais?

—Sí.

—Entonces solo puedo ofrecerles una cosa más. —Sacó un sobre pequeño del cajón de su escritorio—. Henrique me envió esto antes de morir. No era una venta. Era una despedida.

Dentro había una fotografía reciente: la fachada de la Pastelaria Salema, con Henrique señalando hacia los azulejos del mostrador, y detrás de él, apenas visible en el reflejo del cristal, la silueta de un hombre con sombrero y una cojera leve.

—¿Quién es? —preguntó Almada, señalando el reflejo—. Llevo días preguntándome si esa figura tiene algo que ver con lo que le pasó.

Mariana y Elena se miraron. Ninguna respondió. Pero ambas sabían que aquella silueta no era nueva para ellas. La cojera, el sombrero, la forma de moverse: todo encajaba.

Salieron de la galería con la fotografía guardada junto a los fragmentos de azulejo.

Mientras caminaban, Elena se detuvo un momento frente a una tienda de antigüedades y, en el reflejo del escaparate, creyó ver la misma silueta al otro lado de la calle.

Cuando se giró, no había nadie. Pero la sensación de ser observada no la abandonó durante el resto del camino.