El ojo que sigue mirando #2
Era suficiente tiempo. El tiempo necesario, que no era lo mismo que el tiempo correcto en el sentido de ser el tiempo que uno habría elegido si hubiera podido elegirlo.
Cuando terminó la traducción, Clara fue al armario del dormitorio. Sacó la caja de madera. Miró el fragmento con las tres lágrimas de calcita y las venas de cuarzo que la luz del invierno de Barcelona atravesaba desde dentro.
Lo miró durante el tiempo que necesitó mirarlo.
Luego puso la carta de Aldrovanti, ya traducida, junto al fragmento en la caja.
Cerró la caja.
Fue a la ventana.
Las torres de la Sagrada Familia en el horizonte del nordeste. La ciudad que se extendía entre el piso de la calle Provença y la catedral que todavía no era completamente la catedral que sería.
Los cimientos. La cámara sellada. El autorretrato de Hubert van Eyck que llevaba más de trescientos años esperando que alguien llegara con razón suficiente para leerlo.
Y ahora también el libro de registro del culto del ojo, que Clara sabía que estaba ahí aunque no hubiera llegado todavía al punto en que la Sagrada Familia estuviera suficientemente avanzada para que alguien pudiera acceder a los cimientos originales sin que eso requiriera interrumpir las obras.
Ese punto llegaría.
Y cuando llegara, Clara estaría lista.
Fue al teléfono.
Llamó al conservador jefe del MNAC.
Le dijo: hay algo en los cimientos de la Sagrada Familia que necesita ser documentado antes de que las obras lleguen a ese nivel.
¿Qué cosa?
Un libro, dijo Clara. Y una obra del siglo diecisiete. Y la respuesta a varias preguntas que llevo cuarenta años sin poder responder.
El conservador guardó silencio un momento.
¿Cuándo puede venir al museo?
Mañana, dijo Clara. Esta tarde tengo que hacer algo primero.
Colgó.
Fue al armario.
Sacó la caja de madera con el fragmento.
La puso bajo el brazo.
Abrió la puerta del piso.
La calle Provença en el invierno de 1982 tenía el frío húmedo del viento del Mediterráneo de diciembre y el olor a piedra mojada de los edificios del Eixample que en esa hora de la tarde tardía ya no tenían sol directo y empezaban a devolver el frío que habían acumulado durante el día.
Clara caminó hacia la Sagrada Familia.
Cuarenta minutos a pie, en invierno, con setenta y un años y una caja de madera bajo el brazo y la certeza de quien ha llegado al momento en que las cosas que se han ido posponiendo ya no pueden seguir posponiendo más porque el tiempo que queda es el tiempo que queda y no hay más.
La Sagrada Familia en construcción se veía desde varios bloques antes de llegar a ella: las torres que emergían sobre los tejados del Eixample con la insistencia específica de algo que ha decidido existir aunque no esté todavía completamente completo.
Clara llegó a la puerta de las obras.
Pidió hablar con el arquitecto responsable.
El arquitecto tardó veinte minutos en bajar.
Cuando Clara le explicó lo que buscaba, el arquitecto la miró durante un momento con la expresión de quien está evaluando si lo que escucha entra en alguna categoría que conozca.
Luego dijo: ¿tiene identificación del MNAC?
Clara la tenía.
El arquitecto la llevó a los cimientos.
Y lo que Clara encontró en el ángulo noreste de los cimientos originales era exactamente lo que esperaba encontrar.
Era siempre exactamente lo que esperaba encontrar.
Porque la piedra guarda todo.
Y lo que guarda lo devuelve cuando llega quien lo necesita.
Jordi Mas salió de la sala permanente del MNAC esa tarde con la sensación que tienen las personas cuando han visto algo que no esperaban ver y que no saben todavía cómo nombrar pero que saben que es real porque está en el cuerpo antes de estar en la mente.
Fue al despacho de la conservadora jefe.
Le dijo: el ojo se movió.
La conservadora jefe lo miró.
La señora Durán me dijo que siempre lo hace, dijo.
¿Y es verdad?
La conservadora jefe pensó en esto durante un momento.
Creo que la señora Durán sabe lo que sabe, dijo. Y que lo que sabe es más de lo que podemos verificar en un informe académico. Que no es lo mismo que no ser verdad.
Jordi Mas asintió.
Esa noche, después de que el museo cerrara, Jordi Mas volvió a la sala permanente.
La sala estaba vacía y oscura excepto por las luces de la vitrina que el protocolo de conservación exigía mantener encendidas a un nivel de lux específico para proteger los objetos de la oscuridad total, que en los museos produce efectos sobre los materiales orgánicos que la luz controlada no produce.
Jordi Mas se puso frente a la vitrina.
El fragmento del ojo de Königsberg miraba hacia arriba y a la derecha con las tres lágrimas de calcita y las venas de cuarzo que la luz de la vitrina atravesaba desde dentro, produciendo el mismo efecto que había producido en la cripta del castillo en 1944 y en la sala de presentaciones del castillo del Barón de Cabrils en 1651 y en el gabinete de El Escorial en 1655 y en todos los lugares donde alguien se había puesto delante de ese ojo con la atención suficiente para ver lo que había en él.
Jordi Mas estuvo frente a la vitrina durante cinco minutos.
No pestañeó.
Al cabo de los cinco minutos, cuando el ojo seguía mirando y Jordi Mas seguía mirando de vuelta, ocurrió algo que él no supo cómo describir después, en los veinte años de carrera como conservador que siguieron a esa noche, excepto con las mismas palabras que usó la primera vez:
Siento que me va a tocar.
Y no pestañeó.
Y el ojo siguió mirando.
Y en ese silencio de la sala permanente del MNAC, con la ciudad de Barcelona afuera haciendo lo que hacen las ciudades vivas, el ojo de Königsberg guardó lo que siempre había guardado: el trabajo de una mujer que había escuchado la piedra antes de tallarla, y la historia de todos los que habían intentado que ese trabajo no existiera, y el fragmento de lo que quedó cuando la viga cayó y lo que quedó resultó ser exactamente lo que necesitaba quedar.
En los cimientos de la Sagrada Familia, que para 1993 estaba casi pero no del todo completa, el autorretrato de Hubert van Eyck seguía en la cámara sellada que Valeria Serra y Marco Bassani habían abierto en 1651 y que Clara Durán y Jordi Mas habían documentado en 1993 sin extraer nada porque el protocolo de conservación de objetos de importancia histórica indeterminada recomendaba documentar y sellar de nuevo y esperar hasta tener más información.
El libro de registro del culto del ojo estaba en proceso de catalogación en el MNAC, en el departamento de documentos históricos, donde Montserrat la estudiante doctoral que ahora tenía cuarenta años y dirigía el departamento lo estaba leyendo con la atención de quien sabe que lo que tiene en las manos va a cambiar lo que sabe sobre el siglo diecisiete catalán y probablemente también sobre varios otros siglos y varios otros lugares.
Clara Durán vivió hasta los noventa y cuatro años.
Murió en el invierno de 1995, en el piso de la calle Provença, en la cama, con el colgante de alabastro en el cuello y el diario de Valeria Serra en la mesilla de noche y el sonido de la ciudad de Barcelona afuera produciendo lo que producen las ciudades que llevan siglos siendo lo que son: el ruido constante de algo que no para aunque haya partes de él que duermen.
Lo que dejó fue lo que dejó.
El fragmento en la vitrina del MNAC.
El autorretrato de Hubert en los cimientos de la Sagrada Familia.
El libro de registro del culto en el departamento de documentos históricos.
Y el diario de Valeria Serra, que según sus instrucciones debía ser devuelto a la caja de cartón del anaquel más alto del estante de la izquierda del despacho del departamento de conservación, donde otra conservadora lo encontraría algún día cuando fuera a buscar otra cosa y que lo guardaría porque sería el tipo de cosa que una conservadora de museo guarda aunque no sepa exactamente qué es.
Fuera, en la vitrina del museo, el ojo de Königsberg seguía abierto.
Y no parpadeará hasta que alguien deje de tener miedo.