20 La frecuencia del universo #2
Ella asintió, sintiendo que todas las piezas del rompecabezas de su padre encajaban por fin con un chasquido atronador en su cerebro. Julia introdujo los datos frenéticamente en la calculadora de su teléfono. Cruzó los 432 Hz con las proporciones de las bobinas secundarias de Figuera.
La Frecuencia Maestra brillaba en su pantalla: 963 Hz. ¡Lo tenían!
—¡Vámonos, ya! —les urgió Michael en voz baja, agarrando a Julia por el codo. El eco de botas pesadas y culatas de fusiles resonaba a menos de cincuenta metros por la galería principal.
Echaron a correr por un estrecho túnel lateral que se adentraba en la red secundaria.
Mientras corrían desesperados en la penumbra, con el aire frío quemándoles los pulmones, la magnitud de lo que llevaban en ese teléfono sobrecogió a Julia.
Ya no eran teorías aisladas; acababan de unir la mayor Trinidad científica de la historia.
Tesla y su obsesión con el 3-6-9 habían puesto la estructura matemática, el «cómo» debía vibrar la energía.
Planck había aportado la escala cuántica, el «cuánto» se podía extraer en cada salto temporal.
Y Clemente Figuera había puesto la ingeniería práctica, la máquina física... el «dónde» ocurría la magia.
Huían a ciegas, guiados solo por la intuición y los tenues haces de luz. Arthur, rezagado por la edad, pero impulsado por la adrenalina, levantó su walkie-talkie .
—Gloria —dijo el anciano entre jadeos—, Julia va a intentar subir el código maestro a la red descentralizada en cuanto nos acerquemos a uno de los respiraderos con cobertura.
Si lo logra, quiero que tú y Jian uséis vuestros equipos para replicar el envío y aseguraros de que inunde la red global.
Me da igual cómo lo hagáis. Quemad los servidores del mundo si es necesario.
Siguieron avanzando, tropezando con los escombros de hace un siglo. Julia levantó su móvil hacia el techo abovedado, buscando desesperadamente la más mínima señal de red que pudiera filtrarse desde la superficie a través de las chimeneas de ventilación.
—¡Deprisa, Julia! —le gritó Michael, interponiéndose entre ella y la oscuridad del túnel que dejaban atrás.
Una mísera raya de cobertura 5G apareció en la pantalla. Julia no lo dudó. Abrió el protocolo encriptado y comenzó a transferir los datos.
Lo que el móvil enviaba no era un simple plano de un motor.
Era el Protocolo Figuera al completo; el manual de instrucciones para reescribir la historia.
El paquete de datos unía por fin las tres piezas que RackBlock había intentado borrar durante un siglo: las medidas exactas de las guías de bobinado rescatadas en Gran Canaria, los esquemas fotográficos del Compensador de estado sólido de Barcelona, y la Frecuencia Maestra calculada en Wardenclyffe.
Acababa de liberar la máquina física y el algoritmo de ignición.
Juntos, formaban la llave para hackear la termodinámica y extraer energía infinita del vacío; el sueño absoluto de energía libre que RackBlock creyó haber incinerado quemando Wardenclyffe.
La barra de progreso llegó al 100%.
—¡Enviado! —gritó Julia, sintiendo una ola de euforia indescriptible.
Pero la victoria duró una fracción de segundo.
En la boca del túnel por el que acababan de pasar, una figura imponente emergió de las sombras.
Uno de los matones de RackBlock, equipado con visión nocturna, levantó su fusil de asalto y apuntó su mira láser directamente al pecho de Julia.
Ella se quedó congelada, con la pantalla del móvil aun brillando en su mano, totalmente indefensa frente a la muerte inminente.
Michael no lo pensó. Su cuerpo reaccionó por puro instinto y se interpuso súbitamente entre el tirador y Julia.
El estruendo del disparo ensordeció el túnel.
El fogonazo iluminó los ladrillos rojos.
Michael recibió el impacto de lleno. Su cuerpo se arqueó bruscamente hacía atrás.
Escupió el aire, pero no cayó. Se repuso en un segundo agónico.
Agarró a Julia por los hombros y la empujó brutalmente hacia la oscuridad del recodo.
—¡Corre, Julia! —rugió, con la voz rota .
Ella corrió, arrastrada por el pánico, girando la cabeza. Arthur ya no estaba a la vista. Las linternas de los mercenarios lo habían engullido en la oscuridad. Lo habían cogido.
Ambos treparon a la desesperada por una escalera de servicio en espiral, empujando una trampilla de hierro que los escupió a la planta a nivel de suelo de la instalación. El aire fresco de la madrugada en Long Island inundó sus pulmones.
Pero al alzar la vista, el horror los paralizó.
Toda la inmensa nave del laboratorio estaba iluminada. Y allí estaban todos. Sus compañeros, Viktor, Gloria y Jian, estaban de rodillas, con las manos en la nuca, rodeados por un cerco de hombres armados con fusiles de asalto.
Antes de que Michael pudiera hacer un solo movimiento, otros dos mercenarios emergieron por la trampilla a sus espaldas arrastrando al viejo Arthur. Les arrebataron el equipo y los empujaron a todos violentamente hacia el centro del coro de prisioneros.
Al detenerse en medio del grupo, las fuerzas le abandonaron.
Sus rodillas chocaron contra el hormigón.
La chaqueta de Michael estaba empapada de un rojo oscuro y brillante, y ahora, al caer de rodillas, las gotas comenzaron a precipitarse abundantemente contra el suelo.
Al empujar a Julia en el túnel subterráneo, el disparo del mercenario lo había alcanzado, provocándole una herida grave que le estaba robando la energía por segundos.
—¡Michael! —gritó Julia, con la voz desgarrada.
Ignorando a los hombres armados que la rodeaban, se zafó del agarre de su captor y se tiró al suelo junto a él.
Se quitó su propia chaqueta con movimientos frenéticos y la hizo un ovillo.
Tirando de él con desesperación, lo incorporó un poco de lado para taponar con la tela el orificio de salida en la espalda, mientras con la palma desnuda de la otra mano sellaba el orificio de entrada en el hombro.
La sangre caliente le empapó los dedos al instante.
—Mantente conmigo, Michael —le suplicó, presionando ambas heridas con todas sus fuerzas, mientras las lágrimas le limpiaban surcos en el rostro manchado de hollín—. Abre los ojos, concéntrate en mi voz.
Él esbozó una media sonrisa, pálido como la cera, y tosió entre fuertes dolores.
—Suena bien... —le contestó con un hilo de voz—. Me parece un plan genial.
En medio del caos, Julia levantó la vista instintivamente hacia Gloria. Estaba de rodillas a escasos metros, con un cañón apuntándole a la sien. Sin embargo, al cruzar sus miradas, le devolvió una sonrisa tenue pero rebosante de orgullo, y le guiñó un ojo de forma casi imperceptible.
A pesar de la situación, un cálido consuelo anidó en el pecho de Julia. Lo habían conseguido.
En ese instante, el sonido rítmico e implacable de unas pisadas sobre los escombros de la nave anunció la llegada del arquitecto de sus pesadillas.
Las luces de las linternas se abrieron en abanico.
Era el mismísimo Karl Swartz, el rostro visible del Sindicato de Banqueros, impecablemente vestido, escoltado por otros seis secuaces que le abrían paso como a un emperador.
Swartz se detuvo frente al grupo arrodillado. Su mirada fría se posó directamente en el anciano.
—Hombre, Arthur. Cómo no —dijo con un tono de fastidio condescendiente—. Tenías que estar tú metido en este pozo de polvo.
Arthur alzó la barbilla, mirándolo con desprecio absoluto.
—Suelta a los chicos, Karl. Esto ya no tiene sentido. Has perdido.
Swartz soltó una carcajada seca, sin humor. Sacó un teléfono satelital del bolsillo de su traje a medida y lo mostró a los presentes.
—Me acaban de comunicar mis analistas técnicos —dijo Swartz, paseándose frente a ellos— que habéis propagado un archivo inmutable alojado en la red IPFS, el famoso InterPlanetary File System .
Habéis filtrado las guías de bobinado de Canarias, los esquemas del compensador de Barcelona y la Frecuencia Maestra.
Debo admitirlo, con todo ese paquete en la red...
sí que parece tener sentido eso de no dejaros marchar, ¿verdad?
Jian levantó la cabeza desde el suelo, con el rostro magullado pero la voz firme como el acero.
— Puedes matarnos si quieres, pero ya no te servirá de nada —intervino, saboreando cada palabra— .
Un archivo IPFS de ese tipo no se puede borrar.
Es como intentar borrar una gota de tinta derramada en medio del océano.
No hay un servidor central que puedas quemar, ni una oficina que puedas clausurar.
En cuanto el primer servidor libre en Alemania, Japón o Islandia haya recibido el primer bit de información...
el generador de Clemente Figuera dejará de ser una teoría silenciada para convertirse en un virus.
Un virus imparable que regala energía al mundo.
Swartz no pareció inmutarse. De hecho, fingió una mueca de aburrimiento. Llevó el teléfono a su oreja en una llamada rápida.
—Activa el protocolo «control de daños» a nivel global. Ahora mismo.
Cortó la llamada y guardó el aparato en el bolsillo. Miró a Jian con la paciencia de un maestro explicando una lección básica a un alumno tonto.