El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 17 La niebla de Atocha #2
84%

17 La niebla de Atocha #2

Pero los sicarios eran demasiados. Entre tirones y empellones ciegos, los tentáculos de los atacantes volvieron a cernirse sobre ellos.

Un tercer hombre embistió a Michael por la espalda, inmovilizándole un brazo, mientras otro intentaba sujetar las piernas de Julia.

A pesar de los golpes frenéticos que repartían Michael y Ahmed, era imposible que los tres lograran zafarse a tiempo para subir.

La trampa se cerraba; eran demasiados y golpeaban con una superioridad aplastante.

Las puertas, venciendo la resistencia de sus compañeros en el interior, comenzaron a juntarse con un silbido de aire comprimido.

Fue entonces cuando Ahmed tomó su decisión.

Con un grito gutural, el matemático agarró a Michael por la solapa y a Julia por la espalda. Utilizando hasta el último gramo de energía, los empujó violentamente hacia el interior del vagón. Ella cayó a plomo sobre el suelo estriado, arrastrando a Michael en su caída.

Antes de que pudieran reaccionar, Ahmed, en lugar de intentar colarse por el estrecho hueco que quedaba, apoyó ambas manos sobre los cristales exteriores de las puertas y empujó hacia adentro, forzando su cierre definitivo con su propio peso.

Interpuso su cuerpo a modo de barrera humana, bloqueando a los hombres de RackBlock que se abalanzaban sobre el tren.

A través de los ventanucos de las puertas que se iban cerrando inexorablemente, Ahmed buscó la mirada de Julia una última vez. Su rostro, apartado ahora de la nube de extintores y bañado por las luces rojas de emergencia parpadeantes, ya no reflejaba miedo, sino una trágica y profunda emoción.

—¡Haz que valga la pena! —le gritó Ahmed, con una voz que logró sobrepasar al aullido de las alarmas—. ¡Cambia el mundo!

Las puertas se sellaron con un golpe seco.

Un instante después, sonó un disparo. Un chasquido metálico, sordo, mitigado por el barullo exterior, pero inconfundible.

A través del vidrio templado, Julia vio cómo el rostro de Ahmed se contraía en una mueca de agonía.

Sus manos resbalaron por el cristal, dejando un fugaz rastro, y su figura se desplomó, desapareciendo instantáneamente, engullida por la espesa niebla artificial, los mercenarios y la oscuridad.

El tren dio una sacudida brusca y arrancó a toda velocidad, impulsado por el protocolo de evacuación, internándose en aquel negro túnel y alejándolos del maldito andén.

Julia seguía arrodillada en el suelo del vagón, temblando incontrolablemente, con la mirada clavada en la puerta por la que su compañero se había desvanecido. Su mente giraba, incapaz de procesar la brutalidad de lo que acababa de presenciar.

Gloria, pálida como un espectro y aferrada a una de las barras metálicas, rompió el silencio con un hilo de voz que rasgó el aire del vagón.

—¡Lo han matado! —sollozó la mujer, llevándose las manos a la cabeza en un gesto de puro terror—. ¡No puede ser, Dios mío, no puede ser...!

El trayecto subterráneo hasta la estación del Aeropuerto fue un viaje a través del purgatorio.

Nadie articuló palabra. Destrozados, abatidos por el sacrificio de aquel hombre que había pagado sus dudas con sangre, todos asumieron una realidad escalofriante: aquello ya había pasado a otro nivel.

Quienquiera que intentase ocultar el secreto de Figuera los quería muertos.

Ya en el aeropuerto y al salir del tren, el equipo se movía por pura inercia.

Subieron por las escaleras mecánicas en silencio, desembocando inmediatamente en el inmenso y luminoso pasillo acristalado de techos ondulados de la Terminal 4.

La brillante luz artificial, el trasiego de mostradores y la abundante presencia de guardias de seguridad armados parecían ofrecerles una promesa de protección, pero ninguno de ellos se fiaba ya de nada ni de nadie.

Guiados por Michael, caminaron a paso rápido, casi sin respirar.

Entraron directamente en la zona de control de acceso VIP.

Cruzar el arco de seguridad fue el momento en el que se permitieron que el aire llenara sus pulmones de verdad; al menos allí, en aquella zona estéril y blindada, la probabilidad de cruzarse con armas de fuego desaparecía.

Un impecable equipo de handling los esperaba en la sala contigua. Sin preguntas los escoltaron a través de corredores reservados, bajaron a la pista y los condujeron directamente hasta la escalerilla del jet privado que aguardaba con los motores en marcha.

Se acomodaron en los asientos de cuero de la cabina. Las puertas del avión se cerraron herméticamente, aislándolos por fin del mundo exterior. El aparato rodó por la pista y, minutos después, el morro se elevó bruscamente, desgarrando el cielo nocturno en dirección al Atlántico.

Fue en ese preciso instante, al sentir la presión de la gravedad empujándola contra el respaldo y asumiendo que al fin estaban físicamente a salvo, cuando la coraza de Julia Gayda se vino abajo.

El terror acumulado, la persecución y el eco del disparo colapsaron sobre ella. Rompió a llorar, un llanto convulsivo y desgarrador que le sacudía los hombros sin piedad.

Michael Evans se desabrochó el cinturón, se sentó en el asiento de al lado y la envolvió en un abrazo que permitió que ella se desmoronara.

—Hagamos que haya merecido la pena, Julia —le susurró Michael, con la voz ronca por la emoción—. Hagamos que merezca la pena.

A su alrededor, en la penumbra de la cabina, el resto del equipo del Gsel permanecía inmóvil. Viktor miraba por la ventanilla hacia la oscuridad, Jian tenía la vista clavada en el vacío y Gloria se abrazaba a sí misma. No podían articular palabra. Estaban en absoluto estado de shock .