El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 68
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Capítulo 68

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(PDV del autor)

Nora llevaba años al lado de Blake. Nunca lo había visto tratar a una mujer como trataba a Lily.

Bastaba con que alguien mencionara su nombre para que sonriera.

No una sonrisa educada, no de las que le dedicaba a todo el mundo.

Una sonrisa de verdad. Podía estar en medio de una partida de billar con los chicos, y si Lily le mandaba un mensaje, dejaba el taco a medio tiro y salía por la puerta sin dar explicaciones a nadie.

Nora se había convencido de que solo era la emoción de la conquista. Blake se aburría rápido. Con todas las chicas con las que había salido, había perdido el interés en menos de tres meses. Todas sin excepción. Pensó que con Lily sería igual.

Pero pasaron tres meses. Luego seis. Y él seguía igual de enganchado.

Fue entonces cuando Nora empezó a prestar atención de verdad.

Tanteó una vez, como quien no quiere la cosa, sugiriendo que Blake trajera a su novia a una de las quedadas del grupo. Él lo cortó de raíz. Dijo que Lily estaba liada con las prácticas y la tesis. Nora lo dejó estar en ese momento.

Más tarde, descubrió la verdad. Blake no le había contado nada de eso a Lily. Cada vez que salía con ellos, se escabullía sin decirle una palabra. Llevaba dos vidas separadas y se aseguraba de que nunca se cruzaran.

Esa fue la primera vez que sintió miedo de verdad.

A partir de entonces, empezó a mover ficha.

Movimientos pequeños, calculados. Lo llamaba con algún problema que había que resolver, siempre cuando sabía que estaba con Lily.

Elegía los momentos con cuidado: el cumpleaños de Lily, San Valentín, cualquier fecha importante.

Conocía a Blake. Si un amigo lo necesitaba, él acudía. Así era él.

La primera vez que Nora conoció a Lily en persona, lo sintió de inmediato: una antipatía visceral que no esperaba. Lily era guapa. Guapa de verdad, sin resultar llamativa. Y tenía una voz suave y cálida, era de esas personas que hacen que los demás se sientan a gusto sin proponérselo.

Si no hubiera sido la novia de Blake, puede que Lily le hubiera caído bien.

Pero lo era. Y punto.

Durante años, cada pequeño movimiento de Nora había dado en el blanco. No había fallado ni una sola vez.

Nada de eso importaba ya.

Esa noche, Blake había dicho que sí. La había mirado desde el otro lado de la mesa, con el ruido del bar de fondo, y había dicho vale, hagámoslo. Con eso bastaba. Daba igual lo que hubiera pasado antes, lo que hubiera hecho o dejado de hacer. Se había acabado. Lily estaba fuera de juego. Fin.

Nora se sentó en la parte de atrás del coche y observó las luces de la ciudad desdibujarse tras la ventanilla. Los pensamientos le daban vueltas sin parar, demasiado rápido para poder ordenarlos. Cuando llegó a casa, el cielo ya empezaba a clarear por los bordes. Se tumbó sin cambiarse de ropa.

Se quedó dormida cuando ya casi amanecía.

Menos de dos horas después, sonó el teléfono.

Vio el nombre en la pantalla y se le encogió el pecho. Se llevó la mano al esternón y respiró hondo. Luego contestó.

—Hola.

La voz de Blake sonaba ronca. De resaca.

—Hola —dijo ella.

—Lo siento.

Hizo una pausa.

—Me desperté y recordé lo que pasó anoche.

Ella no dijo nada.

—Estabas sonrojada —dijo él—. Tenías esa expresión en la cara, no sé. Me recordó a Lily. El día que me dijo que sí. No estaba pensando con claridad. No debería haber dicho lo que dije.

Nora apretó el teléfono con fuerza.

—No te lo tomes en serio —dijo él—. Lo de anoche no significó nada. Estaba borracho.

—Blake...

—Siempre te he considerado mi mejor amiga. Nada más. No sabía que te sentías así.

Se detuvo. Luego:

—Lily siempre tuvo un problema con que estuvieras cerca. Yo pensaba que eran paranoias suyas. Ahora lo entiendo.

Abrió la boca. No le salió nada.

—Voy a recuperarla —dijo él—. Creo que es mejor que mantengamos las distancias por un tiempo. No quiero que tenga que cargar con esto encima de todo lo demás.

La línea se cortó.

Nora se quedó allí sentada, con el teléfono en la mano. Los labios le temblaron un instante y se quedaron quietos. Se quedó mirando la pared de enfrente mientras la tenue luz del amanecer se colaba por las cortinas.

Lo que había ardido en ella toda la noche se apagó en silencio, como si alguien hubiera sofocado la llama con los dedos.

(PDV de Lily)

En Riverside llevaba lloviendo desde mi segundo día aquí, justo como Archer había dicho. La temperatura había bajado en picado. El cielo se mantenía bajo y gris de la mañana a la noche.

Después de cuatro días de idas y venidas entre los equipos de I+D y marketing de la empresa colaboradora, había terminado un informe completo de evaluación de riesgos: historial de la empresa, protocolos de respuesta ante crisis, patentes clave, todo.

Diana lo leyó entero sin decir palabra, luego levantó la vista y me dijo que era un buen trabajo.

Luego me miró a la cara.

—Tienes una pinta horrible —dijo—. Recoge tus cosas y vuelve al hotel. Duerme un poco. Mañana es el último día: remata la reunión de cierre y habrás acabado. Puedes irte a casa.

Le di las gracias y salí de allí.

Iba por la mitad del pasillo cuando casi me choco de frente con Fiona.

Trabajaba en el departamento de I+D de la empresa colaboradora. Habíamos coincidido en reuniones todos los días de esa semana y habíamos congeniado enseguida. Me echó un vistazo y se paró.

—¿Te ha echado la bronca?

—No —dije—. Solo estoy cansada.

Me miró de arriba abajo. —¿Estás con la regla?

Dejé de caminar.

La pregunta me golpeó como agua fría. Me quedé allí, en medio del pasillo, y lo pensé de verdad, y me di cuenta de que había perdido la cuenta por completo. El último mes había sido tan intenso, tan implacable, que no había pensado en ello ni una vez.

—Creo que sí —dije.

—Yo también.

Fiona ya estaba rebuscando en su bolso. Sacó lo que necesitaba y me lo pasó sin darle importancia, luego me quitó el bolso del hombro y lo sujetó ella.

—Ve. Te espero aquí fuera.

Me señaló el baño y fui.

Estaba dentro cuando oí su voz a través de la puerta.

—Lily. Tienes una llamada.

—¿Quién es?

Una breve pausa. —Parece que es Archer.

—Lo llamo cuando salga.

Oí sonar el teléfono dos veces. Luego paró.

Para cuando salí, los calambres ya habían empezado. Me presioné el bajo vientre con la mano e intenté controlar la respiración. Fiona se puso a caminar a mi lado sin decir nada. Me acompañó hasta el ascensor y pulsó el botón.

Bajamos en silencio. El ascensor era lento.

Cuando llegamos al vestíbulo, Fiona se metió la mano en el bolsillo y me tendió el teléfono.

—Perdona, lo metí en el bolsillo sin querer.

Lo cogí.

La pantalla estaba encendida. La miré.

No mostraba una llamada perdida.

Mostraba una llamada activa. El nombre de Archer aparecía en la parte superior de la pantalla. El contador seguía avanzando.

Tres minutos y veinte segundos.

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