El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1)
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Primer día de todo
Últimamente tenía la sensación de que mi vida era una especie de montaña rusa. Cuando pensaba que todo se calmaba un poco, venía algo aún peor.
Aquella tarde, justo cuando ya me veía de bajón, pensando en lo mal que podía salir todo al día siguiente, el móvil empezó a vibrar.
Era una videollamada de mi madre. No sé cómo lo hacía, pero siempre aparecía en el momento en el que yo estaba a punto de colapsar; era como si tuviera un radar capaz de detectar mi estado de ánimo a miles de kilómetros.
Abrí la pantalla y allí estaba ella, con el pelo recogido en un moño medio deshecho, las gafas que, de broma, siempre dice que se pone para verme mejor, y esa sonrisa suya que, no sé, siento que me calma.
—¿Qué haces, mi amor? ¿Cómo lo llevas? —dijo, inclinándose un poco hacia la cámara, como si así estuviera más cerca de mí.
—Pues… la verdad es que no muy bien —respondí, intentando no sonar muy dramática.
Por decirlo suave…
—Ya veo. ¿Y puedo ayudarte?
—No sé… ¿Sabes cómo hacer que el día de mañana se borre del calendario?
—Mmm…, eso no lo tengo en mi lista de superpoderes, pero lo que sí puedo hacer es ofrecerte todo mi amor virtual —bromeó, dibujando con el dedo un corazón en la pantalla.
—No me sirve —contesté, intentando no sonar borde.
—Me lo imaginaba… Y, a ver, ¿puedes darme más datos de por qué «todo está mal»?
¿Por dónde empiezo?
Suspiré y me dejé caer de espaldas en la cama.
—Pero si ya lo sabes, mamá… Últimamente nada encaja. Primero: tú estás en la otra punta del mundo. ¿No podías haber escogido un trabajo más lejos?
—Pero, Beca, no estoy lejos, mírame, si me necesitas solo tienes que llamarme y aparezco… Soy tu genio de la lámpara online .
—¡¡Mamá!! No estoy de broma —le dije alzando un poco la voz.
—Vale, pues me pongo seria. Para mí también es difícil estar lejos de ti, Beca, pero sabes que no podía rechazar este trabajo. Lo hablamos, ¿te acuerdas? Papá, tú y yo, y decidimos que tenía que aceptarlo.
—Sí, lo sé…, pero te echo de menos.
—Y yo a ti —respondió, apoyando la barbilla en la mano, intentando disimular que se había puesto un poco triste—. Pero puedes llamarme cuando quieras, veinticuatro horas al día. Para eso te compramos el dichoso móvil que tanto querías.
—Ya —contesté apática total.
—Mi amor, ¡son solo catorce meses!
—¿Solo? A ti y a papá os parece poco, pero para mí es una eternidad.
Ella sonrió para intentar darme ánimos.
—Cariño, busca el lado bueno de las cosas: ¡mañana empiezas en ese instituto que tanto te gustaba!
—Sí, qué suerte —contesté con ironía, tirándome otra vez en la cama, como si el mundo se me cayera encima—, un maldito insti donde no conozco a nadie.
—Anda —dijo, abriendo los ojos sorprendida—, pensaba que te apetecía estrenar instituto y conocer gente nueva.
—Sí, lo sé… Cuando lo estuvimos viendo, me molaba: era guay que tuviese itinerario de artes y, además, como Lucy no iba a estar conmigo, pensé que empezar en otro sitio estaría bien, pero…
—Pero ahora ya no lo ves igual.
—Exacto. Mamá, eso fue en mayo. Ahora me parece el peor plan del universo. No voy a coincidir con nadie del cole, cero, ni un solo conocido. Seguro que el resto del mundo no ha hecho la tontería de elegir un instituto que no le toca; llegaré a clase y todos se conocerán de antes…
¡Hace un siglo!
—Pero eso ya lo sabías. Los primeros días tendrás que esforzarte por encontrar tu lugar, pero seguro que no te costará nada encajar.
No es tan fácil…
—Mamá…, es que me siento sola —arranqué a hablar al borde de la lágrima, rascando con la uña una mancha invisible de la colcha—. Cada primer día de cada nuevo curso he estado con Lucy, siempre.
—Tu amistad con Lucy también tuvo un primer día. Todas las amistades importantes tienen que empezar de cero, cariño.
Asentí: tenía razón, pero no me sentía mejor.
—Mamá…, ¿y si es horrible?
—Entonces me llamas, estés donde estés, y hablamos y hacemos una lista de las tuyas: «Cosas del nuevo insti que son peores de lo que pensaba».
Pero a lo mejor, ¿quién sabe?, acabamos haciendo una lista de «cosas del insti que, aunque parezca mentira, me gustan».
¿Trato? —dijo, levantando el meñique y sonriendo para que me animara un poco.
Era un gesto superinfantil que compartíamos desde que yo era pequeña, y me hizo reír.
—Trato —acepté, estirando mi meñique hacia la pantalla sin ningún convencimiento, sintiéndome un poco tonta, un poco infantil y un poco menos sola.