Capítulo 107
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(PDV de Lily)
Archer me besó de nuevo, más despacio esta vez, con los dedos enredados en mi pelo, las yemas presionando suavemente junto a mi oreja. Le rodeé el cuello con ambos brazos y le devolví el beso.
Empezó despacio. Luego dejó de serlo.
En algún momento oí un sonido tenue: un pequeño desgarro deliberado. Abrí los ojos. La habitación se había difuminado en los bordes y yo ya me hundía en las sábanas. Me ardía la cara.
—¿Cuándo...? —me salió la voz más débil de lo que pretendía.
Archer no levantó la vista. Estaba concentrado en lo que hacía.
—Desde que me dijiste que te gustaba —dijo.
Me puse colorada. Giré la cabeza y me quedé mirando la pared.
Me besó en la mandíbula.
No volví a mirarlo.
Las luces del techo seguían flotando sobre nosotros, lentas y silenciosas, y dejé de pensar en todo lo demás.
La mañana entró por los ventanales, dorada, pálida, sin prisa.
Emergí lentamente, atravesando capas de calidez. Mis dedos tocaron algo sólido. Aquel calor bajo la palma de mi mano me resultaba desconocido, y me despertó del todo.
Abrí los ojos.
Archer ya estaba despierto. Tumbado de lado, con la camiseta abierta en el cuello, apoyado en un codo, me miraba fijamente. Su expresión era relajada. Casi divertida.
Bajé la mirada.
Tenía la mano apoyada en su estómago.
—Llevas así toda la noche —dijo con la voz aún ronca de sueño—. ¿Todavía no te has quedado satisfecha?
Los recuerdos volvieron en fragmentos.
Cómo me había besado la frente, la sien, la comisura del ojo. Cómo había pronunciado mi nombre, en voz baja, justo en mi oído. Cómo me había cogido la mano para guiarla hasta su costado y me había preguntado, suavemente, si así estaba mejor.
Había dicho que sí. Todas las veces.
Recordé cómo se movían sus músculos bajo mi palma: la tensión fina y densa, cómo se desplazaban con cada respiración. Había sido cuidadoso conmigo en todo momento. Más lento de lo que esperaba. Siempre pendiente.
Y recordé haberlo mirado en algún momento: su rostro nítido incluso entonces, incluso a través de todo, con los ojos fijos en los míos y una expresión que no sabía nombrar. Oscuros, sin parpadear, como si quisiera grabar mi cara en su memoria. No había podido apartar la mirada.
Me ardía la cara.
Retiré la mano de golpe y me tapé con la sábana.
Archer se rio —una risa de verdad, queda y grave— y se inclinó para besarme la frente.
—Se está haciendo tarde —dijo—. Deberías levantarte.
Me levanté. Despacio.
Me tomé mi tiempo en el baño. Me lo tomé también para encontrar la ropa. Me alisé el pelo hasta dejarlo presentable y me miré en el espejo un momento más de lo necesario.
No podía mirarlo a la cara. Eso era un hecho, sin más.
Para cuando bajé, ya tenía la excusa preparada.
—Ya es tarde —dije, yendo directa hacia la puerta—. No tengo tiempo para desayunar. Debería irme ya.
Tenía la mano en el picaporte.
—Lily.
Me di la vuelta.
Archer estaba de pie detrás de mí. Me tendió un sándwich envuelto en papel y una botellita de leche.
—Llévatelo —dijo—. Come por el camino.
Me quedé mirando el sándwich.
Ya había bajado. Ya lo había preparado. Sabía exactamente lo que yo iba a hacer.
Lo cogí sin decir palabra.
—Gracias —logré decir.
Y salí por la puerta todo lo rápido que pude sin echar a correr.
Durante todo el camino de vuelta, no conseguí ordenar mis pensamientos. Llevaba una camiseta. Una camiseta perfectamente normal. Y aun así podía ver a través de ella: la línea de su pecho, cómo se le había tensado el estómago cuando moví la mano aquella vez.
Esto iba a ser un problema.
Llegué a la oficina y crucé el vestíbulo antes de recordar qué día era.
Sábado. La cumbre anual del sector.
Aurora apareció de la nada y me agarró del brazo.
—Vamos —dijo—. El coche ya está aquí.
Me guió hacia la salida. Un coche de empresa esperaba en la acera. Dos compañeros de otros departamentos ya estaban dentro. Me senté junto a Aurora, con el sándwich todavía en el bolso y el cerebro aún sin funcionar del todo.
El viaje al centro fue tranquilo. La gente hablaba. Alguien le preguntó a Aurora por un rumor que había oído.
—¿Es verdad que te van a ascender el año que viene? —el tipo se inclinaba desde el asiento de atrás, con un tono ligero pero incisivo.
—Sí —dijo Aurora.
Él sonrió como quien está a punto de decir algo que cree ingenioso.
—A Diana no le va a gustar tenerte a su nivel. Ya sabes cómo es.
Aurora no cambió de expresión.
—Diana fue quien me recomendó —dijo—. Quizá deberías informarte antes de abrir la boca. Te ahorrarías el ridículo.
Al tipo se le quedó la cara de piedra.
—Solo estaba bromeando.
—Yo también —dijo Aurora.
Se volvió hacia la ventana. Miré al frente y no dije nada.
La cumbre se celebraba en un hotel de cinco estrellas en el centro de la ciudad.
El salón de baile estaba lleno: expositores con logos de marcas alineados en las paredes, y la sala repleta de ejecutivos y profesionales del sector.
Hartley Technologies figuraba como coorganizador este año, con una aparición programada durante la entrega de premios.
Nuestro grupo pasó por el registro obligatorio de la empresa. Recogí mi acreditación, eché un vistazo al programa y seguí a Aurora hacia el salón principal.
La sala era un hervidero de ruido y gente. Me dejé llevar por el ritmo: asentir durante las presentaciones, estrechar manos, charlar de nada. Al cabo de un rato, dejó de parecer trabajo.
Estaba a media frase con un colega cuando lo sentí.
Levanté la vista.
Al otro lado de la sala, entre la multitud, Archer estaba con un grupo de hombres mayores trajeados. Escuchaba a uno de ellos, asintiendo ligeramente, y entonces desvió la mirada y sus ojos se cruzaron con los míos.
Duró tal vez dos segundos.
Luego ambos apartamos la mirada.
Seguí hablando. No me di la vuelta. Me quedé con mi grupo el resto del tiempo, sonreí en los momentos adecuados, respondí cuando alguien me hablaba.
Pero en todo momento supe exactamente dónde estaba él en la sala.
Nos cruzamos una vez, caminando en direcciones opuestas entre la multitud. No nos detuvimos. No nos saludamos. Dos extraños que atravesaban el mismo espacio.
Cuando nuestro grupo terminó con el último punto de la agenda, me aparté y miré el móvil.
Un mensaje. De Archer.
Ven a la suite del ático.
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