El pulso de AURELIA CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El Peso del Nombre Propio

Elian había cruzado ese mercado cientos de veces.

Lo había cruzado con la indiferencia entrenada del técnico que trabaja en los sistemas de la ciudad y que por esa razón los percibe de una manera diferente a como los perciben los ciudadanos ordinarios: no como el ambiente natural de la existencia sino como el mecanismo que produce ese ambiente, con toda la distancia que esa comprensión mecánica introduce entre el observador y lo observado.

Había cruzado el mercado mirando las paredes, leyendo el estado del fluido en la bioluminiscencia de los paneles, calibrando el porcentaje de neurotransmisor sintético en el aire con la mucosa nasal que los años de trabajo habían educado hacia una sensibilidad casi instrumental.

Esa tarde lo cruzó mirando a las personas.

No porque hubiera tomado la decisión de mirar de manera diferente.

Sino porque el olor a cal todavía estaba en algún lugar entre sus fosas nasales y la conciencia, y el mapa de los cuatro ángulos rectos todavía pulsaba en el papel de su cuaderno con la geometría imposible de una figura que no debería existir en el cuerpo de Aurelia, y esa combinación de presencias había producido en él un estado que en el catálogo técnico del sistema se llamaría recalibración perceptual de nivel dos y que en los términos más honestos del lenguaje no técnico significaba simplemente que no podía mirar las cosas como siempre las había mirado porque algo había cambiado en el ángulo desde el que las miraba.

El mercado era un espacio de unos trescientos metros cuadrados donde la biomasa de las paredes crecía con una densidad mayor que en los corredores adyacentes, produciendo una temperatura interior dos grados más alta que el estándar del sector y un nivel de bioluminiscencia que los técnicos de bienestar ambiental habían calibrado para favorecer lo que los documentos oficiales llamaban intercambio social de alta densidad emocional.

En términos prácticos: el mercado era más cálido, más brillante y más vivo que el resto del corredor porque los ciudadanos que lo frecuentaban necesitaban esas condiciones para hacer lo que venían a hacer, que era intercambiar objetos impregnados de historia con la confianza de que la historia que cedían y la historia que recibían eran equivalentes en su peso mnemótico, aunque nunca fueran equivalentes en su contenido.

Los objetos del mercado tenían precios. Pero los precios no eran de moneda sino de carga emocional.

Elian lo sabía de manera abstracta, como sabía muchas cosas sobre el funcionamiento de Aurelia que nunca había necesitado examinar en detalle porque el detalle pertenecía a otros departamentos.

Pero verlo era diferente a saberlo. Ver a una mujer de mediana edad extender hacia un vendedor un brazalete de fibra biosintética —el tipo que el sistema producía en los talleres del Sector 8, sin carga mnemótica original, como un recipiente vacío esperando ser llenado— y recibir a cambio un cuenco de cerámica que el vendedor presentaba con las dos manos y con el cuidado específico de quien entrega algo que tiene peso más allá de su masa física, era diferente.

Elian se detuvo a observar el intercambio.

La mujer tomó el cuenco con las manos abiertas, en el gesto de recepción que los ciudadanos de Aurelia usaban para los objetos de alta carga mnemótica: palmas hacia arriba, dedos extendidos, el contacto establecido primero con la yema de los dedos antes de que la palma cerrara alrededor del objeto.

Era el gesto de quien recibe algo que podría hablar si uno sabe escuchar.

La mujer cerró los ojos durante tres segundos —el tiempo mínimo que los técnicos de interfaz mnemótica consideraban necesario para un primer contacto significativo con un objeto de historia densa— y cuando los abrió tenía en el rostro la expresión que Elian había aprendido a reconocer en las personas que acaban de recibir una experiencia emocional de segunda mano a través de un objeto: no exactamente emoción propia, no exactamente emoción ajena, sino algo que existía en el espacio intermedio entre las dos, que tenía la textura de un recuerdo y la extrañeza de un recuerdo que no pertenece al que lo experimenta.

El cuenco había pertenecido a alguien. Ese alguien había cocinado en él, había llevado comida a otras personas en él, había experimentado las emociones específicas de quien prepara sustento para otros durante años.

LUMEN había absorbido esas emociones de la superficie del cuenco con la lentitud de los procesos de destilación mnemótica de largo plazo, las había procesado, las había convertido en la forma digerible de experiencia que el sistema podía distribuir.

Lo que quedaba en el cuenco no era ya la emoción original del antiguo propietario: era la traducción de esa emoción al idioma colectivo de Aurelia, suavizada, universalizada, desprovista de las aristas específicas de la persona que la había sentido por primera vez.

Era historia sin nombre. Experiencia sin sujeto.

Elian pensó en el mapa del cuadrado en su cuaderno.

Pensó en la vivienda de Bren Sael en el Estrato —aunque todavía no sabía que era de Bren Sael, aunque todavía no conocía ese nombre— con su mesa y su cuaderno y su taza de cerámica colocada exactamente donde alguien la había dejado.

Pensó en la diferencia entre el cuenco del mercado, cuya historia LUMEN había absorbido y procesado y convertido en fluido colectivo, y los objetos del Estrato, cuya historia el sistema no había podido tocar porque los objetos del Estrato eran anteriores a la existencia del sistema y existían en el tiempo de antes de la carne.

El cuenco del mercado tenía historia sin nombre.

Los objetos del Estrato tenían solo nombres. Sin historia que el sistema pudiera procesar. Sin la traducción al idioma colectivo. Solo la materia y el tiempo y la geometría exacta de cómo alguien había colocado algo sobre una superficie antes de salir por última vez.

La mujer con el cuenco se alejó sin mirarlo. El vendedor ya había dirigido su atención hacia otro cliente.

Elian continuó caminando.

Más adentro del mercado, donde la densidad de la biomasa era mayor y el calor tenía la cualidad específica del calor de los cuerpos en proximidad, había un panel de agua mnemótica.

No era inusual: los paneles de agua mnemótica eran una de las tecnologías de bienestar más comunes en los espacios de alta frecuentación de Aurelia, pequeñas superficies de fluido proyectado que el sistema usaba para distribuir las cargas emocionales más densas del fluido colectivo de una manera que los ciudadanos podían absorber con la gradualidad que los cuerpos necesitaban.

No eran memorias en el sentido narrativo del término.

No contaban historias. Eran emociones puras, destiladas hasta que solo quedaba la forma sin el contenido específico: alegría sin saber de qué, nostalgia sin saber de quién, la ternura específica del amor de largo plazo sin la cara de la persona amada.

Ante el panel de agua mnemótica del mercado había un hombre.

Tendría cincuenta años o más, con la constitución de alguien que había pasado mucho tiempo en los sectores de trabajo manual —los módulos de producción de biomasa o los talleres de fibra técnica, donde los cuerpos desarrollaban una musculatura diferente a la de los sectores de trabajo cognitivo.

Estaba de pie frente al panel con los brazos levemente separados del cuerpo y la cabeza inclinada hacia adelante en el ángulo que Elian reconoció como el ángulo de la recepción profunda: no el contacto superficial del ciudadano que pasa frente a un panel de bienestar y recibe la emanación sin detenerse, sino la postura deliberada de alguien que ha venido aquí con la intención específica de recibir algo que necesita.

El panel proyectaba en ese momento una secuencia que Elian, con sus años de trabajo técnico, podía leer con la precisión de un instrumento: estaba distribuyendo una carga de aflicción procesada, del tipo que el sistema producía cuando alguien había muerto recientemente en el sector y el fluido colectivo estaba absorbiendo y redistribuyendo el duelo de los que quedaban.

No el duelo específico de la persona específica —eso había sido ya destilado, universalizado, desprovisto del nombre del muerto y del nombre de quien lo lloraba— sino la forma pura de la pérdida, la estructura emocional sin el contenido concreto, disponible para ser absorbida por cualquier habitante del sector que necesitara ese tipo de experiencia por cualquier razón que el sistema no necesitaba conocer.

El hombre absorbía esa aflicción sin saber que era la aflicción de alguien que había perdido a alguien.

Creía, si es que en ese estado se puede hablar de creer, que lo que sentía era suyo.

Que la tristeza que le llegaba a través del panel era su tristeza, producida por su historia, perteneciente a su experiencia de manera completa e irreducible.

Pero no lo era.

Era la tristeza de otra persona, procesada por el sistema hasta que ya no tenía dueño, distribuida al cuerpo de este hombre que la necesitaba por razones propias que el panel no sabía y no necesitaba saber.

Elian se detuvo a una distancia que le permitía observar sin que su presencia constituyera una intrusión en el espacio de recepción del hombre.

Lo observó durante el tiempo que tardó en formularse la pregunta que llevaba intentando no formularse desde que había salido del laboratorio esa mañana con el mapa del cuadrado en el cuaderno y el olor a cal en las fosas nasales:

¿Era esto robo?