El premio de su corazón (Pasiones robadas 3) Epílogo
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Epílogo

S i Grace tenía algún defecto como dependienta de librería y bibliotecaria, era que a veces se concentraba tanto en la tarea que tenía entre manos que se olvidaba de estar atenta a quien se acercaba al mostrador en busca de su ayuda.

Uno de sus compañeros, precisamente el hombre que había hecho todo lo posible por disuadirla de presentar su candidatura, se lo había señalado muchas veces.

Sin embargo, los clientes la habían elogiado tanto y su trabajo la había respaldado de tal manera que, al final, Grace se salió con la suya: sus turnos aumentaron mientras los de su compañero disminuían, hasta que él acabó marchándose.

Grace no había podido evitar disfrutar de su pequeña victoria.

—He dicho disculpe, señorita.

A Grace le dio un vuelco el corazón al oír aquella voz tan familiar, y alzó la vista con una sonrisa.

—Perdone, señor. ¿Puedo ayudarle en algo?

—De hecho, sí —dijo él, sin importarle quién pudiera estar mirándolos, mientras alargaba la mano y cerraba el libro que ella tenía delante, aunque no sin antes ponerle un marcador para que no perdiera la página.

Menos mal que era tan considerado, sobre todo cuando se trataba de sus libros—. Necesito ayuda para encontrar algo.

—Por supuesto, para eso estoy aquí —respondió ella, poniéndose en pie y rodeando el mostrador—. ¿Qué libro es?

Él se inclinó hacia ella y su aliento le hizo cosquillas en el cuello, justo debajo de la oreja.

—¿Puedo contarte un secreto?

Grace solo pudo asentir, con la respiración contenida.

—Es una novela romántica. Una historia de amor. Entre un luchador y una mujer que nunca se rindió con él.

—No sé si fue exactamente así como sucedió —dijo ella, pero él levantó un dedo.

—Esa es la sinopsis —repuso con media sonrisa—. Tal vez podrías ayudarme a encontrar algo por el estilo.

—Muy bien.

—Pero tengo una petición.

—¿Cuál?

—Debemos empezar nuestra búsqueda en el rincón más apartado de la sala de lectura, uno bastante desierto.

—Eso es muy atrevido, señor —dijo Grace, aunque no pudo evitar acercarse todavía más a él.

—Solo uno o dos minutos —dijo él con un guiño.

Ella asintió despacio antes de llevarlo a través de la sala de lectura, que ya empezaba a vaciarse a medida que se acercaba la hora de cierre.

Grace se acercó a una estantería oculta a la vista del resto de la sala, pero antes de que pudiera volverse para decir nada, unos brazos fuertes la inmovilizaron contra los estantes y un aliento cálido le rozó la oreja.

—Esto ya está mejor.

—¡Damien! —jadeó Grace al volverse, preocupada por su reputación y al mismo tiempo emocionada por él—. No deberíamos estar haciendo esto aquí.

—No, no deberíamos —convino él, antes de inclinar la cabeza y besarla suavemente en los labios—. Y no voy a poner tu trabajo en peligro. Te lo prometo. Solo quería que supieras que te echo de menos.

Grace sonrió, todavía maravillada por cómo había acabado siendo su vida… con aquel hombre con el que había soñado y que ahora era el dueño de su corazón.

—Yo también te he echado de menos. —Le acarició la mejilla—. ¿Qué tal el día?

—Ha sido… interesante —respondió él, apartándose un poco y colocándole tras la oreja un mechón rebelde—. A mi hermano le gusta complicarlo todo, pero, al final, él y tu padre tienen un interés en común.

—¿Ganar dinero? —preguntó Grace, enarcando una ceja.

—Correcto. Pero al menos todos están trabajando juntos.

—Gracias a ti.

Él le guiñó un ojo.

—Bueno, esposa mía, te esperaré mientras terminas. ¿Tienes algún libro que recomendarme?

—¿Una novela romántica? —preguntó ella con picardía.

—Por supuesto.

—Tengo justo una.

Le dedicó una sonrisa traviesa mientras sacaba un libro de la estantería. No había elegido aquel rincón al azar; sabía que él disfrutaría con ese.

—Aquí tiene, señor.

—Gracias, señorita.

—Es señora.

Grace miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba y luego se inclinó hacia él y lo besó de veras.

—¿Y eso a qué venía? —preguntó Damien.

—Por ser tú —dijo ella—. Disfruta del libro.

—Lo haré —prometió él—. Pero hay una cosa segura.

—¿Cuál?

—Nunca encontraré un final feliz del todo satisfactorio.

—¿Y eso por qué?

—Porque ningún otro será jamás mejor que el nuestro.

Grace sonrió.

—En eso —dijo—, tienes razón.

Empezaron a volver hacia la entrada cuando Arie irrumpió corriendo, mirando frenéticamente a su alrededor.

Damien tomó la mano de Grace y se apresuraron hacia la entrada.

—¿Arie? ¿Qué ocurre?

—Es Diana —dijo él, con los ojos desorbitados—. No está.

* * *