El premio de su corazón (Pasiones robadas 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

D ios mío, haz que diga algo , rezó Grace en silencio mientras alzaba la mirada hacia los ojos de Damien, deseando que dijera cualquier cosa, pero él se quedó allí de pie, inmóvil, con los ojos muy abiertos, sin mostrar emoción alguna salvo quizá sorpresa.

¿La consideraba una escandalosa? ¿Una descarada?

Grace se había sorprendido tanto como la que más cuando las palabras salieron de su boca.

Pero era una mujer que basaba la mayoría de sus decisiones en hechos y en la razón, y lo que sabía en aquel momento era que deseaba a Damien con una desesperación que jamás habría creído posible de no haberla sentido con todo su ser.

También sabía que nunca antes se había sentido arrastrada así hacia un hombre y que probablemente no volvería a ocurrirle.

Y, por lo que podía deducir, él se sentía igual de atraído hacia ella, aunque no alcanzaba a comprender el motivo.

En definitiva, se le presentaba una oportunidad que quizá no volvería a tener en toda su vida.

Porque no pensaba casarse con un hombre solo para aplacar a su madre, y no tenía ni idea de si Damien hablaba en serio cuando decía que pretendía llevar aquel cortejo más allá de lo que era en ese momento, pero lo único que podía controlar era aquel instante.

Si Damien opinaba lo mismo.

—Yo… —consiguió articular al fin—, Grace, yo… nosotros… Es decir, no estoy seguro de…

Ella alzó una mano, avergonzada. No la deseaba, al menos no como ella creía.

Y ahora lo había puesto en la tesitura de tener que rechazarla, aunque seguramente se sintiera fatal por ello, sobre todo después de que ella se hubiera comportado de un modo tan ridículamente asustadizo y sin motivo alguno.

Probablemente él solo había intentado distraerla, y ella había llevado las cosas demasiado lejos.

—No pasa nada, de verdad. Puedes decir que no. Faltaría más. Claro que puedes decir que no. Jamás debería haberlo sugerido. Solo pensé… bueno, pensé que nunca volvería a tener una oportunidad así. Y que yo quiero, y creía que tú también querías, pero si no es así, no pasa nada.

Intentó sonreír, pero notó cómo le temblaban los labios, y solo pudo esperar que él no supiera cuánto le dolía que la rechazara de aquella manera, aunque se estuviera comportando como todo un caballero.

—Grace… —Él la detuvo, y sus manos le rodearon la parte superior de los brazos con suma delicadeza—.

Claro que quiero. Deseo esto, te deseo a ti , más de lo que he deseado nada en toda mi vida.

Pero no quiero hacer nada de lo que luego puedas arrepentirte.

Esto no es algo que deba tomarse a la ligera.

—¿Tú lo has hecho? —preguntó ella, mirándolo con perspicacia—. Es decir, ¿alguna vez te has tomado esto a la ligera?

—Bueno… sí —respondió él, aunque parecía algo incómodo al confesarlo.

—Entonces, ¿qué más da ahora?

—La diferencia eres tú —dijo él, y sus ojos se clavaron en los de ella con absoluta sinceridad—. Tú importas. Más que ninguna otra mujer antes.

—Si tanto importo —replicó ella, alzando la barbilla con determinación—, entonces, por favor, respeta que yo también puedo tomar una decisión importante, igual que tú. Que esto es lo que quiero. Que has demostrado ser el hombre que siempre creí que eras, y permíteme elegirte a ti .

Él no dijo nada durante lo que pareció una eternidad, hasta que al fin la consternación desapareció de su entrecejo, y Grace supo que había conseguido llegar a él, que por fin había cedido a lo que ambos deseaban —y necesitaban—.

Grace se sintió de repente enormemente agradecida por lo que Lydia le había contado sobre adónde conducía aquel deseo, aprendido de la hermana mayor de Lydia.

Él deslizó los dedos entre su cabello, una sensación mejor que cualquier otra que hubiera experimentado hasta aquel momento.

—Muy bien —dijo él, mordisqueándole el labio inferior—, si insistes.

—Insisto.

Él soltó el sonido más primitivo que ella le hubiera oído jamás, incluso en pleno cuadrilátero, y a Grace se le cortó la respiración.

La segunda capa cayó pronto al suelo, uniéndose a la primera, y Damien se apartó de ella un momento para recolocarlas en el suelo de la cueva, creando una superficie mucho más mullida.

Aun así, no parecía dispuesto a tumbarla allí todavía.

En lugar de eso, volvió a sus labios —ahora que ya había tomado una decisión— y se apoderó de ellos con avidez, con desesperación y ella respondió con la misma pasión.

Sus manos —aquellas manos fuertes, capaces de tanta violencia pero también de una dulzura sorprendente— se deslizaron alrededor de su cintura y luego ascendieron.

Le rodearon las costillas hasta encontrar apoyo bajo sus pechos, acariciándolos, adorándolos desde todos los ángulos, hasta que las yemas de sus dedos encontraron sus pezones a través de la suave tela del vestido.

Grace echó la cabeza hacia atrás, jadeando por las sensaciones que fluían de sus dedos, recorriendo rincones de su cuerpo que nunca habría imaginado que pudieran resultar tan increíblemente eróticos.

Él movía los dedos de un lado a otro, y el calor se acumulaba en lo más hondo de su ser, justo en el lugar donde tanto lo anhelaba.

—Damien —jadeó ella, y él la recostó contra la pared, deslizando la rodilla entre sus piernas.

Ella se sintió completamente desvergonzada al no poder evitar frotarse contra la firmeza de su muslo.

No podía imaginar qué estaría pensando él de ella en ese instante, pero parecía que todas sus inhibiciones habían desaparecido y ya no le importaba.

Lo único que importaba era sentir… más .

No quería que él se detuviera, y apenas podía expresar aquella emoción densa e inexplicable que la colmaba, el vértigo que la abrumaba.

No sabía cómo poner en palabras lo que sentía, cómo decirle lo que necesitaba, pero parecía que él ya lo intuía, pues cada vez que la tocaba solo avivaba el anhelo que ya ardía en su interior.

Él le bajó la suave muselina del vestido, y Grace se alegró de haberse puesto un vestido de día que era fácil de abrochar ella sola. Eso significaba que también era igual de fácil de quitarse… o para que Damien encontrara el modo de colarse dentro.

La piel áspera y callosa de sus dedos y sus palmas rozó deliciosamente la suave extensión de sus pechos, y Grace arqueó el cuerpo contra él mientras él continuaba su sucesión de caricias, hasta que le bajó las mangas de los hombros.

El frío del aire marino le erizó la piel, pero Grace no tenía frío; más bien estaba completamente abrasada por dentro, y no sabía cuánto más podría soportar.

Aun así, conservaba el suficiente juicio como para no poder evitar la respuesta inmediata de intentar cubrirse de su mirada, temerosa de que a él no le agradara lo que veía, pero él la sorprendió al alargar la mano y tirarle de los brazos hacia abajo.

—No lo hagas —dijo con voz ronca—. Eres preciosa y quiero ver más.

Bueno, dos podían jugar a ese juego, pensó entonces. Le quitó la chaqueta, ansiosa por ver lo que se escondía debajo. Ya había sentido la firmeza de los músculos de su pecho, lo había visto desde el otro lado de la sala en el cuadrilátero, pero poder tocarlo, tan cerca…

Él la ayudó, quitándose la chaqueta y luego la camisa con rapidez, y Grace contuvo el aliento mientras lo contemplaba. Alzó una mano casi con reverencia, deslizando los dedos sobre el vello áspero de su pecho.

Era magnífico. Ya lo sabía, por supuesto, pero de algún modo, tan cerca, con acceso completo a él y con todo su deseo a flor de piel, era una experiencia completamente diferente.

Y una que no quería que terminase nunca.

Cuando Grace por fin reunió el valor, alzó la vista para encontrarse con sus ojos y se quedó a la vez sorprendida y emocionada al descubrir que parecía tan afectado como ella, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados, los músculos del cuello en tensión.

La embriagó una sensación de poder: llevar a un hombre así al límite de su control.

Decidió poner a prueba los límites, bajando los dedos poco a poco hasta alcanzar el borde de los pantalones. Vaciló solo un instante —no lo suficiente para que él hiciera nada al respecto— antes de desabrocharle torpemente los pantalones hasta que quedó abierta ante ella.

Grace deslizó los dedos por el borde, bajándolos muy lentamente por debajo hasta que tuvo que detenerse tragando saliva con fuerhasta encontrarse con su miembro, tenso y ansioso por ella.

—Adelante —dijo él con voz desgarrada mientras empezaba a corresponderle, deslizando las manos ásperas por sus caderas, y se dio cuenta de que, mientras ella estaba ocupada, él le había ido bajando el vestido hasta dejarlo justo por debajo de los huesos de las caderas.

Se habría sentido avergonzada de estar tan desnuda ante él.

Pero el embriagador deseo que la recorría era mucho más fuerte.

Como parecía disfrutar de lo que hacía, reunió todo el valor que tenía dentro —que se había visto increíblemente reforzado por su deseo— y bajó la mano para acariciarlo. Se quedó sorprendida por la piel suave que lo cubría, que contrastaba con el acero duro que había debajo.

—Cielos, Grace —murmuró en su oído, y la dejó continuar solo unos momentos antes de apartarse bruscamente de ella, luego la levantó del suelo y la tendió sobre las capas.

Grace ya no sentía el frío de la cueva, la espuma del mar ni la dureza del suelo bajo ella. Lo reconocía todo en el fondo de su mente, pero quedaba apartado por el hombre que tenía delante, que ocupaba todo el espacio que sus sentidos permitían.

Damien se tendió sobre ella, quitándole ya el vestido por completo; su cuerpo bastaba para mantenerla caliente.

Grace no tenía ni idea de cuándo se había quitado los pantalones, pero habían desaparecido, y todo lo que quedaba eran ellos dos sin nada entre ambos, ni nada a su alrededor excepto el mundo natural que siempre había estado aquí y siempre estaría.

Depositó un beso justo debajo de los pechos antes de volver a darle otro beso devastador en los labios que la dejó temblando —especialmente cuando pudo sentirlo contra el muslo, listo y esperando para hundirse en ella.

No tenía ni idea de por qué no lo había hecho aún, pero entonces deslizó una mano hacia abajo y la acarició justo donde lo anhelaba y comprendió que, al parecer, aquello iba mucho más allá del acto en sí.

Grace jadeó cuando deslizó un dedo dentro de ella, luego otro, mientras el pulgar le frotaba ese lugar tan sensible hasta que se retorcía bajo él y un calor lento y profundo comenzó a arder en su interior, uno que prometía estallar si tan solo pudiera encontrar el final.

Fue entonces cuando Damien deslizó los dedos fuera y se colocó justo contra su entrada, pero se detuvo, inclinándose hacia ella y apoyando la frente contra la suya.

—¿Estás segura? —preguntó con voz tensa, los músculos de los hombros tensos.

—Más que a nada en el mundo —respondió ella con la respiración entrecortada, y entonces él empezó a deslizarse lentamente en su interior.

Grace no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero pareció lo más natural levantar las piernas en el aire, envolviéndolas a su alrededor, lo que aparentemente fue acertado porque encajó en ella con mucha más suavidad después de eso.

Sintió un ligero escozor al recibirlo, no del todo doloroso, pero sí distinto a las sensaciones que habían ido creciendo bajo la destreza de sus dedos.

Sin embargo, cuando se detuvo, le permitió un momento para acostumbrarse a la sensación de tenerlo tan dentro, tan hondo, y cuando murmuró en su oído, preguntándole si estaba bien, asintió contra su hombro.

Empezó a moverse, con suavidad y lentitud al principio, aumentando la velocidad a medida que ella se acostumbraba más a él, hasta que ya no recordó ninguna molestia porque estaba tan abrumada por la intensidad del placer y por esa cima que empezaba a alcanzar.

Entonces él deslizó la mano y la acarició una vez más, y ella alcanzó la cima mientras las olas la recorrían en una liberación tan dulce que las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.

Unas cuantas embestidas más y Damien salió de ella, corriéndose a un lado, sobre el suelo de la cueva, y lo echó de menos durante los pocos segundos que estuvo fuera.

Sin embargo, rápidamente volvió con ella, atrayéndola hacia sí mientras envolvía una de las capas a su alrededor, manteniéndola apretada contra él.

Grace se volvió hacia él, con la nariz hundida en su pecho. Ya no olía el mar. Solo inhalaba todo lo que era únicamente Damien.

Le dio un beso en la sien mientras le pasaba una mano por el pelo, y nunca en su vida Grace se había sentido tan amada, tan atesorada —aunque solo fuera por el momento y no para siempre.

—¿Estás bien? —preguntó suavemente en su oído, y ella asintió contra él.

—Mejor que bien —dijo—. Eso ha sido... todo.

—Y tanto —dijo con una risa queda, y ella sonrió apoyada en su pecho. No tenía ni idea de si volvería a experimentar algo así —con él o con cualquier otra persona—, pero ahora tenía esto. Un recuerdo, al menos, que nunca podría perder.