El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 110
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Capítulo 110

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(Punto de vista de Lily)

El salón de baile ya estaba medio lleno cuando Aurora y yo entramos discretamente y nos sentamos en la segunda fila. Un ejecutivo de Hartley Technologies estaba terminando el discurso de apertura en el escenario, agradeciendo a los patrocinadores y repasando el programa del día.

Aurora se sentó a mi lado, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y me puso en la palma un puñado de caramelos de menta y dos barritas energéticas.

—Barrita energética cuando tengas hambre —dijo en voz baja—. Menta cuando estés a punto de desmayarte. Y hagas lo que hagas, no te duermas. Hay cámaras.

Miré el montoncito de provisiones en mi mano.

—Estaré bien. Puedo mantenerme despierta.

Aurora me miró fijamente.

—A ver, una pregunta. ¿Confías en tu fuerza de voluntad o en mis seis años de experiencia profesional sobreviviendo a conferencias?

No contesté.

Asintió como dando el asunto por zanjado y se volvió hacia el escenario.

El primer orador era un vicepresidente de una empresa tecnológica.

Agudo, seguro de sí mismo y completamente incomprensible.

Una de cada dos frases era una retahíla de acrónimos y jerga del sector que no había oído en mi vida.

Mantuve la cabeza agachada y escribí lo más rápido que pude.

Cada vez que me atascaba con un término que no sabía cómo escribir, Aurora se inclinaba sin decir palabra y lo completaba.

Le siguió el presidente norteamericano de una marca europea de cuidado personal, que habló sobre psicología del consumidor y fidelización de marca.

Luego un fundador de artículos de lujo, después un vicepresidente de una empresa de bienes de consumo, luego un director regional de una importante plataforma de comercio electrónico.

Responsabilidad corporativa. Operaciones sostenibles.

Transformación del sector. Estrategia de redes sociales.

Cuando llegó el cuarto orador, ya luchaba por mantener los ojos abiertos.

En algún momento, sentí un peso sobre el hombro izquierdo. Miré de reojo. Aurora se había quedado completamente callada, con la cabeza ladeada contra mí y los ojos cerrados.

Se había dormido.

La miré un segundo y luego me volví hacia el escenario.

Aguanté dos oradores más yo sola. Los bostezos no paraban, uno tras otro, con los ojos llorosos. Parpadeé con fuerza mirando al escenario e intenté concentrarme.

Al quinto bostezo, Aurora se movió. Levantó la cabeza, se volvió a mirarme y me giró la cara hacia ella con suavidad. Nuestras frentes casi se tocaban.

—Déjate llevar —murmuró—. Deja de resistirte.

—Tengo que escribir un informe resumen cuando volvamos —susurré.

Me dio unas palmaditas en el brazo.

—La grabadora lleva funcionando todo el rato. Tranquila.

Volvió a apoyar la cabeza en mi hombro y se quedó dormida en unos treinta segundos.

Me comí una barrita energética y seguí aguantando.

La sesión de la mañana por fin terminó. Fuimos al restaurante del hotel, nos servimos del bufé y nos sentamos junto a la ventana. Ninguna de las dos habló mucho. Comimos, descansamos los pies y volvimos dentro para la sesión de la tarde.

La tarde fue peor. Las luces del salón eran cálidas y tenues, y todo el ambiente se había vuelto denso y soporífero. Apoyé la barbilla en la mano y desenvolví uno de los caramelos de menta. El frescor intenso me golpeó en el fondo de la garganta y me espabiló.

No podía dormirme. No esa tarde.

Porque Archer iba a hablar.

El presidente de alguna empresa que ya había olvidado estaba terminando en el escenario. El presentador se acercó al micrófono y anunció al siguiente ponente.

Me erguí en el asiento.

Archer entró por la puerta del fondo. Traje negro, sin corbata. Caminaba con paso firme, sin prisa, con una leve sonrisa que no le llegaba a los ojos. La sala se quedó más callada en cuanto apareció. No de forma dramática, pero sí perceptible. Como si cambiara la presión del aire.

Lo había visto de traje antes. Lo había visto en casa, cenando, por las mañanas antes de ir a trabajar.

Pero esto era diferente. El hombre que caminaba hacia aquel escenario no era el mismo que me había besado en la habitación del hotel dos horas antes y había intentado tres veces pintarme los labios.

Este era alguien completamente distinto.

Archer Hartley. El que veían todos los demás.

Subió al estrado y miró a la sala. Su mirada recorrió las filas y durante un segundo se detuvo en mí. Luego continuó, imperturbable.

—Buenas tardes —dijo al micrófono—. Gracias a los organizadores por invitarme. Seré breve: tres puntos, e intentaré no aburriros.

Algunas personas se rieron.

No usó diapositivas. Apenas usó notas. Hablaba como me hablaba en casa: directo, claro, sin palabras de más, solo que cada frase daba justo en el blanco.

Sin jerga. Sin tecnicismos vacíos. Hizo una comparación con un partido de béisbol que arrancó una carcajada genuina de toda la sala, y siguió adelante.

Lo miraba tan fijamente que me olvidé de escribir.

Aurora me dio un codazo. Miré el cuaderno. En blanco. Ni una sola palabra.

Se inclinó hacia mi oído.

—Te lo estás comiendo con los ojos.

—Estoy escuchando.

—El bolígrafo no se te ha movido en diez minutos.

No dije nada.

Soltó un bufido bajo, divertida.

—Estás embobada mirándole la cara y no escuchas ni una palabra de lo que dice. Pero vamos, ¿con un tío así? Te entiendo.

Me dio unas palmaditas en la rodilla, se levantó y se escabulló hacia los baños.

Me volví hacia el escenario.

Me gustaba cómo hablaba. Sin poses, sin esforzarse por impresionar. Solo alguien que sabía exactamente lo que pensaba y lo decía. Esa clase de seguridad no necesitaba adornos.

Los aplausos empezaron antes de que me diera cuenta de que había terminado. Aplaudí con los demás, todavía viéndolo alejarse del estrado.

Me volví para decirle algo a Aurora.

No era Aurora.

Un hombre con americana oscura había ocupado su sitio. Llevaba la acreditación de la conferencia prendida en la solapa. Tenía una sonrisa afable y esa soltura de quien está acostumbrado a presentarse a desconocidos.

—Hola —dijo—. Perdona que interrumpa, llevaba un rato buscando el momento. Soy Marcus. Trabajo en Alderton Group.

—Hola —respondí, y me giré hacia el escenario.

—No creo haberte visto antes en esta conferencia —continuó—. ¿Vienes con alguna de las empresas ponentes?

—Sí.

—¿Cuál?

Le di el nombre de nuestra empresa y lo dejé ahí.

No captó la indirecta. Me habló del último proyecto de su empresa, preguntó de dónde era, comentó que la sesión de la tarde le había parecido la mejor hasta el momento.

Luego preguntó si tenía planes para cenar, dijo que estaría bien intercambiar impresiones mientras comíamos.

Estaba buscando la manera de decir que no cuando la sesión hizo una pausa oficial para el café.

Me levanté. Marcus también se levantó, sin dejar de hablar, mientras sacaba una tarjeta de visita del bolsillo interior de la chaqueta.

Entonces una mano se posó en mi cintura.

Archer estaba a mi lado. No lo había oído acercarse. Conservaba esa misma calma del escenario, como si nada a su alrededor pudiera moverse más rápido de lo que él permitía.

Miró a Marcus y le tendió la mano.

—Hola —dijo—. Soy Archer Hartley. El marido de Lily.

Marcus se quedó a mitad de frase. Su sonrisa no desapareció exactamente, simplemente se quedó congelada. Estrechó la mano de Archer.

—Encantado —dijo.

Luego se guardó la tarjeta en el bolsillo, murmuró algo sobre ir a por café y se marchó.

La mano de Archer seguía en mi cintura.

El corazón me latía desbocado, mucho más de lo que la situación justificaba.

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