CAPÍTULO 9 #2
El fluido ambar sostuvo su capa delgada sobre las paredes.
El suelo mantuvo sus treinta y cuatro grados exactos bajo las botas de Elian.
La bioluminiscencia amarilla continuó su parpadeo de precaución con la regularidad de algo que no sabe que lo que está advirtiendo ya no es una emergencia sino algo más complejo para lo que el catálogo de colores de la ciudad todavía no tenía nombre.
—¿Tienes miedo? —preguntó Taren.
La pregunta llegó sin preámbulo, sin la modulación de voz que los ciudadanos de Aurelia usaban cuando hacían preguntas que sabían que podían ser difíciles. Solo la pregunta, directa, con la calidad de las cosas que solo pueden ser dichas de una manera.
Elian consideró responder con la verdad parcial: no de los Equipos de Calibración. O con la verdad técnica: el miedo no es el parámetro relevante en este momento. Ambas eran verdad y ambas serían maneras de no responder lo que había sido preguntado.
—Sí —dijo.
Taren esperó.
—Miedo de lo que hay debajo —continuó Elian—.
No del riesgo físico. Del peso. De lo que significa saber lo que hay en la cámara y no poder desaber.
De lo que significa ser la persona que lo sabe y que tiene que decidir qué hacer con eso.
—Hizo una pausa—. Kira construyó el olvido porque le tenía miedo al peso de la historia.
Y yo entiendo ese miedo ahora mejor de lo que lo entendía esta mañana.
—¿Y lo entender te hace creer que tenía razón?
—Me hace creer que el miedo era real —respondió Elian—. No que la respuesta al miedo era la correcta.
—¿Cuál es la diferencia?
—La diferencia es que el miedo real merece ser reconocido —dijo Elian—.
No resuelto. No disuelto en fluido mnemótico antes de que pueda ser entendido.
Reconocido. Sostenido el tiempo suficiente para que quien lo siente pueda decidir qué hacer con él.
—Pausa—. Kira disolvió su propio miedo en el sistema.
Y al hacerlo construyó un sistema que disolvía el miedo de todos los demás antes de que pudieran decidir qué hacer con él.
El problema no era el miedo. Era la prisa en no tenerlo.
Taren lo miró durante un tiempo. La luz amarilla de las paredes iluminaba su cara con el tono específico de la precaución: no el verde del bienestar, no el rojo de la alarma, el color intermedio del sistema que dice algo está ocurriendo y todavía no sé qué.
—¿Y el miedo que tienes ahora? —preguntó Taren—. ¿Qué vas a hacer con él?
Elian pensó durante un momento.
—Llevarlo —respondió—. Bajar con él a donde tenemos que bajar.
Dejar que esté presente mientras lo que hay que hacer se hace.
—Pausa—. Seren me enseñó que la ciudad responde mejor a quien llega dispuesto a escuchar antes de pedir.
Lo que no me dijo, o lo que yo no supe escuchar entonces, es que eso también aplica al miedo propio.
Que el miedo responde mejor a quien lo lleva que a quien lo disuelve.
Taren no respondió. Pero algo en su postura cambió levemente, el ajuste casi imperceptible de alguien que ha oído exactamente lo que necesitaba oír sin haber sabido que lo necesitaba hasta el momento en que lo oyó.
El silencio del corredor se extendió durante tres minutos exactos.
Luego, desde los conductos superiores, llegó el sonido que ambos estaban esperando y no esperando: el inicio de los Atomizadores en fase de activación. La frecuencia ultrasónica que precedía al sellado. Dos minutos, con autorización de emergencia máxima.
—¿Listo? —preguntó Taren, con la economía de quien no añade nada a lo que ha dicho porque lo que ha dicho ya es todo lo que se puede decir.
Elian se levantó del suelo donde había estado sentado sin notar que se había sentado.
—No —respondió, con honestidad simple—. Pero vamos.
Bajaron.
La ciudad los recibió en el descenso con la reacción que Elian ya conocía: el corredor del conducto del Nodo 42-B con su transición gradual de la fibroína viva al tejido en latencia al concreto puro.
Pero esta vez la transición tenía un componente nuevo que Elian notó en los primeros metros del descenso y que no supo catalogar en el idioma técnico porque no tenía entrada en el catálogo: las paredes del conducto, en la zona de transición entre la biomasa y el tejido en latencia, estaban ligeramente más frías que en la vez anterior.
No mucho. Un grado, quizás dos. La diferencia entre la temperatura de algo que ha sido regulado hace pocas horas y la temperatura de algo que lleva más tiempo sin regulación.
Era la primera vez que Elian descendía por un conducto que la ciudad había dejado de regular activamente mientras él estaba en él.
El sistema sabía que estaba aquí. Lo detectaba, lo registraba, intentaba alcanzarlo con sus protocolos de ajuste.
Pero la urgencia del proceso de sellado en los niveles superiores había redistribuido los recursos del sistema, y en este conducto específico, en este momento específico del ciclo de emergencia, el ajuste térmico llegaba con un retraso que producía ese grado o dos de diferencia.
Era pequeño. Era casi nada. Era, sin embargo, la primera vez que Elian sentía en el cuerpo la diferencia entre lo que el sistema hacía y lo que el sistema no hacía, no en el Estrato Ciego donde el sistema nunca había llegado sino en el tejido vivo de la ciudad donde el sistema siempre llegaba.
Era el sistema llegando tarde.
Y en el retraso había algo que no era confort pero que era información del tipo que el sistema habitual no proporcionaba: la evidencia de que la temperatura del mundo no era la temperatura que el sistema establecía sino la temperatura que el mundo tenía cuando el sistema no llegaba a tiempo a cambiarla.
Un grado. El precio de la verdad. El precio que Taren había estado pagando durante cuatrocientos setenta y nueve años en cada espacio donde el sistema no lo regulaba.
Elian descendió un metro más y notó que el frío había aumentado otro medio grado.
Siguió bajando.
En el Estrato Ciego, mientras avanzaban hacia la Cámara de los Nombres por los corredores del mundo anterior, Taren contó a Elian la última parte de lo que llevaba en la estructura de identidad sobre la noche en que Kira tomó la decisión definitiva.
No la decisión de escalar el fluido mnemótico a toda la ciudad.
Eso había sido una decisión de ingeniería, tomada en el laboratorio con los datos del prototipo sobre la mesa.
La decisión que Taren contó fue otra: la decisión de disolver su propia identidad en el sistema cuando la ciudad alcanzara masa crítica.
De no ser Kira-la-persona-que-tomó-decisiones sino convertirse en Kira-la-arquitectura-que-sostiene-el-resultado.
—Davan intentó convencerla de que no lo hiciera —dijo Taren, mientras la linterna de Elian iluminaba los corredores de ladrillo del Estrato profundo—.
No porque no entendiera la lógica del diseño.
La entendía. Sino porque pensaba que Kira estaba usando el diseño para hacer algo que el diseño no requería: usar la disolución en el sistema como una manera de no tener que vivir con las consecuencias de lo que había construido.
—¿Y Kira? —preguntó Elian.
—Kira dijo que las consecuencias del sistema debían ser sostenidas por el sistema, no por la persona que lo había construido.
Que si ella permanecía como individuo, su presencia continuaría modificando el sistema de maneras que no podían ser previstas.
Que la única manera de que el sistema fuera lo que debía ser era que ella dejara de ser lo que era.
—¿Creía eso?
—Davan pensó siempre —respondió Taren— que Kira creía una parte y usaba la otra para justificar lo que en realidad era agotamiento.
Que habían sido demasiados años construyendo algo demasiado grande y que la disolución en el sistema era, entre otras cosas, una forma de descansar de ser la persona que tenía que sostener eso.
Elian pensó en eso mientras caminaban por los corredores del mundo que había existido antes de Aurelia. Los techos bajos, las paredes de ladrillo, el suelo de cerámica. El mundo que no respondía. El mundo que Kira había cubierto con la carne de algo que respondía a todo.
—¿Y si tenía razón en las dos cosas? —dijo Elian—. ¿Y si disolver su identidad en el sistema era a la vez la elección de ingeniería correcta y la expresión de un agotamiento que nadie tenía derecho a juzgarle?
Taren no respondió de inmediato. Caminaron durante treinta metros en silencio antes de que él dijera:
—Entonces —respondió Taren— Kira era más humana de lo que el sistema que construyó dejó ser a sus habitantes.
Tomó una decisión que era a la vez racional y vulnerable.
Que era a la vez un acto de amor y una expresión de cansancio.
Que contenía la contradicción de ser las dos cosas sin que ninguna anulara a la otra.
—Y el sistema que construyó —dijo Elian— aprendió de ella la compasión pero no la contradicción.
—El sistema que construyó —respondió Taren— aprendió de ella la compasión. La contradicción la dejó aquí abajo, en el concreto, esperando a que alguien bajara a buscarla.
Llegaron al corredor de biosponja calcificada que precedía a la Cámara de los Nombres.
Elian se detuvo frente al umbral. La misma cortina de biosponja translúcida que habían atravesado antes.
Detrás, la bioluminiscencia natural de los microorganismos y los miles de nombres en las cuatro paredes y el nombre de Mira Varel en la pared norte y la marca de los filamentos de oro que habían sostenido la sombra de Kira y que ahora eran solo el residuo de lo que había sido y ya no era.
—Ella construyó esta cámara primero —dijo Elian.
—Antes que la ciudad —confirmó Taren—. Esta cámara es lo primero que Kira construyó. No el laboratorio de fluidos. No el primer tejido biosintético. Esto. Los nombres de los que ya habían muerto antes de que hubiera un sistema para procesarlos.
—¿Por qué?
—Porque —respondió Taren— antes de construir el olvido quiso construir un lugar donde no hubiera olvido.
No para los vivos, que iban a vivir en el sistema que ella estaba a punto de crear.
Para los muertos que no habían llegado a vivir en él.
Para Mira, que había muerto un año antes de que el prototipo estuviera listo.
—Una pausa—. La cámara es la única parte de Aurelia que Kira construyó sin el sistema.
La única parte donde no hay mediación. Donde lo único que hay son los nombres y la piedra y la luz de organismos que no saben que alumbran.
Elian atravesó la cortina de biosponja.
Entró a la cámara con el miedo que había reconocido en el corredor del Sector 4 todavía presente, llevado como había dicho que lo llevaría: no disuelto, no resuelto, simplemente presente como estaba presente el frío del suelo y el olor del tiempo sobre el concreto y la luz verde pálida de los microorganismos que iluminaban los miles de nombres sin saber que los iluminaban.
Lo llevó todo el tiempo que estuvo en la cámara.
Y cuando salió por la segunda puerta hacia la profundidad del Estrato Ciego, con el sonido de los Atomizadores ya claramente audible en los conductos superiores y el tiempo real apretando cada segundo, lo que llevaba con él no era solo el conocimiento de lo que había en la cámara.
Era el miedo de saberlo.
Y la decisión de no disolver ese miedo en ningún fluido de ninguna ciudad que prometiera hacerlo más fácil de sostener.