El pulso de AURELIA CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Lo Que el Desierto Guarda

El segundo mensajero de las Ciudades de Sal llegó en el año tercero del protocolo, en el mes de la decimoséptima integración, cuando el equipo acababa de narrar al sistema la historia de una mujer llamada Dael Orr que había sido cartógrafa en los últimos años de la era anterior y que había pasado los meses finales de la Gran Sequía dibujando mapas del barrio que desaparecía, mapas que nadie había pedido y que nadie había podido llevarse cuando llegó el momento de irse pero que Dael Orr había enrollado y guardado en el conducto de ventilación del tercer piso del edificio de la calle Solis con la convicción de que las cosas que documentan lo que existió merecen ser guardadas aunque nadie sepa todavía para quién.

Elian había narrado la historia de Dael Orr al sistema con los mapas extendidos sobre la mesa del laboratorio, frente a los receptáculos de gel, para que la geometría del barrio que ya no existía estuviera presente en el espacio de la narración aunque el sistema no pudiera ver los mapas.

Era un gesto que no tenía justificación técnica.

Era también, comprendió mientras lo hacía, exactamente el tipo de gesto que el protocolo había enseñado a hacer: el que no cabe en el catálogo pero que pertenece al idioma de lo que se hace cuando se quiere decirle a alguien que lo que vivió importó.

El color que el sistema produjo en respuesta a la historia de Dael Orr fue el más complejo hasta la fecha: un marrón dorado con componente de ocre, el color específico del papel viejo que todavía contiene información, que Deven Saal describió en el informe con la precisión de quien ha encontrado la descripción exacta y no necesita más palabras para completarla: el color de los mapas.

Era también, Elian lo pensó pero no lo escribió en el informe porque algunas observaciones pertenecen a las placas de presión y no a los registros del Consejo, el color del desierto exterior.

El color del mundo que existía fuera de la cúpula de Aurelia, donde Taren llevaba más de dos años recorriendo lo que había para recorrer.

El segundo mensajero llegó esa tarde.

No tenía el mismo aspecto que el primero.

Era una mujer de unos cuarenta años con la constitución específica de alguien que ha pasado tiempo considerable en el exterior de las ciudades, no solo en las Ciudades de Sal sino en los espacios entre ellas: la piel con el curtido del sol sin filtros, las manos con las durezas de quien trabaja con materiales que no ceden, la postura de quien ha desarrollado un sentido del espacio diferente al de los ciudadanos de Aurelia porque el espacio en que ha vivido no tiene techos.

Preguntó por Elian Virel en el punto de acceso del Sector 4 con el nombre pronunciado con la exactitud de quien lo ha memorizado para este momento y que sabe que no puede cometer el error de pronunciarlo mal.

Jano la recibió y la acompañó al laboratorio.

Entró y miró el espacio con la atención de quien evalúa un lugar que ha oído describir pero que ve por primera vez, y lo que Elian leyó en esa evaluación no fue curiosidad sino algo más cercano a la verificación: comprobando que el lugar correspondía a la descripción que alguien le había dado.

—¿Taren te habló de este laboratorio? —preguntó Elian, porque era la única explicación para esa mirada específica.

—Me habló de usted —respondió la mujer—. Y del laboratorio. Y del árbol azul que el sistema no podía leer. —Una pausa—. Me dijo que si alguna vez llegaba aquí y el árbol estaba en el laboratorio, significaba que el proceso había comenzado de la manera correcta.

Elian miró el dispositivo de proyección que llevaba en el bolsillo desde el día en que Taren se lo había dado.

No lo había activado en la sesión de esa mañana porque la historia de Dael Orr y los mapas habían tenido suficiente peso propio para no necesitar el peso adicional de la objetividad pura.

Pero estaba ahí, como estaba siempre: el peso pequeño y exacto de algo diseñado para durar.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Elian.

La mujer no respondió de inmediato. Sacó del interior de su túnica exterior —de lana prensada, el tipo que las Ciudades de Sal usaban para las jornadas de trabajo en el exterior— un objeto envuelto en tela que Elian reconoció antes de verlo completamente por el peso con que lo ponía sobre la mesa: la densidad específica de algo pequeño que es más pesado de lo que parece porque ha acumulado el peso de lo que significa a lo largo del tiempo.

Era el dispositivo del holograma.

Otro dispositivo. No el que Elian llevaba en el bolsillo.

Otro, idéntico en tamaño y en forma, con la misma superficie lisa del polímero de la era anterior y el mismo desgaste específico de algo que ha sido sostenido por una mano durante cuatrocientos años.

El segundo dispositivo que Davan Ilyas había construido en el año ochenta y uno de la Gran Sequía, el que había guardado como respaldo porque en el año ochenta y uno de la Gran Sequía uno construía siempre dos de todo lo que importaba, porque el mundo era el tipo de mundo en que las cosas se rompían antes de que uno estuviera listo para que se rompieran.

Taren había llevado siempre los dos.

Elian no lo había sabido.

—Lo encontramos con él —dijo la mujer—. En la Cuenca de los Suspiros Minerales.

—Una pausa—. Llevaba dos semanas en la ruta de exploración que había planeado solo, sin guía, hacia el interior de las formaciones de cuarzo del sector norte.

No es una ruta que nadie recorra en esa época del año.

El viento allí cambia de dirección en las horas centrales del día con una velocidad que los que no conocen esa zona no anticipan.

—Otra pausa, más larga—. Murió en el segundo día de exploración.

No de manera violenta. El corazón, según los médicos de las Ciudades de Sal que lo encontraron cuatro días después.

Un corazón que llevaba cuatrocientos ochenta años trabajando.

El laboratorio guardó silencio.

Jano, que estaba en la puerta, se apoyó en el marco con el gesto de quien necesita un punto de contacto físico con algo que no se mueva mientras recibe algo que desplaza.

Elian miró el segundo dispositivo sobre la mesa.

Pensó en la carta. Las Ciudades de Sal tienen sus propios muertos.

He estado hablando con ellos sobre lo que ocurrió en Aurelia este año.

Hay algo más que encontré en el desierto.

No estoy listo para describirlo todavía porque necesito entenderlo mejor antes de que lo describas. Cuando esté listo, vuelvo.

No había estado describiendo una promesa. Había estado describiendo la intención que tenía en el momento en que escribió la carta, que era real, y que el mundo exterior no había podido cumplir por la sola razón de que el mundo exterior no consulta a nadie antes de ser lo que es.

Cuatrocientos ochenta años.

El corazón que Davan Ilyas había heredado de sus padres en el año cincuenta y seis de la Gran Sequía y que había latido a través de cuatro cuerpos y cuatrocientos ochenta años de ser el testigo de lo que el sistema no podía ver, había decidido, en las formaciones de cuarzo del sector norte de las Ciudades de Sal, que había latido suficiente.

—¿Qué encontró? —preguntó Elian—. En el desierto. ¿Saben qué estaba buscando?

La mujer sostuvo la pregunta durante un momento con la expresión de quien considera si la respuesta que tiene es la respuesta que la pregunta merece o si es solo la respuesta que tiene disponible.

—Estaba siguiendo las rutas de los últimos grupos que salieron del área durante la Gran Sequía —dijo finalmente—.

Las rutas que nadie había documentado porque en ese momento nadie estaba en condiciones de documentar nada.

Los caminos que existieron entre el éxodo y el establecimiento de las Ciudades de Sal, cuando la gente caminaba porque era lo que había para hacer y dejaba en el paisaje las marcas que los cuerpos en movimiento dejan: los caminos desgastados, los lugares donde descansaron, los puntos donde encontraron agua o donde no la encontraron.

—Una pausa—. Creía que algunas de las personas cuyos nombres están en la cámara de Aurelia habían recorrido esas rutas.

Que sus caminos estaban grabados en el desierto de la misma manera en que sus nombres estaban grabados en el concreto.

Solo que el desierto los había guardado en el idioma del viento y la erosión en lugar del idioma del grafito sobre piedra.

Elian lo recibió con el silencio que merecía.

Taren había muerto buscando los caminos de los muertos cuyos nombres estaban en las paredes de la cámara. Había muerto haciendo lo que había hecho durante cuatrocientos ochenta años: siendo el testigo de lo que el sistema no podía ver.

Solo que esta vez el sistema no podía verlo a él tampoco.

—¿Lo enterraron? —preguntó Elian.

—En las salinas —respondió la mujer—. Con los nuestros.

—Una pausa—. Dijo, en las semanas que estuvo en las Ciudades de Sal antes de partir hacia el interior, que le gustaría que su nombre fuera preservado de la misma manera que ustedes preservan los nombres en Aurelia.

No en un sistema. En la sal. —Miró el dispositivo sobre la mesa—.

Y que si algo le ocurría antes de poder volver, que trajéramos esto.

Elian tomó el segundo dispositivo.

Tenía el mismo peso que el primero. La misma temperatura de la superficie lisa. Las mismas marcas microscópicas de los dedos que lo habían sostenido durante tiempo suficiente para que el contacto dejara su huella sin que nadie lo planeara.

Lo activó.

El árbol azul apareció sobre su palma: estático, geométrico, sin la vida que hubiera tenido si hubiera sido un árbol real. La imagen idéntica a la del dispositivo que llevaba en el bolsillo. La misma geometría sin carga emocional. El mismo objeto que el sistema no podía leer.