15 El efecto del cisne negro #2
Julia colgó el teléfono. El ambiente en el piso franco era de euforia por los descubrimientos, pero al mismo tiempo de incertidumbre ante lo que había visto en aquel esquema Ahmed.
En el despacho de su Cuartel General, Karl Swartz colgó el auricular de un teléfono fijo con extrema lentitud, de espaldas a los inmensos ventanales que enmarcaban la gélida mañana en los Alpes. Sus manos estaban blancas por la presión.
Se giró hacia su jefe de seguridad táctica, que aguardaba en estricto silencio junto a la puerta de cristal, esperando órdenes.
—¿En Barcelona? —murmuró Swartz, y su voz era un susurro gélido acompañada de una mirada envenenada—.
La unidad de Canarias lleva toda la mañana peinando puertos y aeropuertos, creyendo que los tenían acorralados...
Han burlado toda vuestra red de vigilancia y resulta que ya los tenemos en nuestro jardín, imbéciles.
El otro hombre tragó saliva, manteniendo la compostura.
—Señor, los aeropuertos y los puertos en las islas estaban completamente sellados por nuestros hombres. Es imposible que...
—Me importa un bledo cómo lo hayan hecho —le cortó el director ejecutivo, conteniendo una furia volcánica. Se abotonó la chaqueta del traje con precisión milimétrica.
—Activa la unidad de Barcelona. Mejor así. Canarias era un terreno neutral, pero Barcelona es nuestra zona de influencia. Allí no necesitamos esconder a nuestros contratistas; tenemos a la cúpula policial y a los servicios de inteligencia en nuestro bolsillo.
Swartz caminó hacia su escritorio y tecleó una orden en su terminal.
—Acabo de pasarte las coordenadas exactas de su ubicación. Tenéis vía libre. Si el equipo de la doctora Gayda opone la más mínima resistencia, haced que el edificio entero parezca un trágico accidente de gas.
Mientras tanto, en Barcelona, la atmósfera en el salón del piso franco era de extremo nerviosismo cuando Gloria y Ahmed cruzaron la puerta.
Ella, ajena al abismo personal que se había abierto entre Michael y Julia esa misma mañana, sacó una carpeta amarillenta de su bolso con el cuidado de un cirujano.
El matemático, por su parte, cerró la puerta a sus espaldas con inusitada lentitud, observando con detenimiento el pasillo antes de echar los tres cerrojos.
—Aquí está —anunció la gestora, caminando hacia la mesa de roble—. La fotografía. El esquema.
Jian se apartó de las pantallas. Julia extendió la mano hacia la carpeta, con el corazón latiéndole a mil por hora. Si Ahmed había visto algo oscuro en ese diseño, ella necesitaba analizarlo con ojos de ingeniera inmediatamente.
Pero antes de que sus dedos rozaran el cartón, un estruendo brutal hizo temblar las molduras del techo.
El estampido de aquella patada militar reventando madera maciza resonó en el edificio, seguido por un coro de gritos aterrorizados y el inconfundible traqueteo metálico de las armas al ser cargadas.
Jian se quedó congelado. Michael se puso en pie de un salto, volcando su silla.
Pero el sonido no venía de su puerta. Ahmed desenfundó una pistola compacta de su cazadora con una fluidez aterradora, deslizándose hacia el recibidor sin hacer el más mínimo ruido.
Pegó la oreja a la gruesa pared medianera que compartían con el apartamento vecino.
Al otro lado se escuchaban los gritos de una familia y órdenes secas en inglés.
Jian parpadeó, incrédulo, olvidando por una fracción de segundo el pánico del asalto.
—¿Desde cuándo tienes una pistola? —balbuceó, con los ojos desorbitados al ver la postura táctica de su compañero.
Julia tampoco podía ocultar su estupor al ver cómo el matemático empuñaba el arma con la frialdad de un soldado profesional. Cruzó una mirada cargada de alarma con Michael.
—Se han equivocado de puerta —susurró el matemático, ignorando por completo la estupefacción de sus compañeros y regresando al salón con los ojos fijos en el exinversor—. Han asaltado el piso de al lado. Corregirán en cuestión de segundos .
—No hay tiempo para interrogatorios. Nos han localizado —gruñó Michael, asumiendo el mando—. Tenemos veinte segundos. ¡Salid de aquí!
—¡¿Por dónde?! —gritó Jian, metiendo febrilmente los portátiles en su mochila.
Estaban atrapados en un «Principal», el piso destinado históricamente a la alta burguesía, situado justo por encima de los entresuelos comerciales. La puerta daba al rellano donde estaba el escuadrón, y los balcones de la fachada estaban a casi seis metros de altura, sin salientes.
—¡Por la galería! ¡Al patio de luces! —ordenó el exanalista.
Julia agarró la mochila y metió los documentos de Figuera de un manotazo, haciendo un gesto brusco a Gloria para que guardara la foto.
Corrieron hacia los inmensos ventanales de la galería trasera, que daba a un típico patio de manzanas cerrado.
Michael reventó el antiguo pestillo de latón y abrió las cristaleras de par en par.
Desde el pasillo exterior del edificio, oyeron cómo la puerta de su propio apartamento comenzaba a ceder bajo la presión de los golpes.
—¡Fuera, fuera, fuera! —apremió Ahmed, apuntando su arma hacia el interior del salón a modo de cobertura.
Saltaron al patio. Aterrizaron un par de metros más abajo, sobre la cubierta de uralita y cristal armado que techaba los antiguos lavaderos de la planta baja. El techo crujió peligrosamente bajo sus pies, amenazando con ceder y tragárselos, pero la vieja estructura aguantó.
—¡Bajad por la tubería! —indicó el matemático, que fue el último en saltar, señalando una gruesa bajante de hierro fundido que descendía pegada a la pared hasta el callejón de servicio del patio interior.
Julia se aferró al metal y se deslizó hacia abajo, raspándose las palmas de las manos, seguida por Gloria, Jian, Viktor y Michael.
Justo cuando los pies de Ahmed tocaron el suelo del callejón, los mercenarios de RackBlock reventaron los ventanales de la galería de arriba, barriendo el exterior del piso franco ya vacío.
—¡Por aquí, rápido! —ordenó Michael, abriendo a empujones una vieja puerta de servicio que daba a un callejón trasero.
Las sombras de los seis fugitivos se fundieron con la luz del mediodía de Barcelona.
Habían perdido su refugio, ahora corrían por su vida, atenazados por el pánico.
Pero tenían aquella nueva foto reveladora.
Huían hacia el este, lanzando miradas aterradas a sus espaldas y flanqueados por un Ahmed que, de pronto, se había convertido en un absoluto desconocido para el grupo.
Su letal frialdad en la huida les inspiraba un profundo temor, pero, al mismo tiempo, una innegable y silenciosa sensación de protección frente a aquellos matones.