El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 16 Bajo la lupa
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16 Bajo la lupa

J ulia corría con la respiración desbocada, sintiendo el latido de su propio corazón retumbándole en las sienes.

Sus botas golpeaban el asfalto húmedo del Poblenou, un barrio donde las antiguas chimeneas industriales de ladrillo rojo se alzaban ahora como fantasmas mudos entre modernos edificios de cristal y acero.

Atrás habían dejado el piso franco de Airbnb, sus equipos y la falsa sensación de seguridad.

Pero, sobre todo, atrás había quedado la imagen que ahora se repetía en bucle en la mente de Julia: Ahmed, el reservado genio de los datos, sacando una pistola de debajo de su chaqueta con una frialdad que asustaba para abrirles paso y sacarlos de allí con vida.

Ahora corrían como presas, escoltados por un depredador.

—¡No os detengáis! —el grito ahogado de Michael Evans llegó desde la retaguardia. El director del Gsel intentaba mantener cohesionado a un grupo de científicos que jamás había sido preparado para aquello.

A la izquierda de Julia, Jian tropezaba levemente, agarrándose el costado, mientras Viktor, con su envergadura de vikingo, lo sostenía por el brazo para evitar que cayera al suelo.

Ahmed corría junto a ellos, en silencio.

Se movía con una eficiencia que resultaba aterradora.

Gayda cruzó una mirada fugaz con él. Sentía un terror inconsciente ante aquel hombre, pero, al mismo tiempo, una paradójica y profunda sensación de seguridad.

Sin él, ya los habrían capturado en aquel piso.

Miró hacia atrás un instante, luchando desesperadamente por cada bocanada de aire.

A más de una manzana de distancia, recortados contra la intensa luz del sol que bañaba la avenida, logró distinguir a sus perseguidores.

Eran siluetas oscuras corriendo, implacables, abriéndose paso entre los transeúntes.

Aún estaban lejos para verlos con claridad, pero lo bastante cerca como para saber que la cacería no se detendría.

Al doblar la siguiente esquina, desembocaron en una calle peatonal más ancha.

La suerte, o tal vez la inercia de la desesperación, les lanzó un salvavidas inesperado.

Frente a la terraza de un bar atestado, una violenta reyerta acababa de estallar.

Dos grupos de jóvenes se enzarzaban en una maraña de empujones, gritos y botellas rotas.

Decenas de personas se arremolinaban alrededor, bloqueando por completo la calzada.

Casi al instante, el aullido ensordecedor de las sirenas lo llenó todo. Dos patrullas de la Guardia Urbana giraron la esquina derrapando.

—¡Agachaos y cruzad ahora! —ordenó Michael.

El caos fue su mejor escondite. Sus perseguidores se vieron bruscamente absorbidos por la multitud y los furgones policiales.

Quedaron atrapados. Los hombres de ropa oscura intentaban abrirse paso a empujones en aquel tumulto, pero la intervención policial los desorientó, interponiendo un muro infranqueable de cuerpos y luces de emergencia.

El equipo se escurrió por la acera opuesta, apretándose contra las paredes, hasta que la puerta de un escaparate medio abierto les ofreció refugio.

Era una tienda de souvenirs . Un ecosistema surrealista iluminado por fluorescentes baratos.

Algunos turistas se agolpaban junto a los cristales buscando refugio de los altercados, mientras otros seguían comprando recuerdos de última hora con total normalidad, completamente ajenos a la persecución de la calle.

Las estanterías rebosaban de camisetas de fútbol y tazas con imitaciones de obras de Gaudí.

Entraron en tropel, intentando camuflar sus jadeos. Julia se apoyó contra un expositor giratorio, cerrando los ojos e intentando recobrar la compostura.

Los abrió al escuchar el tintineo de unas monedas.

A escasos dos metros, Gloria estaba frente al mostrador.

Su respiración aún era irregular, pero su rostro mostraba una determinación inquebrantable.

Le entregó un billete arrugado al dependiente y regresó con un pequeño objeto de plástico.

Era una lupa. Pequeña, de mala calidad, rematada con un imán para la nevera y una llamativa bandera de España serigrafiada en el mango.

Gloria se la deslizó en el bolsillo del abrigo y pareció sonreír levemente. Julia la miró a los ojos, captando al instante la razón de aquello.

—Eres la mejor, Gloria —le susurró Julia, con la voz entrecortada pero llena de alivio—. En un momento así, jamás habría caído en eso.

—Andando —respondió ella.

Se pegaron a la espalda de un ruidoso grupo de turistas y salieron con ellos por la puerta trasera del local.

Fue el camuflaje perfecto; al emerger por la salida posterior, simplemente se esfumaron en el bullicio barcelonés, dejando a sus cazadores completamente bloqueados en la avenida principal.

Sin perder un segundo, se escabulleron por la boca de metro más cercana, mezclándose con la marea de viajeros subterráneos.

El estrés y el peso muerto de las pesadas planchas de metal en las mochilas les estaba pasando factura.

Tras abandonar el metro cubrieron la distancia final desde el andén inferior hasta el nivel superior de la Estación de Barcelona-Sants casi a la carrera.

Al irrumpir en el enorme vestíbulo, los paneles electrónicos parpadeaban en rojo anunciando el inminente cierre de puertas del próximo AVE con destino a Madrid.

Era su vía de escape ideal: un billete que los sacaría de allí a trescientos kilómetros por hora sin cruce de bases de datos policiales ni controles de identidad exhaustivos.

Ahmed arrojó su arma de manera discreta en una papelera cercana. Golpearon nerviosamente las pantallas de las máquinas automáticas de tickets con las manos temblorosas, agarraron los pasajes y volaron hacia el andén.

Saltaron al interior del vagón apenas unos segundos antes de que las puertas neumáticas se sellaran con un suave siseo. El tren comenzó a deslizarse lentamente.

El interior del AVE estaba inmerso en un silencio que contrastaba violentamente con el terror que acababan de vivir en las calles.

Se acomodaron en la zona central del vagón, en uno de esos módulos de cuatro asientos enfrentados con una pequeña mesa plegable en el medio.

Julia, Gloria, Jian y Viktor se dejaron caer en ellos.

Michael Evans se sentó en la fila contigua, al otro lado del pasillo.

Ahmed ocupó el asiento vacío junto a él, manteniendo la cabeza agachada.

Julia, sobreexcitada y aún con la imagen del piso franco grabada a fuego, clavó su mirada en el matemático.

—Lo del piso... —empezó a decir, su voz cortando el silencio del vagón como un cuchillo, cargada de reproche e indignación—. La forma en la que sacaste esa arma y nos cubriste... ¿Qué está pasando? ¿Quién demonios eres realmente? —preguntó en absoluto estado de shock .

Los ojos del resto del equipo se clavaron en él. La incredulidad aún marcaba los rostros de Jian y Viktor. Ahmed esquivó mirarles. Sus largos dedos se entrelazaron sobre sus rodillas. Suspiró profundamente.

—Me captaron hace años —empezó a decir, con una voz tan neutra que resultaba aterradora—. Como a muchos otros científicos. Existe una red. Una especie de ejército invisible de informadores infiltrados en grupos de investigación por todo el mundo. Recibí entrenamiento aparte de formación académica.

—¿Infiltrados? —soltó Viktor, tensando la mandíbula.

—Nunca creí que me vería envuelto en algo así —continuó Ahmed, esquivando sus miradas—.

Nos dijeron que nuestra función era apenas informativa.

Reportar avances científicos relevantes.

«Solo se trata de enviar unos correos encriptados, pero con entrenamiento militar».

Eso es lo que pensé. Miles lo hacen. Pero cuando vi que las supuestas unidades de vigilancia se convertían en unidades de asalto... ahí es cuando dudé.

—¿Por qué tener un ejército de científicos espías? —preguntó Julia.

—La idea que nos vendieron era saber qué se está haciendo por la humanidad.

Al principio, creí de verdad que era para que nadie, ningún gobierno o corporación, enterrase ese conocimiento.

Pero la historia de Clemente Figuera me ha hecho cuestionarlo todo.

Ya no sé si los que me pagan son, en realidad, los mismos que intentan ocultar esos avances.

Sigo dudando. Incluso... —titubeó un segundo—, tal vez se trata de hablar con ellos y aclarar todo esto.

Explicarles lo que hemos encontrado en la investigación.

Julia golpeó la mesa con las manos.

—¡¿Pero no ves que van a por nosotros sin piedad?! —le espetó en un susurro furioso—. ¡Nos has puesto en peligro mortal! ¿Cómo puedes proponer algo así después de lo que casi nos hacen en el piso?

Michael intervino desde el otro lado del pasillo. Su voz era fría y severa.

—Ahmed, ¿tienes aún algún sistema de alerta contigo?

—No —contestó él rápidamente—. Me dieron un móvil de usar y tirar al empezar, pero me deshice de él en Gran Canaria.

En Barcelona, cuando me aparté un momento de Gloria en el registro notarial, un tipo se me acercó.

Me dio otro teléfono y la pistola que viste.

Ahí es donde mis dudas sobre la misión crecieron hasta aterrorizarme.

El móvil lo tiré por un conducto tras hablar con mi enlace.

Y la pistola la acabo de tirar a la papelera en el andén. Ya no me queda nada.

Michael se inclinó hacia adelante, clavando una mirada de desprecio en él.

—Escúchame bien. Aquí debe acabar tu comunicación con ellos. Si intentas contactarles de nuevo, nos van a matar a todos por tu culpa. Yo lo sé bien. Ellos no tienen límites.

El silencio posterior a la amenaza de Michael pesó en el vagón de manera abrumadora.

El rítmico traqueteo del tren devorando kilómetros bajo las luces de la tarde era el único sonido que los anclaba a la realidad.

Ahmed asintió lentamente ante las palabras del director, sin levantar la vista de sus manos entrelazadas, resignado.