El accidente #2
La caja estaba en el pedestal de madera oscura en el centro de la cripta.
Era más pequeña de lo que Clara había esperado a partir de las fotografías, que era exactamente lo mismo que habían pensado todos los que habían llegado hasta ella en los siglos anteriores: que la escala era menor de lo que sugería lo que contenía.
Clara abrió la caja.
Las cuatro capas de lino dobladas con la precisión de alguien que sabía que lo que cubría merecia ese cuidado.
Las retiró una a una con las manos enguantadas de la inspectora de arte que era su cobertura, aunque los guantes no eran para eso sino para lo que siempre era: la distancia mínima entre la piel y lo que no debía ser tocado directamente.
Retiró la última capa.
El ojo la miró.
Iris de alabastro con venas de cuarzo que la antorcha de Friedrich atravesaba produciendo exactamente lo que el diario describía y exactamente lo que ningún vocabulario técnico podía describir del todo: luz desde dentro, no desde fuera.
Párpado que había encontrado su forma en la madera en lugar de haberla impuesto.
Tres lágrimas de calcita en el ángulo que haría que cualquier luz las atravesara desde dentro.
Clara lo miró durante treinta segundos.
No pensó nada durante esos treinta segundos. El pensamiento no estaba disponible en esos treinta segundos porque algo más antiguo y más rápido que el pensamiento estaba usando el espacio que el pensamiento habría ocupado.
Cuando apartó la vista, tenía las mejillas mojadas.
No sabía cuándo había empezado a llorar.
Friedrich miraba el suelo con la cortesía de quien entiende que hay momentos que no se miran directamente aunque se esté presente en ellos.
Era la misma cortesía que Clara había visto en el sótano de la calle Admiralstraße cuando había contado lo del culto: la de alguien que sabe cuándo el otro necesita que nadie lo mire.
Clara limpió las mejillas con el dorso de la mano.
Vamos a embalarlo, dijo.
Friedrich fue a buscar el material de embalaje de la bolsa de la inspectora de arte. El primer paño de lino, el de mayor tamaño, que envolvería el fragmento completo antes de la caja de transporte que habían traído para ese propósito.
La vibración llegó antes que el sonido.
No era la primera vibración del edificio: el castillo llevaba meses recibiendo el impacto de los bombardeos en las zonas cercanas y la piedra transmitía esas vibraciones con la fidelidad de los materiales que guardan todo lo que les llega.
Pero esta vibración era diferente en escala y en origen: venía de arriba y a la izquierda, del ala norte del castillo que estaba más expuesta al eje desde el que llegaban los bombardeos aliados en esa fase de la guerra.
Luego el sonido.
Y luego la viga.
Una viga de roble del mismo siglo que el relieve, que fue la ironía que Clara no pensó en ese momento pero que pensó después, en el tren y en el piso de la calle Provença y en muchas noches de los cuarenta años siguientes.
Una viga de cuatro metros que cayó de la bóveda en diagonal sobre la caja y su contenido y lo partió en dos mitades casi iguales.
Friedrich la cubrió con su cuerpo antes de que la viga terminara de caer.
Clara notó el peso de Friedrich encima, el polvo que llenó la cripta en un segundo, el silencio posterior que no era silencio sino ausencia de los sonidos habituales que la explosión había borrado temporalmente antes de que los sonidos de después de la explosión empezaran a llegar.
Friedrich se levantó a medias.
El lado derecho de su ropa tenía el color que la ropa tiene cuando hay algo que no debería estar ahí.
Estás herido, dijo Clara.
Suficiente, dijo Friedrich.
Era la respuesta honesta.
Clara fue a la caja.
La viga la había partido en diagonal. El fragmento izquierdo, el que contenía el ojo de alabastro con las tres lágrimas de calcita y las venas de cuarzo, había rodado por el suelo de la cripta hasta el muro norte.
El fragmento derecho, con el yeso que cubría el lugar del ojo que Hubert no había terminado, estaba junto a la viga.
Voces en el corredor de arriba. Pasos. Más de seis: los seis soldados de guardia más quien hubiera llegado por el bombardeo.
Clara tomó el fragmento izquierdo.
Lo miró un segundo exacto.
Lo guardó en la bolsa de la inspectora de arte, junto al diario de Valeria Serra.
Friedrich, dijo.
Ya voy, dijo Friedrich.
La salida de emergencia del muro norte, la que el contacto de Königsberg había indicado en el croquis, cedió con el primer golpe porque era el tipo de puerta que está diseñada para ceder con el primer golpe en situaciones que son exactamente ésta: cuando el tiempo entre el primer golpe y lo que ocurre si no cede es el tiempo que puede significar la diferencia.
El patio posterior del castillo en el calor de agosto de 1944, con los escombros del bombardeo reciente y el carro volcado y la puerta exterior que todavía estaba en pie aunque la bisagra superior hubiera cedido.
Friedrich caminó con el paso deliberado de alguien que va hacia un lugar por una razón.
Clara caminó junto a él.
Doscientos metros hasta la calle donde el carro del contacto esperaba.
Friedrich llegó hasta el carro.
Subió.
Perdió el conocimiento cuando el carro estaba a un kilómetro del castillo.
Clara lo sostuvo. No dijo nada porque no había nada que decir que pudiera cambiar lo que estaba ocurriendo.
El carro siguió.
El kilómetro que faltaba hasta el punto de extracción tardó lo que tardó.
En algún punto del viaje, cuando Polonia quedaba atrás y empezaba el Báltico visible desde el lado este del tren, Friedrich volvió al compartimento de Clara sin el pretexto de verificar la hora porque ya no había tiempo para pretextos.
Se sentó.
Durante un rato no dijo nada. Clara tampoco.
Era el tipo de silencio que ocurre entre dos personas que han dicho lo suficiente como para saber que lo que queda por decir no requiere palabras todavía sino simplemente estar en el mismo espacio.
Luego Friedrich dijo: cuando esto termine.
Clara lo miró.
Cuando esto termine, repitió Friedrich, como si la frase fuera completa aunque no tuviera predicado.
¿Qué pasa cuando termine?
Friedrich miró el Báltico por la ventana. El mar en julio era azul oscuro, sin las olas grandes del otoño, con la calma específica del mar de verano en los días de viento suave.
Hay una cantera en Silesia donde trabajó mi padre, dijo. Está cerrada desde los años treinta pero la piedra sigue ahí. El tipo de caliza que produce ese color específico que solo tienen las catedrales que se construyeron antes del siglo doce.
¿Quieres ir a verla?
Friedrich la miró.
Quiero ir a verla, dijo. Y quiero que alguien que sabe lo que es lo que ve cuando mira la piedra vea lo que hay en esa cantera.
Clara lo miró.
¿Y esa persona soy yo?
Friedrich asintió.
Era la primera vez que lo decía directamente, sin las capas de los suficiente por ahora y los cuando esto termine sin predicado.
Clara miró el Báltico que pasaba por la ventana.
Hay una diferencia entre decir esto ahora y decirlo cuando esto haya terminado, dijo.
Lo sé, dijo Friedrich.
¿Por qué lo dices ahora entonces?
Friedrich la miró con los ojos azules.
Porque ahora es cuando lo siento con la certeza de poder decirlo, dijo. Después de esto, si hay un después, puede que todavía sea verdad. Pero ahora sé que es verdad.
Clara lo miró durante un momento.
El Báltico afuera. El tren sobre los raíles. Europa en el mes de agosto de 1944 siendo lo que era.
Sí, dijo Clara.
Era una respuesta a varias preguntas a la vez. Friedrich lo entendió así porque era el tipo de persona que entendía las respuestas que responden a varias preguntas a la vez.
Asintió.
Fue al corredor.
Clara volvió a mirar el Báltico.
Lo miró durante un buen rato.
El mar guardaba cosas también, aunque de manera diferente a la piedra: el mar devolvía lo que guardaba en movimiento, en olas, en el olor que llegaba hasta las ciudades de la costa cuando el viento soplaba desde el agua.
La piedra lo devolvía en temperatura.
Ambas maneras eran reales.
Ambas decían la verdad aunque la dijeran de maneras distintas.
El tren llegó a Königsberg con el sol todavía alto.
Lo que ocurrió después ocurrió en setenta y dos horas exactas, que era el tiempo que el contacto de la resistencia había calculado y que resultó ser el tiempo correcto aunque por otros motivos de los que el contacto había calculado.
Las setenta y dos horas fueron lo que fueron.
Y al final de las setenta y dos horas, Clara tenía el fragmento en la bolsa y Friedrich no estaba.
Y la cantera de Silesia seguía en Silesia, con la caliza del tipo que solo tienen las catedrales del siglo doce, sin que nadie que supiera lo que era lo que veía cuando miraba la piedra hubiera ido todavía a verla.