El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 19 Wardenclyffe
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19 Wardenclyffe

E l descenso sobre la costa este de los Estados Unidos fue un tránsito silencioso a través de la oscuridad.

El jet privado fletado por el antiguo contacto de Michael Evans tocó la pista del Aeropuerto Internacional John F.

Kennedy exactamente a la una y media de la madrugada, hora local.

La diferencia de husos les había regalado un valioso margen, pero sus mentes y sus cuerpos seguían atrapados en la fatiga y el horror de la noche madrileña.

Durante el vuelo, Julia había tomado una decisión crucial.

Wardenclyffe no era un simple edificio abandonado; era un laberinto histórico custodiado por una fundación y, más que probablemente, vigilado.

Necesitaban un guía. Alguien que conociera los secretos del lugar mejor que los propios planos oficiales .

Usando la red satelital del avión, Julia había contactado con Arthur Sterling.

El jet rodó suavemente hasta detenerse en la plataforma de la Modern Aviation JFK, la terminal VIP y de vuelos privados del aeropuerto.

El desembarque se convirtió en una tortura psicológica para el equipo del Gsel.

La rampa de bajada y el breve trayecto hasta la furgoneta de cristales tintados que los esperaba a pie de pista se convirtieron en un suplicio de vulnerabilidad absoluta.

La muerte de Ahmed en la estación de Atocha los había marcado a fuego.

El terror a aquellos lugares abiertos que podían exponerlos los atenazaba.

Julia caminaba con los hombros encogidos, escrutando las sombras de los hangares, esperando a cada segundo el chasquido seco de un disparo.

Viktor avanzaba pegado a ella, casi utilizándose a sí mismo como escudo humano, mientras Jian y Gloria subían a trompicones a la parte trasera del vehículo.

El interior de la furgoneta de handling les brindó un efímero consuelo; al fin y al cabo, se trataba de un vehículo de servicio aeroportuario, corriente y sin marcas, imposible de rastrear a priori .

El conductor, un tipo silencioso pagado por el contacto de Michael, arrancó el motor y los sacó del perímetro de seguridad del aeropuerto, cruzando la barrera hacia el lado tierra, en dirección a las autopistas de Queens y Long Island.

No habían recorrido ni dos millas cuando Michael, que iba sentado en el asiento del copiloto mirando fijamente por el retrovisor exterior, tensó la mandíbula.

—Las casualidades no existen —murmuró, con una frialdad que congeló la sangre de todos en la parte trasera.

Julia se asomó por encima de los asientos. A través del cristal trasero tintado, vio cómo dos vehículos todoterreno de color oscuro se habían incorporado a la autopista exactamente detrás de ellos, copiando cada cambio de carril, cada aceleración y cada frenada.

—Están aquí —susurró Jian, sintiendo que le faltaba el aire. ¿Pero cómo demonios nos han encontrado? Es imposible. Ya no hay nadie entre nosotros que pueda delatarnos y no llevamos dispositivos rastreables.

—El jet... —respondió Michael, cerrando los ojos al asimilar su propio error—. Han debido identificar la matrícula del avión. Solo han tenido que monitorizar sus planes de vuelo. Sabían exactamente a qué hora aterrizábamos en el JFK.

El plan original de Julia era encontrarse con Arthur Sterling en el aparcamiento de una comisaría de policía del condado de Suffolk, a unas cuarenta millas de distancia de la terminal.

Era un lugar público, iluminado y, teóricamente, seguro para hacer el trasvase al coche del anciano.

Pero llevar a los lobos de RackBlock hasta allí era un suicidio.

Con las manos temblorosas, sacó su teléfono y le escribió un mensaje rápido a Sterling: «Nos siguen. Dos coches».

La respuesta del anciano iluminó la pantalla apenas tres segundos después: «Pásame modelo y matrícula».

Julia le dio su teléfono a Chen y saltó entre los asientos para pegarse a la luna trasera.

Los todoterrenos que los seguían no hacían ningún esfuerzo por disimular.

Estaban pegados a su parachoques, mostrándose sin reparo bajo las luces anaranjadas de las farolas de la autopista.

El mensaje psicológico era devastador y claro: «Os tenemos.

No hay escapatoria». Logró dictarle las placas a Jian, quien se las tecleó a Sterling.

La tensión dentro de la furgoneta era insoportable. Los faros de los todoterrenos cegaban el interior del habitáculo cada vez que tomaban una curva. Pasaron cinco minutos eternos.

De repente, un estallido de luces rojas y azules rasgó la oscuridad por el carril izquierdo.

Dos coches patrulla camuflados, con las sirenas apagadas pero los rotativos destellando furiosamente, los adelantaron a toda velocidad y se incorporaron bruscamente a la persecución, situándose justo detrás de los vehículos de RackBlock.

—No puede ser... —exclamó Jian, llevándose las manos a la cabeza en un gesto de pura desesperación—. La policía también nos sigue. Nos han puesto en busca y captura. Estamos acabados.

Gloria, aferrada al cinturón de seguridad y temblando de pies a cabeza, cerró los ojos con fuerza.

—Casi lo prefiero —dijo con la voz quebrada—. Prefiero que me detenga la policía a que me disparen esos matones en un callejón.

Pero la maniobra policial tomó un giro inesperado.

En lugar de centrarse en la furgoneta del Gsel, los vehículos policiales aceleraron, hasta ponerse en paralelo a los oscuros todoterrenos de RackBlock.

Bajando las ventanillas, los agentes empezaron a hacer enérgicas señales con el brazo, ordenando a sus perseguidores que se detuvieran inmediatamente en el arcén.

Los hombres del Sindicato, sorprendidos e incapaces de iniciar un tiroteo con la policía en plena autopista sin arruinar toda su operación encubierta, se vieron obligados a frenar y apartarse a la derecha.

Julia, que había vuelto a su asiento, observó la escena alejarse por el retrovisor y no pudo evitar soltar una pequeña, casi histérica, sonrisa nerviosa.

—Esto es cosa de Sterling —afirmó.

El teléfono sonó en sus manos. Era él. Julia descolgó, pero antes de que pudiera articular un saludo o un agradecimiento, la voz rasposa y enérgica del anciano llenó el auricular.

—No tardarán mucho en darse cuenta de que los tipos de los todoterrenos no son los peligrosos narcotraficantes armados que les he dicho a mis contactos de la centralita —soltó Sterling, hablando a mil por hora—.

Pero ese control de carretera será suficiente para que lleguéis con ventaja si os dais prisa.

Escúchame bien, niña. Olvidad la comisaría. Nos vemos directamente en la zona cero.

—¿En Wardenclyffe? —preguntó Julia, poniendo el teléfono en altavoz para que Michael la escuchara.

—Sí, pero bajo ningún pretexto paséis por la puerta principal del Tesla Science Center.

Está demasiado expuesta. Dirigíos a Randall Road, en la zona este.

Si venís desde el norte bajando por esa misma vía, deteneos justo antes de llegar a la intersección con la entrada que lleva al número cinco.

Veréis una pequeña vía y una densa zona arbolada que bordea el perímetro este del recinto. Os estaré esperando allí.

Michael asintió y mostró al conductor las nuevas coordenadas en el GPS.

Tras cuarenta eternos minutos, la furgoneta abandonó la carretera principal y se adentró en las calles de Shoreham.

La visión que se desplegó ante ellos resultó profundamente surrealista para el equipo del Gsel.

Parecía imposible que uno de los lugares históricos y científicos más importantes del mundo, el epicentro mismo de la energía libre que podía cambiar el destino de la humanidad, estuviera casi oculto en un tranquilo y mundano barrio residencial de casitas típicas americanas, con sus jardines bien cuidados y sus buzones alineados.

Estaba rodeado de espesas arboledas y apenas había señales exteriores que indicaran que allí, un siglo atrás, un genio había intentado electrificar el planeta entero.

El vehículo frenó en el punto exacto que Sterling había descrito: un pequeño corte boscoso que nacía a la izquierda de Randall Road, una vía de servicio oculta por la maleza y los grandes robles que lindaba con el terreno del antiguo laboratorio.

El conductor desbloqueó las puertas. Salieron a la fría noche de Long Island y, sin mediar palabra, la furgoneta dio marcha atrás y desapareció, dejándolos completamente solos en la oscuridad.

Una figura emergió de entre los árboles. Llevaba una gabardina clásica abrochada hasta el cuello. A pesar de su avanzada edad, Arthur Sterling se movía con una agilidad sorprendente.

Julia dio un paso al frente y se fundió en un abrazo profundo con el anciano. Olía a perfume clásico, a tabaco y a nostalgia.

—Qué mayor estás —le dijo Sterling, separándose un poco para mirarla a los ojos, con una sonrisa cálida arrugando las comisuras de sus labios.

—Llevas diciéndome eso desde que tenía ocho años, Arthur —contestó Julia, sintiendo por fin una ráfaga de alivio y seguridad.

Viktor se acercó a la valla perimetral de alambre que los separaba del recinto de Wardenclyffe. La examinó de arriba a abajo.

—La seguridad exterior de este recinto no parece gran cosa —murmuró el gigante noruego, calculando la altura y la resistencia de los postes—. Si nos aupamos unos a otros, podríamos saltar la valla en un par de minutos y evitar las cámaras de la entrada.

Sterling se giró hacia Viktor, evaluando su imponente envergadura.

—Me gusta cómo piensas, muchacho —afirmó el anciano, y luego, con un movimiento teatral, sacó la mano del bolsillo de su gabardina—. Pero creo que será bastante más cómodo entrar por la puerta.

De sus dedos colgaba un pesado manojo de llaves metálicas tintineantes.

Sterling esbozó una sonrisa condescendiente.

Viktor apretó los labios con una mueca de contrariedad, sabiéndose burlado por el octogenario, y se dirigió hacia la puerta de mantenimiento, oculta en la maleza, con el ceño fruncido y una expresión de total seriedad.

Sterling miró a Julia de reojo.