17 La niebla de Atocha
E l sonido del AVE cortando la penumbra castellana a doscientos kilómetros por hora se había convertido en un telón de fondo hipnótico. Faltaban apenas veinte minutos para llegar a Madrid. El vagón estaba sumido en un silencio sepulcral.
Julia se frotó los ojos, agotada por la adrenalina y el peso del reciente descubrimiento.
Guardó la fotografía del compensador de Figuera y la lupa en su bolsillo, asegurándose de que el esquema estuviera a salvo.
Luego, se levantó lentamente de su asiento y cruzó el pasillo para dejarse caer en la butaca vacía frente a Michael Evans.
El director del Gsel la miró. Sus facciones, habitualmente inescrutables, mostraban signos de una pronunciada fatiga .
—Ya está hecho —murmuró Michael en voz baja, anticipándose a la pregunta de Julia—. He organizado nuestra salida. Volaremos directamente desde Madrid a Nueva York esta misma noche.
Julia asintió, comprendiendo la logística invisible que Michael manejaba.
—¿Tu viejo amigo del avión? —preguntó ella.
—Sí. El jet nos estará esperando en el aeropuerto de Barajas. Pista privada, acceso VIP. Sin preguntas.
Julia esbozó una media sonrisa, una mueca forzada.
—Al final, vas a ser tú quien termine teniendo una deuda enorme con él por sacarnos de este infierno.
Michael negó con la cabeza. Su expresión mantuvo su seriedad imperturbable, sus ojos fríos clavados en la oscuridad de la ventana.
—Aunque quemase su avión en medio de la pista, yo no le debería nada. Él me seguiría debiendo a mí. Imagina cuánto le hice ganar en el pasado, y cuánto dejé de cobrarle por ello.
El comentario flotó en el aire, cargado de implicaciones sobre el antiguo mundo de Michael Evans, aquel oscuro ecosistema de corporaciones e intereses del que provenía antes de dirigir el Gsel.
Aquella mención a su antigua vida fue el detonante que Julia necesitaba.
Llevaba demasiado ahogándose con aquello .
—Michael... —empezó Julia, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo y doloroso—. Aún no sé si alguna vez podré olvidar, o siquiera perdonarte, lo que le hiciste a mi padre.
El rostro de Michael se tensó imperceptiblemente. Sabía que este momento llegaría.
—Fue muy duro escucharlo de ti —continuó Julia, con la mirada llena de una vulnerabilidad contenida—. Especialmente procediendo de ti... porque creía que empezaba a sentir algo. Y pensé que tú también.
Michael sostuvo su mirada. No apartó los ojos, no buscó excusas. Había dolor en sus pupilas grises.
—Precisamente porque a mí me pasaba lo mismo fue por lo que fui totalmente sincero contigo, Julia. No podía seguir a tu lado sabiendo lo que mi antigua firma le hizo a tu familia. Lo siento mucho, no imaginas cuánto. No puedo cambiar el pasado... solo pude renunciar a él.
El peso de aquellas palabras pareció anclarlos a los asientos. Había una verdad desnuda entre los dos, algo trágico que no podía resolverse. No allí. No en aquel momento.
Una voz robótica y femenina resonó por la megafonía del vagón, rompiendo aquel instante: «Próxima estación: Madrid-Puerta de Atocha. Final de trayecto».
La conversación entre ambos se cortó en seco con el anuncio. El equipo comenzó a recoger sus escasas pertenencias en silencio. Ahmed, que se había mantenido al margen en las filas traseras, se acercó al grupo. Su rostro era otro, o ellos lo veían ya de una manera muy distinta.
—Escuchadme —dijo el matemático con voz firme—. Lo mejor es que salgamos todos juntos. En bloque. No os separéis de mí.
—Claro, gran idea —bufó Viktor desde el otro lado de la mesa, cargado de un resentimiento visceral—. Hacemos caso a la mascota de los que quieren matarnos.
Ahmed se giró hacia el gigante noruego. Durante un segundo, volvió a asomar en sus ojos aquella mirada gélida y decidida que había mostrado al sacar el arma en Barcelona; una expresión tan inquietante que hizo que Viktor retrocediera instintivamente medio paso.
Pero, tan rápido como apareció, la amenaza se desvaneció y Ahmed bajó la mirada.
—Me lo merezco —murmuró, tragando saliva—. Pero sé muy bien cómo operan. Si nos dividimos, somos presas fáciles. Juntos, en una estación abarrotada, tenemos una oportunidad. Hacedme caso.
Julia miró a Michael, y este asintió levemente. No confiaban en Ahmed, pero no tenían otra alternativa mejor.
El tren se detuvo con un leve chasquido neumático. Las puertas se abrieron, escupiendo a los pasajeros al inmenso andén de la estación de Atocha. Ya era de noche. Salieron del vagón mirando frenéticamente en todas direcciones, escrutando cada rostro, cada movimiento.
El plan era aparentemente sencillo: atravesar el vestíbulo principal y dirigirse a la zona de Cercanías para coger el tren subterráneo que los llevaría directamente a la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.
Avanzaron deprisa. La estación, con su gigantesco jardín tropical bajo la bóveda de hierro y cristal, aún bullía de actividad.
Multitud de viajeros rezagados, turistas y oficinistas se cruzaban en su camino.
Enfilaban ya la larga pasarela acristalada que los conducía hacia la escalera mecánica de bajada a los andenes de Cercanías, cuando Viktor se detuvo en seco.
El escandinavo agarró a Michael por el hombro, con los nudillos blancos por la tensión.
—Atrás —susurró Viktor, con la voz temblorosa—. Mirad atrás.
A menos de cincuenta metros, abriéndose paso a empujones entre el gentío, un grupo de seis hombres avanzaba hacia ellos. Eran tipos inmensos, con cazadoras oscuras y rostros que no dejaban lugar a dudas: no eran policías, no eran guardias de seguridad. Y los miraban directamente a ellos, sin dudar.
Michael evaluó la situación en una fracción de segundo .
—¡Vamos! —ordenó, seco y decidido —. Tenemos que alcanzar ese tren para despistarlos. ¡Corred!
La huida comenzó. El equipo de Gsel se lanzó a la carrera por la pasarela, esquivando a pasajeros indignados y carritos de equipaje.
Ahmed se quedó rezagado voluntariamente, cerrando el grupo, girando la cabeza cada pocos segundos para medir la distancia con los perseguidores.
La densidad de la gente jugaba a su favor, actuando como una barrera humana que ralentizaba a los seis sicarios que, en terreno despejado, les habría dado caza enseguida.
Aun así, la ventaja menguaba rápidamente.
Llegaron al borde de la pasarela que dominaba el nivel inferior. Desde lo alto, el exinversor miró hacia los andenes.
—¡Allí! —gritó, señalando hacia abajo.
El tren de Cercanías ya estaba en el andén, con las puertas abiertas y el pitido de advertencia resonando en la caverna de hormigón. Estaba a punto de salir.
—¡Por las escaleras! ¡Rápido! —apremió Julia.
Bajaron los escalones de tres en tres. Los pesados pasos de los seis hombres ya resonaban en el inicio de la pasarela, justo a sus espaldas. Estaban casi encima. La carrera hacia la puerta del vagón parecía interminable.
A escasos metros del tren, Jian frenó bruscamente y se desvió hacia un grueso pilar de hormigón gris que se alzaba en el andén. Sin dudar un instante, levantó el codo y destrozó el cristal protector de la alarma de incendios, tirando con todas sus fuerzas de la palanca manual.
—¡¿Qué haces?! —le gritó Viktor, sujetándolo por el brazo mientras la gente a su alrededor empezaba a agitarse—. ¡Nos cerrarán las salidas! ¡Nos quedaremos atrapados!
Jian se zafó del agarre, con los ojos inyectados en pura adrenalina.
—¡El protocolo ferroviario de evacuación dinámica! —exclamó Jian por encima del estruendo—. ¡En cuanto vean lio tras una alarma manual, la orden inmediata a los maquinistas será cerrar puertas y sacar los trenes de los andenes! ¡Sube rápido!
Casi al unísono, las alarmas estallaron con un aullido ensordecedor que hizo vibrar la estructura.
El caos se apoderó de Atocha. Desde el alto techo del subterráneo, pesadas pantallas ignífugas comenzaron a descender automáticamente para compartimentar los andenes, mientras las válvulas de emergencia expulsaban a presión cortinas de agua nebulizada.
En cuestión de segundos, una nube artificial, espesa y cegadora, lo cubrió todo.
—¡Corre, corre! —fue lo único que Julia logró escuchar en medio de la histeria colectiva.
Aceleró hacia las puertas abiertas del vagón, donde Viktor y Gloria ya se habían colado.
Estaba a solo dos pasos de la salvación cuando sintió un tirón brutal.
Una mano gigantesca, dura como el hierro, la agarró por el cuello de la chaqueta, levantándola casi en volandas y cortándole la respiración de golpe.
En la nebulosa que ahora invadía el andén, las siluetas de sus perseguidores se habían materializado.
Michael y Ahmed no dudaron. Saltaron como resortes sobre los atacantes antes de que pudieran arrastrar a Julia.
En medio de la espesa niebla artificial que apenas les permitía ver más allá de sus propios puños, la pelea se volvió salvaje, un forcejeo a vida o muerte sin técnica alguna, solo instinto de conservación.
Michael lanzó un codazo certero a la garganta del hombre que sostenía a Julia, logrando que aflojara la mano lo justo para que ella se soltara y cayera de rodillas al suelo.
A su lado, Ahmed se movía con una contundencia temeraria.
El matemático esquivó un puñetazo y golpeó a dos de los mercenarios con una ferocidad desesperada, usando todo su peso para hacerlos retroceder hacia la bruma.
—¡Al tren! ¡Ahora! —gritó Michael, levantando a Julia por la cintura.
Los tres se abalanzaron hacia la puerta del convoy. Dentro, Jian y Viktor usaban todas sus fuerzas, empujando con hombros y brazos para retener las hojas neumáticas que ya amenazaban con cerrarse definitivamente, respondiendo a la inminente orden de evacuación automática.