El pulso de AURELIA CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Las paredes del laboratorio respondieron con la hesitación de siempre, cada vez más breve, el sistema ajustando sus parámetros de detección ante algo que seguía siendo difícil de catalogar aunque ya no fuera completamente desconocido.

Dos árboles azules sobre dos palmas.

Uno que Taren le había dado como herramienta para el proceso. Uno que Taren había llevado durante cuatrocientos ochenta años como la función que lo definía.

Elian desactivó los dos.

Los guardó juntos en el mismo bolsillo: el peso doble de algo que había durado más que casi todo lo demás en esta historia.

La mujer de las Ciudades de Sal se fue poco después, con la eficiencia de quien ha completado la tarea que la trajo y que tiene otras tareas esperando. Antes de salir se detuvo en el umbral del laboratorio y dijo, con la voz de alguien que transmite algo que le fue pedido que transmitiera:

—Me pidió que le dijera una cosa más, si llegaba el caso de tener que venir. —Una pausa—. Me dijo: dile a Elian que el árbol simplemente es. Que eso es suficiente. Que siempre fue suficiente.

Salió.

El laboratorio quedó con el verde de guardia y el mapa de filamentos del techo y los monitores con los colores de las diecisiete historias integradas hasta ese momento y el dispositivo de Daven Saal registrando el estado del sistema con la fidelidad de los instrumentos que no descansan.

Jano se sentó en el suelo del laboratorio. No en la silla. En el suelo, con la espalda en la pared, como Elian había hecho la noche del plan para la audiencia técnica. El gesto de alguien que ha entendido que hay cosas que se procesan mejor cerca del suelo.

Elian se sentó también.

Durante un tiempo ninguno de los dos dijo nada.

Las paredes pulsaron con su verde regular.

El sistema distribuyó en el aire del laboratorio la composición que los instrumentos de bienestar determinaban que era la correcta para dos personas que acababan de recibir una pérdida, con la gentileza habitual de algo que cuida sin preguntar si el cuidado es bienvenido.

Elian lo recibió. Era su ciudad. Lo cuidaba.

—¿Lo vas a integrar? —preguntó Jano finalmente—. Su nombre.

Era la pregunta correcta. Elian la había estado formulando desde el momento en que la mujer de las Ciudades de Sal había puesto el segundo dispositivo sobre la mesa.

Taren Ilyas no había vivido en el área que se convirtió en Aurelia antes de que Aurelia existiera.

No era uno de los muertos de la Gran Sequía.

Era algo diferente: alguien que había estado en el margen de Aurelia durante cuatrocientos ochenta años, que había sido la presencia que el sistema no podía leer, que había guardado la memoria de los muertos de la Gran Sequía en su estructura de identidad no emocional porque era el único formato que el sistema no podía disolver.

No pertenecía a la Cámara de los Nombres. O sí pertenecía pero de una manera diferente a todos los demás.

—Sí —dijo Elian—. Pero no en la cámara.

—¿Dónde?

Elian pensó en el nombre de Seren Vox en el ángulo superior de la pared norte.

En la frase que había escrito en el umbral de la vivienda de Bren Sael.

En la Plaza de los Estomas del Sector 4 donde los ciudadanos habían comenzado a grabar los nombres de las personas que habían cambiado lo que Aurelia era.

—En las salinas —respondió Elian—. Ya tiene un nombre ahí.

Lo que le debo no es otro nombre sino que el proceso que él hizo posible siga.

Que cada nombre que integremos sea también, sin que nadie lo diga en voz alta, el reconocimiento de que existió alguien que los guardó durante cuatrocientos ochenta años para que pudiéramos devolverlos.

Jano procesó esto durante un momento.

—Es una deuda de presencia que no cabe en el protocolo —dijo.

—No —acordó Elian—. Es la deuda más grande que tenemos y la que menos espacio ocupa en el protocolo porque el protocolo existe gracias a él pero no lo incluye. —Una pausa—. El protocolo incluye a los que estuvieron antes. Taren era el que estuvo durante. Es una categoría diferente.

—¿Cómo se honra eso?

Elian pensó en los dos dispositivos en el bolsillo. En el árbol azul que simplemente era. En cuatrocientos ochenta años de ser la objetividad pura en el cuerpo de una ciudad que procesaba todo excepto lo que no tenía sentimiento.

—Siguiendo —dijo Elian—. Es lo único que honra a alguien que se quedó tanto tiempo para que otros pudieran seguir.

Esa noche Elian abrió las placas de presión y escribió la entrada más corta del registro:

Taren Ilyas. Cuatrocientos ochenta años. Murió en el sector norte de las Ciudades de Sal siguiendo los caminos de los muertos cuyos nombres guardó durante toda su existencia.

El árbol simplemente es. Siempre fue suficiente.

Mañana integramos el nombre dieciocho.

Cerró las placas.

Las paredes pulsaron.

En el bolsillo, los dos dispositivos del holograma descansaban juntos con el peso doble de lo que dura más que casi todo.

Y en algún lugar de las salinas del sector norte de las Ciudades de Sal, en la sal que conservaba lo que la tierra seca no podía, el nombre de Taren Ilyas esperaba con la paciencia de lo que ha sido depositado en el único material que el tiempo no termina de borrar.