El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 80
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Capítulo 80

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(Lily)

Helen no me dejó marcharme sin el joyero.

—Se queda contigo —dijo, poniéndomelo entre las manos en la puerta—. Duermo mejor sabiendo que está en un lugar donde de verdad importa.

Lo llevé apretado contra el pecho de camino al coche. La madera era suave y fresca bajo mis dedos. No podía dejar de mirarlo.

Era la primera vez que una «suegra» me entregaba algo con significado, algo con una historia real detrás. Ningún precio podría explicar lo que aquello significaba para mí.

Archer arrancó el coche.

—¿Estás bien?

—Sí. —Dudé un momento—. Lo cuidaré bien.

Me miró y volvió la vista a la carretera. No dijo nada más, pero no hacía falta.

Salimos a la carretera principal y su móvil vibró en la consola central. Lo miró en el siguiente semáforo y me lo pasó sin decir nada.

Era un mensaje de Claire.

Escucha a tu esposa. Sé feliz. 😊

Me quedé mirándolo unos segundos y solté una carcajada. No pude evitarlo.

—No para nunca —dijo Archer, negando con la cabeza.

—Pero no se equivoca.

—No. —Lo dijo despacio, como admitiendo algo a regañadientes—. Tienes toda la razón.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una tarjeta de crédito negra. La dejó sobre mi rodilla.

—Mi padre me apartó antes de irnos —dijo—. Me pidió que te diera esto.

La cogí. Era una tarjeta suplementaria. Con mi nombre.

—Dice que es para ti —continuó Archer—. Que una nuera nueva no debería tener que preocuparse por nada en esta familia.

No supe qué decir. Le di vueltas a la tarjeta entre los dedos.

—Estás haciendo eso otra vez —dijo Archer.

—¿El qué?

—Darle demasiadas vueltas. Es un regalo de mi padre. Sería una falta de educación devolverlo.

—Ya lo sé, pero es que...

—Lily.

—Vale. —La dejé con cuidado encima del joyero—. Vale. Me la quedo.

No puso cara de satisfacción. Simplemente siguió conduciendo.

El proyecto Riverside se cerró oficialmente la semana siguiente. Mi participación en el seguimiento había terminado. Volví a la oficina central, asistí a la reunión de cierre del proyecto, entregué mi informe semanal y después no tuve absolutamente nada que hacer.

No fue difícil entender por qué. Mientras había estado fuera, Vivian se había hecho cargo de todo lo que yo llevaba. Mis tareas, mis archivos, mis asuntos pendientes. Todo. Estaba sentada en mi escritorio sin ninguna asignación, sin una función clara y sin idea de qué vendría después.

Mi teléfono sonó. Diana.

—Ven a mi despacho.

Ya me estaba levantando antes de que terminara la frase.

Diana llevaba un blazer oscuro y estaba sentada muy erguida detrás de su escritorio. Me miró cuando entré y fue directa al grano.

—¿Tienes alguna idea de hacia dónde quieres ir a partir de aquí?

Parpadeé.

—En concreto, no.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Esperaba que me asignaras algo nuevo.

Me observó un momento. Luego su tono se enfrió ligeramente.

—¿Tienes algún problema conmigo?

No respondí de inmediato.

—Le di tu proyecto a Vivian mientras estabas fuera —dijo—. Volviste y tu trabajo había desaparecido. ¿Estás enfadada por eso?

—Solo estamos las dos aquí —añadió—. Puedes decirlo.

Le sostuve la mirada.

—Un poco, sí.

Diana sonrió. No fue una sonrisa comprensiva. Más bien como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—Tu cara decía bastante más que «un poco» —dijo—. Pero precisamente de eso quiero hablarte.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—En este campo, dejar que la gente te lea las emociones es un punto débil. En una reunión, en una negociación, en una presentación: si alguien puede mirarte a la cara y saber exactamente cómo te sientes, ya lleva ventaja. Tienes que aprender a controlarlo. No a reprimirlo. A controlarlo.

Asentí. Iba en serio.

—¿Sabes qué rumbo quieres darle a tu carrera? —preguntó.

Abrí la boca y volví a cerrarla. La última vez que alguien me había preguntado algo así, tenía diez años y mi profesora quería que escribiéramos una redacción sobre nuestro futuro.

Diana debió de ver mi expresión.

—Voy a ser más concreta. Has estado trabajando en el área de producto dentro del grupo de proyectos. ¿Quieres avanzar hacia liderar un equipo de proyecto o prefieres ir hacia la gestión de departamento?

Antes de que pudiera responder, continuó.

—Ya he tomado una decisión —dijo—. Voy a asignarte al equipo de Aurora. Serías su asistente.

Me quedé inmóvil.

—La última asistente de Aurora solicitó una rotación interna —continuó Diana—.

Se fue a marketing durante tres meses, volvió y ya dirigía su propio equipo de proyecto.

Aurora es una de las mejores personas de esta empresa.

Los casos prácticos de su equipo todavía se usan en la formación interna. El puesto no se abre a menudo.

Lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Trabajar con Aurora era de esas cosas de las que la gente hablaba como si fueran un rumor, algo que les pasaba a otros.

—¿Por qué yo? —pregunté.

Diana me miró.

—¿Conoces a la Sra. Crawford?

—Me suena el nombre. Nunca la he visto en persona.

—Es la vicepresidenta de la empresa. Fue mi supervisora directa hace años.

Gracias a ella estoy donde estoy ahora. —Diana hizo una pausa—.

Ha dedicado toda su carrera a promover a más mujeres en puestos de liderazgo aquí.

Fue la primera persona en esta empresa en proponer formalmente la ampliación del permiso familiar remunerado y la equiparación de los permisos parentales.

Esas políticas existen ahora gracias a ella.

No lo sabía.

—Aurora también se formó bajo su tutela —dijo Diana—.

Vi crecer a Aurora desde el principio. —Se recostó—.

Hace cuatro años, estaba optando a un puesto de dirección.

El mismo nivel que un colega hombre. Mis cifras eran mejores que las suyas.

Tenía mejores evaluaciones, mejores resultados.

Se lo dieron a él de todos modos. Dijeron que me «faltaba presencia de liderazgo».

—Su voz sonaba serena, pero se adivinaba un filo por debajo—.

Ahora estamos al mismo nivel. La última vez que te di una tarea en solitario, él tuvo mucho que decir al respecto en privado. No me dijo ni una palabra a la cara.

Dejó que sus palabras calaran un momento.

—Nada de eso habría sucedido sin la Sra. Crawford. Probablemente seguiría dándome contra el mismo muro: demasiado joven, demasiado femenina, no del todo apta para la dirección. —Cogió su bolígrafo—. No puedo arreglar todo el sistema. Pero puedo poner mi granito de arena.

Me miró a los ojos.

—Y que quede claro: esa no es la única razón por la que te elijo. Tienes capacidad. Aurora es una persona excelente de la que aprender. No le des más vueltas.

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