La historiadora #2
El tercero era el dinero. Lo gestionó a través de un contacto en el banco que sabía separar las transacciones que convenía documentar de las que convenía no documentar.
Los puntos cuatro, cinco y seis eran logísticos: la ruta, el alojamiento en Berlín que no llamara la atención, y el tiempo razonable para la cobertura académica.
El séptimo punto era Friedrich Adler.
No sabía nada de Friedrich Adler excepto el nombre, la dirección, y que alguien en quien confiaba suficientemente había dicho que era la persona correcta para lo que necesitaba.
En la experiencia de Clara, eso era suficiente para empezar pero no era suficiente para confiar.
La confianza se verificaba de la misma manera que cualquier otra hipótesis: observación, datos, tiempo.
El octavo punto era el plan de contingencia: qué hacer si Friedrich Adler no era quien se suponía que era, si las fotografías resultaban ser falsas, si el objeto ya no estaba donde los registros decían que estaba.
El noveno punto, que Clara escribió en el cuaderno y luego tachó y luego volvió a escribir porque tachar las cosas que son verdaderas no las hace menos verdaderas, era este: qué hacer si el objeto estaba donde los registros decían que estaba y ella llegaba a tiempo de hacer algo y ese algo requería más de lo que una conservadora de museo con credenciales académicas podía hacer sola.
Tachó el noveno punto de nuevo. Luego lo dejó tachado pero legible, que era la manera en que marcaba las cosas que no podía resolver todavía pero que necesitaba no olvidar que existían.
La lista tenía nueve puntos y siete semanas para ejecutarse antes de que los bombardeos de agosto convirtieran la pregunta en irrelevante.
Era una lista factible. Era también, cuando Clara la miró completa en la última página del cuaderno de esa semana, la lista más peligrosa que había hecho en seis años de trabajo en el museo, aunque en ese momento todavía no lo sabía con la precisión con que lo sabría después.
Lo que sí sabía era esto: en el diario de Valeria Serra, en la última página antes de las páginas en blanco que el diario no tenía porque Valeria no había muerto antes de terminar de escribir sino que había seguido escribiendo hasta el final de su vida, había una frase que su bisabuela había escrito en 1698, cuarenta y siete años después de los hechos que describía el diario:
El objeto sigue donde lo dejamos. Quien lo necesite lo encontrará. La piedra guarda todo.
Clara había leído esa frase cuatro veces en seis años sin entender exactamente qué significaba.
Esta semana, por primera vez, entendía exactamente qué significaba.
Cerró el cuaderno.
Fue a la caja de cartón del anaquel más alto del estante de la izquierda. Sacó el diario de Valeria Serra. Lo puso en la bolsa, junto a las fotografías y a la nota de dos palabras.
Las tres meses empezaban ahora.
El viaje de Barcelona a Berlín en junio de 1943 duró cuatro días.
Clara lo hizo en tren, con el pasaporte sueco que le había conseguido el contacto del banco y con las credenciales del MNAC que justificaban la cobertura académica y con el cuaderno de trabajo en el compartimento de la maleta más accesible y el diario de Valeria Serra en el compartimento más profundo, envuelto en ropa, como los objetos que se llevan consigo porque no pueden dejarse en ningún sitio pero que tampoco conviene que sean lo primero que encuentre quien busca.
El tren atravesó la frontera francesa en la noche del primer día.
Los controles fronterizos alemanes en la mañana del segundo.
Clara durmió en el tren con la precisión de quien ha aprendido a dormir en los lugares donde dormir es la única cosa razonable que se puede hacer, y aprovechó las horas de vigilia para revisar el cuaderno y verificar que la lista seguía siendo la lista correcta con la información que tenía.
Berlín en junio de 1943 tenía el aspecto de las ciudades que llevan demasiado tiempo en guerra para seguir aparentando normalidad pero que tampoco han llegado todavía al punto en que la normalidad ha dejado de ser una pretensión útil.
Los edificios estaban en pie pero los solares vacíos entre ellos decían dónde no estaban los edificios que habían estado.
La gente en la calle tenía la eficiencia de movimientos de quien sabe que cada desplazamiento tiene que tener una razón visible.
Los uniformes eran omnipresentes con la omnipresencia de lo que ya no se nota porque ya no se puede no notar.
Clara fue directamente al hotel, que era un hotel para investigadores y periodistas que el contacto del banco había elegido precisamente porque era el tipo de hotel donde nadie preguntaba demasiado sobre las razones de los demás para estar en Berlín porque las razones de todos eran igualmente dudosas.
Esa tarde, sin descansar del viaje, fue a la calle Baumschulenweg.
Friedrich Adler, número catorce, segunda planta izquierda.
El edificio era un bloque de pisos de principios de siglo con la fachada del tipo que en otro tiempo había sido elegante y que los años de guerra habían convertido en simplemente sólido, que era lo que importaba en 1943.
El ascensor no funcionaba. Clara subió dos pisos por la escalera de piedra que olía a col hervida y a algo más difícil de identificar, el olor específico de los edificios donde mucha gente vive en poco espacio durante mucho tiempo.
Llamó al timbre de la segunda planta izquierda.
Nada durante treinta segundos.
Volvió a llamar.
La puerta se abrió lo suficiente para mostrar a un hombre que la miraba con la expresión de alguien que lleva suficiente tiempo esperando que alguien llame a su puerta de una manera incorrecta como para haber aprendido a distinguir los tipos de silencio que hay entre un golpe y el siguiente.
Friedrich Adler tenía treinta y cinco años y el aspecto de quien ha perdido peso recientemente de manera que el cuerpo todavía no ha decidido cómo distribuir lo que le queda.
Era grande, con manos que Valeria Serra habría llamado manos de cantero y que Clara, que no tenía ese vocabulario, simplemente identificó como manos de alguien que ha trabajado con ellas más de lo que trabajan con las manos la mayoría de las personas.
Afeitado mal, con la barba de tres días de quien no tiene tiempo de afeitarse o ha dejado de tener razones para hacerlo con regularidad.
Ojos azules con algo permanentemente vigilante que no era exactamente miedo sino la atención específica de quien sabe que la indiferencia puede ser tan peligrosa como el descuido.
Durán, dijo Clara. Clara Durán.
Adler la miró durante un momento.
Entró, dijo. Y que no te hayan seguido.
Clara entró. La puerta se cerró detrás de ella.
El piso era pequeño, ordenado con la austeridad de los espacios donde no hay nada que no sea necesario.
Una mesa, dos sillas, una cama visible por la puerta entreabierta del dormitorio, libros en el suelo porque no había estantes, y encima de la mesa una lámpara encendida aunque era de día y luz suficiente entraba por la única ventana.
Friedrich Adler se sentó en una de las sillas. No le ofreció la otra: la indicó. Como quien dice que el espacio es lo que es y que dentro de ese espacio hay dos sillas y que las dos sillas existen para sentarse en ellas.
Tienes las fotografías, dijo. No era una pregunta.
Sí, dijo Clara.
¿Y las has verificado?
He verificado lo que podía verificar desde Barcelona, dijo Clara. La procedencia histórica del objeto coincide con los registros disponibles. La descripción en los archivos coincide con las fotografías. Y las fotografías coinciden con algo que tengo.
¿Qué tienes?
Clara abrió la bolsa. Sacó el diario de Valeria Serra. Lo puso sobre la mesa sin abrirlo.
Friedrich Adler lo miró.
¿Qué es?
El diario de la mujer que hizo el objeto, dijo Clara. O de la mujer que terminó el objeto. En 1651.
Friedrich la miró.
¿Y cómo tienes el diario de la mujer que hizo el objeto en 1651?
Clara lo miró.
Porque era mi antepasada, dijo.
El silencio que siguió era del tipo que se produce cuando alguien ha dicho algo que el otro necesita tiempo para incorporar a la imagen que tenía de la situación, porque la imagen que tenía no incluía esa posibilidad y ahora tiene que ser reconstruida desde cero o al menos desde más atrás que donde estaba.
Friedrich Adler miró el diario. Luego miró a Clara. Luego miró el diario de nuevo.
Tienes que contarme todo, dijo finalmente.
Clara asintió.
Tengo tres meses, dijo.
Él también asintió.
Entonces empieza, dijo Friedrich Adler.
Y Clara empezó.