19 Wardenclyffe #2
—Me cae bien —dijo, con la sonrisa burlona aún pintada en la cara.
Mientras caminaban hacia la puerta, Arthur buscó en los bolsillos de su abrigo y extrajo tres walkie-talkie de aspecto profesional. Se los tendió al grupo. Gloria tomó uno con cautela, Jian agarró el segundo y Michael se guardó el tercero.
—Los vais a necesitar —explicó Sterling en voz baja mientras introducía la llave en el candado maestro de la puerta perimetral—. En el interior tendremos que dividirnos si queremos abarcar el terreno antes de que vuestros amigos de los todoterrenos se liberen del engaño y vengan a hacer turismo.
La puerta chirrió levemente al abrirse. El equipo se adentró en el recinto sagrado de Wardenclyffe. Frente a ellos, recortado contra la escasa luz de la luna, se alzaba el imponente edificio de ladrillo rojo del laboratorio original.
Mientras cruzaban la explanada cubierta de hierba donde alguna vez se erigió la monumental torre, Julia se acercó a Sterling.
—Arthur, tenemos el diseño de la máquina de Clemente Figuera. Pero necesitamos la frecuencia exacta que usó para mantener la resonancia. Y sabemos que Tesla la descubrió y la probó aquí unos años antes de que Figuera la aplicara.
Sterling se detuvo un momento, mirando la base octogonal de hormigón que asomaba entre la maleza. Suspiró profundamente.
—Bueno, como siempre decía tu padre: «Si alguna vez tienes un problema, recurre siempre primero a Tesla».
Al escuchar esa frase, los demás miembros del equipo se detuvieron y miraron a Julia. Aquella era exactamente la misma frase que ella les llevaba repitiendo como un mantra desde su primer día de investigación en el Gsel.
Arthur entendió las miradas y le apretó el hombro a Julia con suavidad, en un gesto cargado de afecto paternal.
—Estaría muy, muy orgulloso de ti, pequeña —le dijo con una ternura infinita.
Ella, sobrepasada por la tensión de las últimas horas y el peso del recuerdo de su padre, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Lo volvió a abrazar, aferrándose a él en medio de la fría noche neoyorquina.
—Vamos —apremió Michael, siempre pragmático, aunque su tono fue menos imperativo de lo habitual—. El tiempo corre.
Sterling los guió hacia una puerta de servicio en el lateral del gran edificio de ladrillo.
—Incluso los entusiastas de la energía libre piensan que la magia de Wardenclyffe estaba en la torre, en la antena que se alzaba hacia el cielo —explicó Arthur mientras empujaba la pesada puerta de hierro—.
Pero el verdadero secreto está justo debajo.
Los túneles subterráneos no eran simples pasillos de mantenimiento; eran parte integral del «cerebro» y el sistema vascular de la torre.
Ahí es donde la ciencia de Tesla se vuelve casi ciencia ficción.
Entraron en la inmensa nave principal del laboratorio. El eco de sus pasos resonó en el enorme espacio vacío, lleno de sombras y polvo acumulado.
—¿Unos túneles sin máquinas dentro? —preguntó Michael, iluminando el suelo de cemento con la linterna de su móvil.
—Directamente debajo de nosotros —continuó Sterling, señalando hacia el exterior a través de unos ventanales sucios—, Tesla excavó un pozo central que bajaba hasta tocar los acuíferos. Quería usar el agua subterránea para anclar la torre y crear una conexión eléctrica masiva con el planeta entero.
El equipo lo escuchaba fascinado. Era la confirmación a escala industrial de la teoría de Figuera.
—Pero no acababa ahí —añadió el anciano—.
Desde ese pozo central, en el fondo, se extendían cuatro túneles horizontales recubiertos de piedra y cemento.
Aunque Tesla afirmaba a sus inversores que eran simples conductos para el cableado y para reforzar la «toma de tierra», muchos de los que investigamos los archivos incautados creemos que servían para manipular de forma extrema la presión del aire o para albergar los gigantescos equipos de resonancia mecánica que generaban la frecuencia base.
—Ahí es donde debemos buscar —afirmó Julia sin un atisbo de duda, con los ojos brillando de determinación en la penumbra—. Buscamos la frecuencia de resonancia residual. El eco de sus experimentos.
Arthur asintió. Se giró hacia el grupo y empezó a repartir posiciones.
—Usted y usted —dijo, con el dedo apuntando a Gloria y Jian, y luego señalando hacia el fondo este de la gran estancia, donde se adivinaba un antiguo bloque administrativo—, irán hacia las antiguas oficinas.
Allí al fondo tenéis los cuadros de luz actuales.
El cableado de la instalación fue reparado hace unos meses, así que, si necesitamos energía sectorizada ahí abajo, os lo iremos diciendo por el walkie .
Ambos asintieron. Jian le tendió su walkie-talkie a Viktor antes de darse la vuelta y perderse junto a Gloria en la oscuridad hacia el fondo de la nave.
Luego, Sterling miró al noruego.
—Grandullón, tú te quedarás cerca de la puerta principal por la que hemos entrado. Eres nuestra primera línea de defensa. La oscuridad de esa zona exterior te dirá si se acerca alguien mucho antes de que ellos te vean a ti. Nos avisas enseguida al primer movimiento extraño.
Él asintió en silencio y tomó posiciones junto a los marcos de acero de la entrada, fundiéndose con las sombras.
Julia, Michael y Arthur se dirigieron hacia el lateral opuesto del inmenso espacio diáfano. A medida que avanzaban, el olor a humedad y polvo fue reemplazado lentamente por un acre y perturbador aroma a humo añejo y productos químicos.
Michael barrió la zona con la luz de su teléfono. Una gran parte de los muros de esa sección, así como unos enormes restos metálicos esparcidos por el suelo, estaban completamente ennegrecidos. Los techos mostraban las cicatrices inequívocas de un fuego feroz.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Evans, deteniéndose ante un amasijo de vigas derretidas—. Esto parece haber sido arrasado.
Arthur bajó la mirada.
—Después del devastador incendio de finales de 2023, gran parte del interior histórico de esta ala y las pocas carcasas de las máquinas originales de Tesla que se conservaban aquí quedaron reducidas a cenizas —explicó el anciano, con un tono cargado de amargura—.
Fue un golpe terrible para la Fundación.
Un fallo eléctrico espontáneo, dijeron los peritos oficiales.
Ya sabéis... esas casualidades que no son casuales en nuestro mundo.
Julia sintió un escalofrío al entender la insinuación. Alguien había intentado limpiar el escenario antes de que nadie más pudiera seguir las migas de pan.
—Antiguamente —prosiguió Sterling, acercándose a un muro de carga que parecía intacto a pesar del fuego—, aquí había una magnífica escalera en espiral de hierro forjado y un montacargas neumático para descender directamente al pozo y a los túneles.
Pero hace décadas que las administraciones y los curiosos sabían que esos accesos, sellados hace años, solo daban paso a una parte muy concreta y periférica de los túneles.
Arthur se giró hacia ellos, con los ojos brillando con una mezcla de triunfo y secretismo.
—La cámara central debajo del pozo, donde ancló las garras de hierro y donde calibraba la resonancia, era un absoluto misterio.
—¿Un misterio? —preguntó Julia, dejando caer los hombros, como quien acaba de recibir la terrible noticia de que el camino ha llegado a su fin frente a un muro.
Sterling esbozó esa misma sonrisa condescendiente y misteriosa que le había dedicado a Viktor en la puerta, y se acercó a una máquina de unos dos metros de altura y forma extraña, coronada por dos palancas que más parecían el manillar de una moto.
—Ya te he dicho que era un misterio, Julia —la corrigió el anciano, señalando aquella bestia de roble oscuro y cobre—. Tu padre y yo descubrimos la verdadera forma de acceder al núcleo hace más de veinte años. Pero jamás la compartimos con nadie.
Al acercar la mano, el aire alrededor de la máquina se volvía pesado y eléctrico, tanto que el vello de los brazos se erizaba antes incluso de llegar a tocarla.
No había cables que la conectaran a la pared y, sin embargo, el aparato emitía un suave ronroneo profundo que hacía vibrar los huesos del pecho.
—El oscilador de alta frecuencia de Nikola Tesla —dijo ella con una leve sonrisa de emoción.
Estaban, literalmente, a un solo paso de la verdad.
Allí abajo aguardaba el eslabón final que conectaba el genio de Clemente Figuera con el inabarcable legado de Nikola Tesla.
Aunque sabían que RackBlock les pisaba los talones, ya nada importaba más que esa puerta: si lograban cruzarla y desentrañar la frecuencia de la energía infinita, el mundo cambiaría para siempre.