20 La frecuencia del universo #3
—¿Un virus imparable? Vosotros subestimáis el terreno de juego.
Nosotros dominamos los medios mundiales.
Controlamos las agencias de noticias, los algoritmos de las redes sociales y las plataformas de vídeo.
Para la hora del desayuno en la Costa Este, vuestro grandioso descubrimiento será tachado de bulo, de peligro pseudocientífico o de ser otra teoría de la conspiración más creada por radicales desequilibrados.
Nadie con dos dedos de frente intentará construir esa máquina, y al que lo haga, le cerraremos la cuenta bancaria por ser un peligroso agente de la extrema derecha.
—Esta vez no podrás pararlo —dijo Julia, apretando los dientes, sin levantar las manos del pecho de Michael—. Hay demasiada gente deseando que esto pase.
—No podrás imponer tu agenda global por muy bonita que la vistas, Karl —añadió Sterling, irguiéndose cuanto le permitía su postura—. Habrá resistencia. Despertarán. No somos tu ganado.
Swartz se acuclilló ligeramente para quedar a la altura de los ojos del anciano. La frialdad de su mirada era aterradora por su absoluta convicción.
—La mayoría lo son, Arthur. Y lo sabes muy bien.
Harán, comprarán y pensarán exactamente lo que nosotros les digamos que piensen.
Para eso están los influencers , los medios de comunicación saturados de ruido, los políticos baratos, tan fáciles de comprar...
Todo el sistema, desde la educación hasta el entretenimiento, está bajo nuestro mando.
No necesitamos balas para matar una idea, Arthur.
Solo necesitamos reírnos de ella en horario de máxima audiencia. Veremos quién ríe el último.
Con un elegante movimiento de su mano, Swartz se giró sobre sus talones. Sus hombres, en perfecta sincronización, bajaron las armas, dieron media vuelta y salieron detrás de él. En menos de un minuto, el eco de los motores de sus todoterrenos se perdió en la noche de Long Island.
Dejaron a los miembros del equipo de la doctora Gayda solos en la inmensa nave abandonada. Estaban atónitos, petrificados ante lo que todos, sin excepción, creían que iba a ser el escenario de su ejecución inminente.
—Se van... —dijo Gloria, dejando escapar un suspiro trémulo. Una risa histérica de puro alivio brotó de sus labios para repetirse a sí misma—. ¡Se han ido!
Todos se levantaron como pudieron y corrieron a arremolinarse alrededor de Michael y Julia.
Viktor se quitó apresuradamente su pesado y grueso abrigo de lana, haciéndolo un fardo con sus enormes manos para sustituir los brazos agotados y ensangrentados de su compañera, aplicando todo su peso sobre las heridas de Michael.
Michael parpadeó, mirando los rostros de su equipo, y logró articular con un hilo de voz irónica:
—Creo... —se interrumpió para coger aliento— que una ambulancia me vendría genial ahora mismo, equipo.
Mientras Jian sacaba su teléfono buscando cobertura para llamar a emergencias, Julia, aún con las manos temblando, se puso de pie y miró a Sterling. El anciano observaba la puerta abierta por donde había desaparecido el Sindicato.
—¿Nos han dejado vivos? —preguntó ella, aún incapaz de asimilar aquel perdón envenenado.
Sterling se giró lentamente hacia ella, con una expresión insondable, mezcla de profunda sabiduría y un pesar infinito.
—Ya no les importa que respiremos, Julia —le contestó con la voz apagada—. Swartz es inteligente. Sabe que no necesita crear mártires que inspiren a otros a investigar. Solo necesita crear conspiranoicos en YouTube de los que la masa pueda reírse y señalar con el dedo.
Julia apretó los puños, negándose a aceptar aquella derrota psicológica.
—¡Pero tenemos todo! —repuso ella, con la voz vibrando de pasión y desafío—.
El código es público, imborrable. En cuanto los primeros generadores fabricados en los garajes del mundo empiecen a dar energía gratis e infinita en todos los rincones, en los poblados aislados, en las ciudades...
nadie, por mucho dinero que tenga, podrá pararlo.
¡La verdad física no obedece a sus algoritmos!
Arthur Sterling la observó. Fue una mirada condescendiente, casi paternal, pero vacía de ese cinismo absoluto que Swartz representaba.
—Tal vez, pequeña. Tal vez esta vez sí que sea así —murmuró el anciano, acercándose y apoyando una mano sobre el hombro de Julia—.
Pero no olvides que otras muchas veces han ganado ellos.
Y su muerte social, el descrédito, la ruina de la reputación...
es a veces un veneno peor, más lento y doloroso que la muerte real.
Solo tienes que recordar lo que le hicieron a Tesla en sus últimos años de miseria... o a tu padre.
Sterling miró hacia las ruinas del laboratorio, donde el amanecer comenzaba a filtrar sus primeros rayos de luz grisácea a través de los ventanales rotos, iluminando el polvo centenario en suspensión.
—Pero esta vez... —añadió Arthur, con una sonrisa genuina, luminosa y libre de cargas que asomó a su rostro de ochenta años—. Esta vez, con ese código en manos de todos, puede ser que todo cambie para siempre. De verdad lo creo.
El sol despuntó sobre Wardenclyffe. Ya no era la torre de Tesla, ni el sueño silenciado de Clemente Figuera. A partir de esa mañana, la Llave del Universo pertenecía al mundo entero.